"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."

viernes, 22 de febrero de 2013

Amour de Michael Haneke: el enorme placer de pasarla mal

"Yo no pienso mis películas en términos "simbólicos". Un símbolo tiene un único significado posible, y a mí me interesa lo contrario: presentarle al espectador cosas que lo hagan pensar, que lo pongan en problemas. Lo peor que me puede pasar es que el espectador sienta que mi película le confirmó una certeza"
Michael Haneke (*)

"Hay cosas que no se muestran", le dice Georges (Jean-Louis Trintignant) a su hija Eva (Isabelle Huppert) cuando le niega el acceso a la habitación donde Anne (Emanuelle Riva) se deteriora inexorablemente desde que ha comenzado a morir. Y si el personaje evita toda incursión desde el exterior para ocultar la humillación de una enfermedad que le roba poco a poco la esencia del ser amado y, en definitiva, su propia esencia, el director, Michael Haneke,  sin piedad alguna, coloca su cámara en la intimidad de esta pareja octogenaria y nos hace entrar rompiendo la puerta a fuerza de patadas, en ese departamento oscuro, lleno de libros, de pasillos laberínticos y de silencios marrones, donde ni las palomas que intentan colarse por la ventana son bienvenidas al infierno de lo que pasa cuando pasa el amor, el otro amor. 
Amour es una historia simple, tal vez la más simple de las historias de Haneke y, sin embargo, hablar de simplicidad en Haneke es, al menos, una irresponsabilidad. Porque su simplicidad es de una simplicidad tan compleja como sólo pueden serlo las cosas verdaderamente simples.
La película comienza con sobrios títulos blancos sobre fondo negro en medio de un silencio sepulcral. De pronto, un estruendo feroz (como sólo pueden serlo los estruendos de Haneke) nos mete de golpe en un departamento en el que lo visual se vuelve fétido. La habitación, clausurada por fuera -último intento de resguardar la intimidad-  esconde el cadáver de una anciana en avanzado estado de descomposición.  Y el principio, cola de serpiente, es anticipo del final: ¿Para qué ver lo que sabemos cómo será? ¿Para qué vivir si la muerte está ahí, al acecho, al fondo del pasillo, subiendo por nuestros pies? La respuesta parece dárnosla la propia Anne: “Es linda la vida”, dice cuando todavía puede hablar, mientras ojea distraídamente el álbum de fotografías que la muestra en plena juventud. Y lo que pasa es que tanto para disfrutar de la vida como para disfrutar del buen cine, lo que menos importa es qué sucederá en el final.
A partir de la aparición del cadáver, otro golpe de tijera nos lleva a una sala de teatro donde una larga cámara fija (como sólo pueden ser largas y fijas las cámaras de Haneke) nos muestra un auditorio que escucha entusiasta y luego aplaude con fervor a Alexander Tharaud haciendo de Alexander Tharaud, el concertista de piano que ha sido alumno de Anne. Nunca vemos el escenario. El maestro del fuera de campo nos congela la mirada en el público y ni siquiera nos indica (como en la última escena de Caché frente al colegio del chico) qué es lo que debemos mirar.
Lo que sigue es el principio del final: A la vuelta del teatro, la pareja descubre que han violado la cerradura de entrada del departamento donde comparten la vida desde tanto tiempo atrás. Anne, aterrorizada, tiembla de sólo pensar que alguien pueda entrar en su vida violando su intimidad. Qué ironía. Pronto descubriremos lo poco que hubiera sido un simple robo en la vida de la pareja. Pronto descubriremos que lo que ha entrado en sus vidas no es otra cosa que la enfermedad que los llevará a un punto de quiebre en el que ya no se reconocerán el uno al otro. A pesar de toda una vida compartida, a pesar de la voluntad, a pesar de la música y de los libros, a pesar del amor…
Michael Haneke
Si en La cinta blanca, Haneke nos invitaba a abrir las puertas que nos cerraba al mirar, acá nos encierra en la casa y nos muestra más de lo que quisiéramos ver. Si en La cinta blanca, queremos abrir puertas para saber qué hay detrás, acá querríamos cerrarlas para no haber visto lo que no fuimos capaces de dejar de mirar. Somos, junto con la cámara, quienes violamos la entrada, quienes asistimos emocionados, ahogados, desesperados, incómodos a la más cruda realidad de la enfermedad, de la muerte y del amor. Por eso entendemos que Georges insista en cerrar las puertas y las ventanas, por eso entendemos que ni su hija ni las palomas puedan ser testigos de su humillación. Parece que supiera que ahí estamos nosotros, atados a nuestras butacas incómodos, sorprendidos, a su vez, por un ojo que nos mira y nos eterniza en el plano general de una larga cámara fija como sólo pueden ser largas y fijas las cámaras de un director que incomoda como sólo él sabe incomodar.
No vayan a verla si sólo van al cine para pasarla bien. Les aseguro que la van a pasar mal, muy mal. Recontra mal. Pero no se la pierdan, si quieren experimentar la emoción, la incomodidad, la sorpresa de que la magia del cine les permita pasarla mal, muy mal, recontra mal.
Hasta la próxima.
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(*) Entrevista de Jean-Marie Cosens a Michael Haneke en Página 12, 21 de febrero de 2013. Pueden acceder al texto completo aquí

martes, 5 de febrero de 2013

Django sin cadenas: la mezcla, la parodia y la intertextualidad recargadas

"...a lo que conduce (la corrección política) es a suavizar, a pasteurizar, 
cuando yo creo que lo que hace falta es lo contrario: darle al espectador 
una píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano."
Quentin Tarantino


Quienes amamos a Tarantino sabemos que nada puede sorprendernos ya de sus películas y, sin embargo, todo vuelve a sorprendernos una vez más. La mezcla es siempre mezcla, la parodia es siempre parodia y la hipérbole es siempre una hipérbole más. Y sin embargo, el cóctel que agita Tarantino en Django, sin cadenas es un cóctel que no se mezcla solo, como diría el Indio Solari en alguna de sus canciones. 
En primer lugar, el sistema esclavista norteamericano en la Mississippi de 1858 visto por un dúo conformado por un alemán cazarrecompensas (Christoph Waltz), asesino de ladrones de diligencias al que uno termina amando incondicionalmente, y un esclavo liberto (Jamie Foxx) que pretende emular al príncipe Sigfrido tras su Brunilda de la leyenda alemana ya es un cóctel considerable de  mezclas e inversiones irresistible para cualquier amante de lo impuro. Imperdible en esta linea temática es la escena de los activistas del KKK (que nada tiene que ver con el significado que esto tiene entre los comentaristas del foro de La Nación) cuyos diálogos desopilantes son una de las mejores parodias a los enmascarados que yo, personalmente, haya visto en cine hasta el día de hoy.
En segundo lugar, el cine italiano más denigrado, el spaghetti western es, esta vez, el intertexto elegido para ser ¿homenajeado...? No sé si es la palabra... Si la capacidad de pulverizar a través del arte lo que ya estaba pulverizado por la crítica desde tanto tiempo atrás, puede llamarse "homenaje"... Tal vez podríamos hablar más de ¿rescate?, ¿reconstrucción? ¿salvataje? Pero no, tampoco... Porque rescatar, reconstruir, salvar... ¿para volver a pulverizar? En fin, prefiero no entrar en problemas semánticos, así que "homenajear" me parece una palabra, aunque no exacta, bastante cercana a lo que hace Tarantino con el western italiano de los 60. La presencia de Franco Nero (el Django de Sergio Corbucci, 1966) en un papel secundario muestra el artificio y explicita la intertextualidad: 
- ¿Cómo te llamas?- le pregunta Franco Nero, un adicto italiano a los mandingos o luchadores esclavos, al ex esclavo mientras comparten una copa.
-Django- contesta Django.
-¿Puedes deletrearlo?- pregunta el ex Django de los denigrados westerns italianos.
-D-J-A-N-G-O, Django- repite pronunciando la "j" como "y"-. La "d" no se pronuncia...
-Sí, ya sé- responde Franco Nero en un guiño imperdible que provoca la sonrisa del espectador...
Múltiples son los guiños, las claves que remiten a otros textos, a otros géneros, a otras historias que el cinéfilo reconocerá sin dificultad.
Por último, la relación de Quentin Tarantino con la Historia y con la "verdad", con la política y con la "corrección" es una cuestión que, increíblemente y desconociendo absolutamente cualquier concepción que se tenga sobre el arte, sigue siendo puesta en duda por "justos" y "correctísimos" jueces del quehacer ético como Spike Lee (1). Que Django liberado deje morir a un esclavo mandingo, propiedad del malísimo Calvin Candie (un impecable Leonardo Di Caprio) porque lo único que, en verdad, le interesa no es la lucha abolicionista, sino el rescate de su amada Brunilda y la venganza hacia sus maltratadores, puede llegar a ser políticamente incorrecto. Que le vuele la cabeza a un reo delante de su pequeño hijo porque así obtendrá el dinero para concretar su venganza, también puede ser políticamente incorrecto... Sobre todo porque lo seguimos amando y a nadie le importa cuál es su objetivo ni cómo lo conseguirá sino que lo consiga... Y nos interesa por eso, porque lo amamos, porque Tarantino logró que nos enamoráramos de él y de su amigo alemán a primera vista... ¿Es esto lo que molesta a los guardianes de la corrección política?
Y que la sangre brote de los cuerpos como grifos descompuestos en un jardín de verano, que la cámara se regodee entre la carne destrozada de los esclavos, que el ruido roto de los huesos del mandingo se escuche como se escucha la cámara de Tarantino cuando la música, de golpe, hace silencio... es una paradójica fiesta para los sentidos y para la sensibilidad estética. Pero es cierto, nada de eso es "creíble" y lo hiperbólico, a veces, hasta desata una mueca en la que asoma una especie de sonrisa... ¿Y qué? Eso es cine, eso es arte, es artificio, es la cachetada a la percepción acostumbrada y adormecida de quien mira, la "píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano". 
Párrafo aparte merece el guion que es una obra de arte (los diálogos en la casa de Calvin Candie son imperdibles) y las actuaciones, la de los protagonistas pero también la del increíble Samuel Jackson en su rol de viejo esclavo obsecuente y traidor a los suyos... Y la música, tan impecable como los silencios...
Finalmente, Django sin cadenas es una de las mejores películas de Tarantino y de todas las que he visto en los últimos tiempos. Y lo digo yo que lo último que soy es una especialista en cine... Yo, que mucho menos que una especialista, soy una "crítica" de cine. Se los digo yo, que más bien soy una irresponsable que se emociona más de lo que piensa con aquello que la enamora...  
Eso sí, esta irresponsable no va a dejar de sugerirles que no se la pierdan.
Hasta la próxima.

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(1) –Spike Lee se enfureció con el hecho de que en la película se use el término nigger, que tiene una connotación racista. Ya le había reprochado lo mismo en Tiempos violentos.
–El tema es que no soy yo quien usa ese término, sino los blancos esclavistas de la película. Que es lo que sucedía en ese entonces. Si lo que quiero es meter al espectador en esa situación, ¿cómo voy a hacerlo utilizando un lenguaje que no se corresponda con esa situación? Me parece ridícula la crítica. Entre otras cosas, porque a lo que conduce es a suavizar, a pasteurizar, cuando yo creo que lo que hace falta es lo contrario: darle al espectador una píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano.

(Entrevista a Quentin Tarantino: Ver texto completo aquí)

viernes, 18 de enero de 2013

El último encuentro de Sándor Márai


Playa, sol, arena, mar cálido y transparente, clases de samba, mucho vóley, mucha paleta, caipirinhas y cervezas heladas a horas y a deshoras, caminatas: por la playa, por el morro para bañarse un poco de verde, una buena sombrilla y una reposera… ¿Qué más se puede  exigir de unas vacaciones después de un año de trabajo? Siempre puede haber algo más y ese algo más no puede ser otra cosa que un buen libro.
Así como el año pasado no salí por varios días de debajo de la sombrilla por leer la extraordinaria novela de Orham Pamuk, Me llamo Rojo, sobre la que ya escribiré algo algún día, este año me ha pasado algo similar con la impecable El último encuentro del húngaro Sándor Márai (1900- 1989).
El último encuentro es mucho más que la evocación nostálgica por parte de un general del ejército austrohúngaro de un pasado imperial en que los grandes pilares morales del antiguo régimen se han puesto en crisis en la decadencia del imperio. Es mucho más que una historia de traiciones y venganzas y es más también que el “encuentro” tan esperado como inevitable de dos viejos amigos que, ya ancianos, vuelven a reunirse en un viejo castillo de caza, cuarenta y un años después de la última gran cacería real que hubo por aquellos bosques, cuando algo pasó. Algo que provocó la huida de Konrad, el artista, y la necesidad del general por conocer la “verdad”… Ese “algo” instaura el  secreto y la imperiosa necesidad de contar. Habrá, entonces, alguien que dice y otro que escucha en su enorme callar…
Y digo que es mucho más que todo eso porque, en verdad, ese “algo” es lo que menos importa, porque la “verdad” suele estar siempre más cerca de la pregunta que de la respuesta. En este sentido, El último encuentro es la historia de quien se pregunta permanentemente acerca de la “verdad” y de lo que ello significa. Es la búsqueda de la identidad, de entender quiénes somos a partir de la relación con el otro.
Y El último encuentro es también la historia de la última cacería en que cazador y presa se confunden. ¿Quién es el cazador y quién la presa en esta última cacería consumada con precisión y delirio a lo largo de cuarenta y un largos años? ¿El general, cazador innato, que ha esperado más de cuatro décadas la llegada de su amigo “sin moverse, con una mirada sin expresión, cerrando un ojo, como los cazadores cuando tienen la presa en el punto de mira” o el artista que también ha sentido en sus manos “un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, […] ser más fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa.”?
Última cacería que es rito y ceremonia, que es la reconstrucción fiel de la última cena compartida, cuando todavía vivía Krisztina, la esposa del general y el vértice del triángulo. Su espacio vacío en la mesa gritará a lo largo del diálogo lo no dicho. Por eso, El último encuentro representa también la eterna batalla del lenguaje contra el silencio, esa otra gran cacería en que se confunden el cazador y su presa: ¿Es el general cuya arma mortal es la palabra quien tiene en la mira a su presa o es el artista cuyo silencio apunta con la fuerza de una bala mortal?  Lo dicho y lo no dicho… Tal vez en ese intersticio, en ese hueco habite ese simulacro de lo real que llamamos “verdad”. Pero tal vez no…
Y una cosa más todavía: Una prosa impecable que vela y revela el secreto, una prosa a la luz de las velas azules que Nini, la vieja nana del general, pondrá en la mesa para la ceremonia final, una prosa aguerrida que lucha contra el silencio y la oscuridad, una reflexión sobre el sentido de la amistad, sobre el arte y la música, sobre las máscaras, sobre la condición humana y sobre la ancianidad y, obviamente, sobre el lenguaje, el silencio, la soledad y la muerte.
No se la pierdan.
Hasta la próxima.