Que durar sea mejor que arder
Gustavo Cerati
Ver las películas que una elige ver y salir “llena” del cine (como dice mi colega Eleonora) es una felicidad y una fiesta, pero cuando las películas la eligen a una, cuando atacan por sorpresa, por ejemplo, desde la TV pública y nos atrapan irremediablemente ya desde las primeras imágenes, sin saber absolutamente nada de ellas, ni siquiera sus títulos… y, aun así, nos vamos a dormir “llenas”, entonces, sentimos la felicidad, la fiesta y entendemos perfectamente el milagro y el porqué del azar.
Anoche, lista para irme a dormir, todavía con el cansancio de dos maravillosos días de viaje, la pantalla del televisor se puso en blanco y en silencio sin previo aviso. Poco a poco fueron apareciendo los anuncios en sobrias letras negras de lo que, claramente, aparecía como una película. Un sonido que podía ser el viento, el ruido del mar o cualquier otra cosa, abre mi imaginación y el texto, negro sobre blanco, se detiene en el momento exacto en que los dos puntos que siguen a la palabra “present” instauran el suspenso y me invitan a seguir. Inmediatamente después, un primer plano de unas manos sobre el volante me muestra que el sonido es el de una camioneta y la cámara se desplaza lentamente para mostrarme el perfil del dueño de esas manos: un hombre grande con poca sorpresa en los ojos y un actor desconocido para mi ignorancia cinéfila. Lo que sigue es el primer plano mudo de una joven hermosa, con el pelo al viento en un lento parpadear de ojos y una voz masculina en off que nos dice: “Me preguntó: ¿Crees que sería divertido casarnos?”
Listo. Estoy capturada. Sé que no habrá cansancio ni sueño que permita que yo no vuelva a acomodarme en el largo sillón del living para entrar en la magia… Después vendrá lo menos importante: saber que se trata de Lejos de ella (Away from her), un film canadiense, la ópera prima de Sarah Polley, del año 2006, que no tuvo grandes críticas y que apenas fue valorado en su momento por las excelentes actuaciones y como el primero de los filmes de una cineasta en formación. No me importa. Hoy y aquí Lejos de ella es algo que no quisiera olvidar.
Y es que Lejos de ella es una película sobre el olvido y tal vez por eso, es una película blanca, blanca como el olvido cuando ya no recuerda ni la palabra "olvido", es una película de silencios profundos, de enormes espacios de nieve, donde hasta los créditos son en fondo blanco, el exacto fondo blanco de los recuerdos cuando ya no son.
Grant y Fiona Anderson (Gordon Pinsent y Julie Christie, bellísima en sus casi setenta años) son una pareja mayor que vive solitaria en una hermosa cabaña en un bosque nevado. Desde los primeros diálogos sabemos que Fiona está empezando a olvidar las palabras y a confundir territorios. Como Yang, la protagonista de Poetry, comienza a experimentar los primeros síntomas de Alzheimer. Si en Poetry, el foco está puesto en quien pierde poco a poco las palabras pero encuentra en el final la poesía, en la película de Polley, el foco está puesto en quien se queda del lado de acá, en quien se convierte en el espectador impotente y desesperado del irse cada vez más lejos del amor de su vida. Lejos de ella es, pues, una película de fríos: fríos azules, fríos inviernos, frías memorias… Y Lejos de ella es también, paradójicamente, una de las más bellas historias de amor que he visto en los últimos tiempos. No de ese amor desmesurado y pasional de los rojos y los anaranjados, sino el amor acostumbrado y tenaz de más de cuarenta años compartidos, el amor reposado y azul que desmiente la estúpida creencia de que durar es la ineludible consecuencia de no haber sabido arder.
Ella será quien decida internarse. Ella será quien decida que el hecho físico de alejarse del ser que ama deberá acompañar el lento irse lejos de los recuerdos. Ella será quien sabrá que la memoria del amor no puede irse antes que el cuerpo del amor.
Él será quien intente por todos los medios seguir estando de algún modo en ella. Él será quien insistirá en leerle una y otra vez las Cartas de Islandia de Auden como un inútil pasaje a un pasado que ya no será. Él será el propio sacrificio por que ella alcance, aunque ya muy lejos de él, una mínima felicidad prestada.
¿Adónde va el amor cuando se olvida? ¿Es posible permanecer en el otro aun cuando en el otro se van apagando los recuerdos “uno por uno, como las luces de una casa en cortocircuito”? ¿Puede el amor por el otro ser más fuerte que el que sentimos por nosotros mismos? ¿Puede el amor sobrevivir al olvido del amor?
Lejos de ella está muy lejos de dar respuestas a ninguna de estas preguntas pero hace que todas y cada una de ellas valgan la pena.
“Cuando no lo veo”, dice Fiona frente a unos pimpollos de lirios amarillos, “olvido lo que significa el 'amarillo'. Pero puedo mirar otra vez… A veces hay algo delicioso en el olvido. Creo que si metes los dedos dentro del pétalo cerrado, puedes sentir el calor. Pero no estoy segura, no sé si lo que siento es el calor o mi imaginación”
Hasta la próxima.