"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."

jueves, 27 de mayo de 2010

El día después y la reivindicación del conflicto

Aun cuando este espacio no fue pensado para hablar de política, los que me conocen saben que soy una mujer política, plantada en un medio político y con una participación activa en el debate ideológico. Por eso, a pocos días de la culminación de los festejos del Bicentenario, me es imposible dejar de comentar algunos de los relatos que se han escuchado en radio y televisión el día después.
Por un lado, parte de la oposición y ciertos analistas basados en supuestas “encuestas” aseguran que el pueblo argentino ha dado una lección a sus gobernantes durante estos festejos y que, con su participación en las calles, no ha hecho otra cosa que expresar la necesidad de consenso frente al conflicto entre el gobierno nacional y el gobierno de la ciudad que habría “nublado” los festejos en este Bicentenario.
Por el otro lado, están quienes, lejos de querer ocultar el conflicto, hacen de la “caprichosidad” el carácter fundamental del mismo, banalizando de manera vergonzante una diferencia que no sólo es ideológica desde su base, sino que además expresa dos maneras diferentes, incluso contrapuestas, de pensar un país.
Tanto quienes pretenden ocultar o disimular el conflicto como quienes lo banalizan al punto de convertirlo en una mera pelea de chusmas de barrio intentan instaurar un panorama desideologizado y aséptico indigno de los verdaderos tiempos que corren.
Por eso, hoy, en este espacio dedicado a “las palabras y las cosas”, me propongo reivindicar de una vez por todas el conflicto y su verdadera importancia en estos festejos del Bicentenario que lo han puesto en escena en lugar de ocultarlo. Quiero rescatar su positividad y su puesta en evidencia contra la hipocresía política y contra los que todavía hacen del quehacer público una mera cuestión de imagen para el mundo o para los años por venir.
Si el Centenario fue la fastuosidad de los festejos que trataba de ocultar una Ley de Residencia que reprimía a los inmigrantes, si fue la fiesta de unos pocos en medio de un estado de sitio y de una durísima persecución ideológica hacia los cuadros políticos que comenzaban a hacer escuchar su reclamo por una sociedad con más derechos para los obreros, las mujeres y “para todos los hombres del mundo” que querían “habitar el suelo argentino”, si el Centenario representó la promoción de lo que Ricardo Rojas llamó la “pedagogía de las estatuas” para mostrar un país grandioso que estaba muy lejos de serlo más que para los cuatro o cinco que podían en verdad disfrutarlo, HOY, en 2010, el Bicentenario muestra a todas luces y sin ocultamientos la puesta en escena del conflicto en un ambiente de libertad de expresión como pocas veces hubo a lo largo de toda esta centuria, sin represiones ni a piqueteros ni a movimientos sociales ni a manifestaciones del campo ni a ambientalistas ni a periodistas que, aunque dicen tener miedo (¿a un cartel?), nunca expresaron su miedo ni el de sus colegas desaparecidos durante los gobiernos dictatoriales que sí metieron miedo en este país.
Y ES QUE SÍ, SEÑORES, ACÁ HAY CONFLICTO Y ES BUENO QUE ASÍ SEA. Es bueno que lo vayan entendiendo de una vez por todas. Acá hay conflicto entre el poder político y el económico como hacía mucho tiempo que no sucedía en el país. Acá están, por un lado, los resabios menemistas de la farándula, con su pizza y su champagne y, por el otro, la presencia de los artistas del interior del país y los artistas latinoamericanos en un escenario que recibió de manera gratuita a un público increíble que festejó cantando el himno con la emoción y la garra que sólo escuchábamos en los mundiales de fútbol.
Por eso, no nos vengan con la cháchara de “El obelisco y el Colón, un solo corazón”, que ninguno de los que estuvo allí presente en los festejos cantó nada por el estilo por si quieren enterarse los serios y circunspectos hacedores de encuestas.
Lo mismo corre para todos aquellos que insisten en “caprichizar” el conflicto, que ignoran o pretenden ignorar que la decisión de la presidenta de no asistir a la reapertura del teatro Colón (y más aún después de haber visto su vergonzosa televisación) se trata de una decisión política e ideológica que pone en escena dos maneras absolutamente distintas de pensar un país: un país que tiene todavía el culo más arriba de la cabeza y que sigue mirando al norte aun cuando el norte se desmorona irremediablemente (y esto no tiene nada que ver con la importancia indiscutible que en el mundo de la cultura tiene desde siempre el teatro Colón) y un país que empieza a mirar a los costados y comienza a identificarse con su historia y con sus orígenes latinoamericanos.
Entonces, señores, les guste o no: HOY, EN 2010, HAY CONFLICTOS.
Y todavía queremos más, muchos más: con el poder minero y con el financiero, con los banqueros que se enriquecen con nuestras crisis, con los jueces truchos y la corrupción, con quienes hicieron que pagáramos la deuda que no nos corresponde pagar.
Más conflictos con todos aquellos que no quieren conflictos.
Y es que ya nadie puede hacernos creer que el conflicto es algo malo. Es algo malo para quien quiere conservar el estado de cosas a cualquier precio para cuidar los bolsillos que tan bien llenaron a costa nuestra y con la anuencia de los gobiernos anteriores; pero no para nosotros, no para la gente, no para el futuro, no para un país que quiere mantener intacta su memoria en función del porvenir. Ningún cambio importante se da ni en las personas ni en las naciones, sin conflicto. Por eso es hora de reivindicarlo y de colocarlo en su justo lugar, porque ocultar el conflicto es tan ideológico como mostrarlo.

Por último, creo que el pueblo no salió a la calle para expresar su desacuerdo con ninguna falta de consenso, ni contra ningún supuesto “capricho” presidencial, ni siquiera salió a la calle para apoyar a un gobierno. Simplemente salió a la calle para expresar nada más ni nada menos que su sentido de pertenencia, su necesidad de estar cerca del par y de identificarse con el de al lado por un pasado en común que no es otra cosa que un presente y un futuro en común: federal y latinoamericano como el que soñaron los verdaderos héroes de la Patria, desde Moreno y Belgrano hasta el inquebrantable heroísmo del Che.
Para eso salió la gente a la calle. Y la pasó muy bien. Muy pero muy bien.

Hasta la próxima.

viernes, 21 de mayo de 2010

La doble vida de Verónica y la repetición infinita.

A mis alumnos del taller "El doble en la literatura y en el cine":

"Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías"

Jorge Luis Borges: "Ajedrez"

Hay películas que veo una y otra vez con sublime adoración. Como cuando era chiquita y exigía una y otra vez los mismos cuentos, las mismas historias. Papá, mamá o a veces la tía Delia no debían olvidar un solo detalle porque ese olvido podía ser fatal, tan fatal como romper la magia del encuentro con los gnomos y las hadas, con la inocente Alicia y el cruel Humpty Dumpty, o con la mancha de humedad en la pared que de pronto era monstruo o princesa, hada madrina o pirata, reina de corazones o conejo de frac corriendo con un reloj en la mano.
Pero el cine tiene unos tiempos que no son los de la literatura, mucho menos los de la narración infantil. Cuando se está en el cine, no hay vuelta atrás para volver a ver una escena; ni hay hastío, curiosidad o ansiedad que pueda hacer avanzar la historia hasta donde querríamos hacerla avanzar. Y quizás la magia esté precisamente ahí, en esa percepción de lo inmediato, en ese simulacro de mundo cerrado que parece que empieza y termina en ese preciso lugar, en ese milagroso momento de la instantaneidad.
Pero yo soy una lectora; soy una lectora aún, cuando voy al cine. Y la velocidad no me da tiempo para "leer", para leer de verdad: a falta de páginas en el cine, necesito el rewind y el flashforward, tal vez porque las buenas películas me devuelven a la nena que fui, la que no quiere moverse ni por un instante del lugar del placer. Quizás sea por eso (pero quizás no) que vuelvo una y otra vez sobre ciertas películas que, por un motivo u otro, me han devuelto aunque sea por un instante a ese lugar del placer, tal vez sea por eso (pero tal vez no) que hay escenas que me conmueven de la misma manera cada vez que las vuelvo a ver, como nos ha conmovido la piel de ese hombre la primera vez y nos sigue conmoviendo en el siempre nuevo y repetido rito del amor.
Hoy quiero mostrarles y comentar con ustedes dos escenas bellísimas de La doble vida de Verónica (1991) del director polaco Krzysztof Kieslowski: dos de las escenas más maravillosas que conozco no sólo por lo que se muestra sino por el modo en que se lo muestra que nunca es azaroso, nunca es porque sí.
Weronika vive en Cracovia y está comenzando una exitosa carrera como cantante. Tiene problemas con su corazón por lo que su salud no tiene la fortaleza que su carrera le exige. Véronique vive en París y es una modesta profesora de música que, a pesar de que también tiene problemas con su corazón, se hace estudios y se cuida como si algo o alguien le dictara qué es lo que tiene que hacer. Demás está decir que ambas (la bellísima Irène Jacob) son exactamente iguales y que se intuyen una a la otra como si fueran parte de un doble acto de creación. No voy a contar más, pero sería bueno que vieran la película antes de ver las escenas que les quiero mostrar. Los que ya la vieron pueden seguir conmigo acá. Los que no, vayan a verla que nos encontramos después...
En esta escena vemos a Weronika en su primera y última actuación frente a un gran público:


Es una escena sobre la que hay que volver, al menos una vez más, volver... Yo creo que si uno no vuelve sobre esta película la mayor parte de su belleza y de su significación queda a mitad de camino. Por ejemplo, ese maravilloso travelling cenital después de que Weronika cae, sólo puede “leerse” en relación con la escena del teatro de marionetas que veremos también juntos, más abajo. Pero primero estudiemos ésta un poco más detenidamente:
Plano general y fundido desde el negro: escenario... teatro lleno. Poco a poco se va haciendo la luz y los primeros acordes crecen junto con la escena. Cuando Weronika es la que mira, la angulación en picado (desde arriba) focaliza al público, al director o a la orquesta, pero, de pronto, es el director quien mira y la cámara focaliza a Weronika en contrapicado (desde abajo). Weronika está en la cima y crece junto con su voz para elevarse hasta alcanzar el clímax musical y narrativo de la escena. Cuando estamos extasiados con la orquesta, con el coro, con su voz (1) , con su imagen, con los ocres y amarillos convocados a escena para que ocurra la magia, entonces, la angulación desordenada junto con el silencio feroz que lastima nuestros oídos antes extasiados, nos hace volver a tierra. Escuchamos el golpe del cuerpo al caer y el plano fijo inclinado del piso de madera nos duele en el cuerpo.
Pero, entonces, el montaje, por oposición, nos transporta por el aire en ese travelling cenital que anticipa el vuelo de la otra que será la doble de su doble y que veremos en la más bella escena de la película acá abajo. ¿Quién mira desde ese vuelo sobre el teatro? ¡Dura tan poco el mirar del volar!... De inmediato, un encuadre inclinado nos confirma que Weronika ha muerto. Y entonces, el entierro, la angulación en nadir que, en clara oposición con el travelling cenital, nos coloca en el lugar de la muerte: las paladas de tierra son golpes que ciegan en el silencio. ¿los ojos que miran desde la tierra son los mismos que miraban desde el vuelo teatral? ¿Se puede en un instante pasar del cielo a la profundidad del pozo? Y las paladas de tierra taladran nuestros oídos. Es más que oscuridad y silencio: es su anunciación, su siniestro anticipo lo que nos cegará y nos dejará definitivamente sordos.
Y sin embargo, algo acaba de pasar sobrevolando el público... Aunque no es ella, la escena siguiente nos devolverá la imagen de Werónica haciendo el amor. Es Véronique desnuda que, de vuelta del orgasmo, se siente sumida en una infinita tristeza por una pérdida que no puede precisar: ¿la petite mort que anticipa la gran muerte?, ¿la vuelta al ser discontinuo después de la experiencia sexual de la continuidad en el par?, ¿o la caída en la soledad existencial, en la ahora plena conciencia de estar definitivamente sola en el mundo?

Veamos, ahora, la escena del teatro de marionetas: En el colegio donde Véronique enseña música llega un titiritero, Alexandre, con sus bellísimas creaciones:

Es ésta para mí una de las escenas más bellas que haya visto en el cine en toda mi vida.
La autorreferencia es evidente: el texto habla de sí mismo, pone en escena su propia producción: ¿No es acaso el titiritero/ escritor, que maneja los hilos de los personajes de la historia, el doble del director/ autor de la película que maneja los "hilos" de la filmación? ¿No es el público allí presente el doble de los espectadores de la película? ¿No es la representación que presenciamos un doble de la escena que analizamos anteriormente, la de la muerte de Weronika en la plenitud de su arte? Una artista, en este caso una bailarina, cae en plena actuación y por el arte de la magia, se transforma en mariposa: ¿No es acaso este vuelo la explicitación del travelling cenital de la escena anterior? ¿Se ha convertido también Weronika en mariposa como su doble de la ficción?
Ya cerca del final, Véronique despierta en la casa de Alexandre. El titiritero (¿el director?) está trabajando en una nueva obra que representará la doble vida de Verónica. Alexandre le muestra las nuevas marionetas en las que la chica se reconoce casi con tristeza:
-¿Por qué dos? -pregunta Véronique.
-Durante la función, las toco mucho -contesta Alexandre- se estropean.
¿Será que así funciona la trama de la Historia? ¿Será que no somos más que un boceto de una obra de arte por venir, un borrador de un futuro y lejano original, un repuesto por si nuestro doble se rompe?... ¿Cuántos borradores cada vez más perfectos habrá de nosotros? ¿Existirá en verdad algo parecido a un "original"? ¿Y el titiritero/ escritor no repite al director quien, a su vez, repite al Creador quien a su vez repite al Creador quien a su vez...? ¿Y así, una y otra vez, una y otra vez, infinitamente...?

Y sí... Hay películas que veo una y otra vez con sublime adoración. Como cuando era chiquita y exigía una y otra vez los mismos cuentos, las mismas historias...

Hasta la próxima.

(1) Una anécdota curiosa: El supuesto compositor barroco holandés que la Verónica francesa anota para sus alumnos en el pizarrón, el enigmático Van den Budenmayer, nunca existió en realidad. La música de la banda sonora de esta película pertenece al músico fetiche de Kieslowski, el genial Zbigniew Preisner. Durante mucho tiempo se mantuvo el mito de la existencia del compositor holandés cuya verdadera identidad se reveló recién a la muerte del director polaco y que aparece nombrado no sólo en esta película sino también en otras del mismo director.

viernes, 7 de mayo de 2010

¿Una generación de "boludos"?

A mi amigo Daniel Cámpora, compañero de charlas entre vinito y vinito.

"__¿Qué hacé, boludo? ¿Todo bien, boludo?
__Todo tranquilo, boludo, ¿y vo, boludo?
__Todo bien, boludo. Rebién, boludo, en serio. "
(Escuchado como al pasar en una charla entre adolescentes)

Es ya un lugar común que los adultos de mi generación critiquemos a nuestros adolescentes por el uso indiscriminado y para mi gusto abusivo del apelativo "boludo" o "boluda". Sin embargo, no hemos hecho más que criticarlos en lugar de abocarnos a analizar las causas de este uso tan extendido entre nuestros jóvenes de la palabra "boludo" o "boluda" como mero apelativo para convocar al par. Y mucho menos nos hemos preocupado por medir las consecuencias que todos los argentinos hemos sufrido, sufrimos y sufriremos por la banalización de este querido vocablo que nos ha representado y nos representa hoy en todo el mundo, y que está casi a la altura de un Borges, un Piazzolla o un Maradona.
Concordarán conmigo en que, cuando nosotros, los que estamos arañando los cincuenta, éramos adolescentes, también teníamos nuestros propios vocativos. "Loco", "flaco", "hermano"... eran algunos de los motes que usábamos para llamarnos entre nosotros. ¿Alguien recuerda el enojo de nuestros padres cuando nos escuchaban hablar de "ese" modo? ¿O cuando cantábamos "Cocaine" a voz en cuello arrebatados por la música y la comunión de estar entre amigos?
Mi mamá, por ejemplo, se enojaba cuando decía "¡Qué bronca!" y entonces me corregía diciéndome: "Nena, no se dice ¨qué bronca¨, se dice ¨qué fastidio¨". Yo me imaginaba diciendo "qué fastidio" en alguna de las reuniones de entonces y me reía de sólo pensar en las caras que pondrían mis amigos y mis amigas ante semejante alocución.
¿Es casual que uno de los vocativos que más usaba nuestra generación fuera el de "loco"? Si lo pensamos un poco, el vocativo "loco" tenía su razón de ser. Éramos los herederos de la generación hippie, de la generación que cambió los modos de mirar el mundo y que privilegió el amor por sobre todas las cosas, que revolucionó el concepto de familia y pregonó la libertad sexual. ¿Quién de nosotros no estaba orgulloso de "estar un poco loco" en una sociedad ahogada en estructuras y deberseres?
No era, pues, tan "loco" que nos llamáramos "loco", "loquito", "loca", "loquita" y nos vistiéramos con largas polleras y sandalias franciscanas, con vinchas de flores naturales y túnicas de bambula teñida al batik. Nos vestimos como ellos aunque no éramos ellos porque estábamos orgullosos de su revuelo social. Y así vestidos, militamos el "hagamos el amor y no la guerra" e hicimos política porque sabíamos que el mundo no podía seguir siendo tal como era, no podía seguir funcionando tal como estaba.
Muchas veces hemos dicho en este espacio que el lenguaje no es para nada inocente y los modos en que los jóvenes de las diferentes generaciones se han llamado a sí mismos no son nunca meramente casuales. Si bien los apelativos terminan siendo solamente eso: apelativos, nunca pierden el sentido original de la palabra o las palabras que lo forman. Tal vez, y sólo tal vez, nos llamábamos "loco" o "loca" porque en nuestra generación hubo muchos "locos" y "locas" que dieron la vida por un ideal, porque otros "locos" con sandalias o "locas" semidesnudas cantaban "Libros sapiensales" o "Jugo de tomate frío" en la playa bajo la luna, en lugar de trabajar o de estudiar y porque muchos "locos" le dijeron "no" al casamiento, "no" a las normas, "no" a la hipócrita sociedad.
Y ahora me pregunto qué fue lo que hizo que los adolescentes de hoy en día (pero también los de la década del 90) se llamaran uno a otro "boludo" o "boluda". ¿Qué hizo que inconscientemente se vieran a sí mismos de ese modo? ¿Será que entre nuestra generación y la siguiente ocurrió una dictadura feroz que apuntó a aniquilar la inteligencia, la rebelión, las ganas de volar? ¿Será que esa matanza no sólo asesinó cuerpos e ideas sino que, además, asesinó a la "locura" para que la "boludez" tuviera el terreno libre en las jóvenes mentes de nuestros jóvenes adolescentes? ¿O será que el "boludo" no es más que una maniobra de rebelión juvenil inconsciente contra el lenguaje instaurado, contra quienes nos creemos los dueños del lenguaje, contra quienes nos creemos con derecho a decirle a los jóvenes cómo tienen que hablar? ¿No sufrimos también, acaso, por parte de nuestros padres esa soberbia de creerse ellos mismos los dueños del buen decir? ¿En verdad podemos enojarnos con nuestros jóvenes porque se llaman uno a otro "boludo" o "boluda"? No lo sé. En verdad, no lo sé.
Lo que sí sé es que los subestimamos cuando creemos que no saben con quién o cuándo usar el apelativo, que es más fácil echarle la culpa a ellos y a las nuevas tecnologías que darnos cuenta de que somos nosotros, los adultos, quienes no podemos o no sabemos ponerles un límite. Cuando decimos indignados: "¡Lo que pasa es que con eso del msn se han acostumbrado a escribir cualquier cosa!", o: "No sé qué hacer con mis hijos que me tratan de boludo como si yo fuera un compañerito más", en realidad, lo que estamos haciendo no es otra cosa que esquivar el bulto. Yo creo que los chicos manejan más códigos que nosotros y que saben perfectamente cuál corresponde a cada situación comunicativa. En todo caso, dependerá de nosotros, sus guías, poner los límites cuando corresponde. Convengamos que es más fácil "dejarlo pasar" que ponerse firme en la decisión de no dejarlos ir más allá de lo que ellos en realidad quieren ir, porque en definitiva, si algo nos están pidiendo a gritos nuestros adolescentes es que les pongamos un límite. Inconscientemente saben que preocuparnos es quererlos. Ningún hijo, ningún alumno se siente cómodo cuando los padres o sus docentes son demasiado permisivos.
Para terminar con este tema, a mí, particularmente, lo que en verdad me molesta es la banalización que el otrora inigualable insulto argentino ha sufrido a partir de las últimas generaciones de jóvenes. ¿Qué ha quedado de la bellísima violencia de la palabra "boludo" o "boluda", sólo superada por la más bellísima aún: "pelotudo" o "pelotuda"? ¿Qué ha quedado de ella después de esta apropiación juvenil del término como un vocativo inocuo cuando no insoportablemente amistoso? ¿Qué queda de la belleza de las malas palabras a las que se ha referido Roberto Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua que se llevó a cabo en Rosario en agosto de 2004 (Ver aquí)? Nada. No queda nada. Tal vez una leve diferencia en la entonación, en la acentuación un poco más violenta de la sílaba "lu"...
Pero esto es nada o casi nada... Ahora somos todos boludos y no nos diferenciamos ya como boludos los unos de los otros.
Hasta la próxima.

domingo, 18 de abril de 2010

La cinta blanca o el desafío de abrir las puertas

Si en Caché (Escondido), Michael Haneke desafiaba la mirada y nos hacía preguntarnos permanentemente quién mira a través de esa lente que no nos lleva de las narices para indicarnos qué mirar o qué focalizar, en esta cinta en blanco y negro, La cinta blanca (Das weisse bande), el director austríaco vuelve para desafiarnos otra vez el mirar y el escuchar y, como siempre, el sentir. Si en Caché se nos ocultaba el ojo, acá lo que se oculta es lo mirado. Desde la ausencia de color hasta el fuera de campo casi obsesivo, La cinta blanca es una fiesta para los sentidos pero también y sobre todo un desafío a la inteligencia y a la competencia cinematográfica del espectador: Desde Tarkovsky a Bergman hasta Shyamalan en El bosque o, incluso la inolvidable Village of the Damned de John Carpenter, las reminiscencias de La cinta blanca cliquean la memoria del cinéfilo y lo invitan a una variada red intertextual.
Un pueblito protestante en Alemania en 1913, la voz en off del maestro que intenta comprender lo que pasó muchos años después: una serie de sucesos extraños: el accidente del médico, el de la campesina, el secuestro y la tortura del hijo del barón, el incendio del granero, el que aparece ahorcado en un galpón... El pastor, los hijos del pastor... y el huevo de la serpiente, la pregunta por la Historia desde la historia...
Pero la película no da respuesta alguna. Haneke invita una vez más al espectador a la mudez que da paso al pensamiento y a la pregunta por la pregunta de la pregunta. La cinta blanca abre puertas porque las cierra a la mirada: como la escena del castigo corporal: cámara fija y puerta cerrada o la del campesino cuyo llanto por su esposa muerta nos llega desde detrás de una pared, o el piano de la baronesa que se adelanta a lo visual y nos instala en el límite entre lo diegético y lo extradiegético. Todo está pero no se ve, todo se sabe desde el principio pero nadie hay detrás de ese ojo para que nos lo confirme. Todo es y no es...
Así, La cinta blanca es un policial, y no; es suspenso y es terror, y no; es una pregunta por el origen de la maldad, y no... Es todo eso y mucho más: es bellísima fotografía y es excelente actuación, es narración que crece a pasos agigantados y es plano fijo en el final que, como en Caché, es la mirada que vela el mirar, es la puerta que se abre...
La cinta blanca se estrena el jueves 22 de abril. No se la pierdan.

sábado, 17 de abril de 2010

La ternura y el espanto...

SI DULCEMENTE

si dulcemente por tu cabeza pasaban las olas
del que se tiró al mar/ ¿qué pasa con los hermanitos
que entierraron?/¿hojitas les crecen de los dedos?/¿arbolitos/
[otoños
que los deshojan como mudos?/en silencio

los hermanitos hablan de la vez
que estuvieron a dostres dedos de la muerte/sonríen
recordando/aquel alivio sienten todavía
como si no hubieran morido/como si

paco brillara y rodolfo mirase
toda la olvidadera que solía arrastrar
colgándole del hombro/o haroldo hurgando su amargura
[(siempre)
sacase el as de espadas/puso su boca contra el viento/

aspiró vida/vidas/con sus ojos miró la terrible/
pero ahora están hablando de cuando
operaron con suerte/nadie mató/nadie fue muerto/el enemigo
fue burlado y un poco de la humillación general

se rescató/con corajes/con sueños/tendidos
en todo eso los compañeros/mudos/
deshuesándose en la noche de enero/
quietos por fin/solísimos/ sin besos

Juan Gelman

lunes, 22 de marzo de 2010

Presentación del libro "Pájaros rojos": Para que la Memoria les duela

"No hay nada más invisible que un monumento"
Robert Musil
"Hoy vi una mano helada
que mecánicamente movía
el reloj y cerraba los libros"
Graciela Pernas Martino

Con motivo de la conmemoración del Día de la Memoria, fui invitada en el día de hoy al Colegio Nacional de La Plata para ser oradora en la presentación del libro de dibujos y poemas Pájaros rojos de Graciela Pernas Martino, detenida desaparecida, secuestrada en su domicilio a los 20 años de edad junto con su marido, Julio Poce, en octubre de 1976.
Es la cuarta vez que, junto a la querida Ñeca, su madre, y Ayelén Oliva, una joven de 22 años que fue la primera que se propuso llevar a cabo este proyecto, presentamos el libro en diferentes ámbitos de la Cultura. Pero esta presentación fue, entre todas, la más especial. Tal vez porque Graciela fue exalumna del Nacional o porque fue compañera de clase de Gustavo Oliva, su actual director, que se emocionó con el recuerdo en el discurso de apertura del acto, o tal vez porque el público, adolescente en su gran mayoría, le hizo un huequito a Graciela, entre butaca y butaca, para invitarla a escuchar... No sabría precisar exactamente por qué, pero hoy pude sentir que Graciela estaba realmente allí, más presente que nunca en ese enorme salón de actos casi como si fuera una alumna más.
Tal vez colaboró también la presencia de su hermano, Pablo Pernas, que vive actualmente en España, de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, de Familiares y miembros de la APDH de La Plata, para que esta presentación se constituyera hoy y aquí en un verdadero acto de Memoria.
Participé en la gestación de este libro casi de manera casual y jamás pensé que el proyecto crecería y se multiplicaría de la manera en que lo hizo y en que lo sigue haciendo en este casi año y medio que ha pasado desde su primera edición: El libro ha sido declarado de interés cultural por la Legislatura porteña, el Ministerio de Educación de la Nación lo ha recomendado en los programas de las escuelas secundarias, el Ministerio de Educación de la Pcia de Buenos Aires se ha encargado de la edición y de su distribución en todo el país... Y más, todavía mucho pero mucho más...

Recuerdo que en su momento, escribí para la contratapa del libro: ""Hay dolores que han perdido/ la memoria y no recuerdan/ que son dolores", dice Graciela en uno de sus poemas como presagio revelador de este tiempo de memorias fracturadas..." Hoy ya no diría "fracturadas", hoy mejor debería decir ignoradas, vapuleadas, burladas, bastardeadas...
Hace unos días escuchaba a un conocido periodista de radio y televisión cuando le preguntaba a un colega otrora progresista, por qué era feriado el 24 de marzo, qué había pasado ese día... El otrora progresista colega muy seriamente y como si fuera lo más natural del mundo olvidar, le contestaba sin ninguna sorpresa esa pregunta que hoy, en esta coyuntura específica, no puede resultar más que una burla siniestra, porque... yo me pregunto: ¿qué comunicador que se precie de tal puede en el día de la Memoria perder de esa manera la memoria...? No, no nos engañemos, no es que pierda la memoria: el supuesto "olvido" de este supuesto comunicador no es en estos momentos para nada casual. En un tiempo en que los responsables de los más horrorosos crímenes de lesa humanidad están siendo juzgados y encarcelados, en momentos en que las Abuelas están recuperando nietos que se muestran felices por saber quiénes son, en momentos en que las mismas Abuelas continúan su lucha contra un sistema judicial que, aliado a los grupos económicos, les niega el derecho a saber quiénes son sus nietos, en tiempos como éstos, digo, no es para nada casual que salgan a la luz estos supuestos "deslices del olvido".
Porque la verdad es que la Memoria les duele y les duele porque es la única capaz de poner en evidencia la contradicción y el abuso, el ocultamiento y la mentira, la desinformación y la cretinidad... Para quienes tenemos Memoria, para quienes no vamos a dejar que nos la "desaparezcan" ni un periodista ni una radio, ni la dueña de una radio, ni el carnicero de la esquina, fechas como ésta representan un verdadero desafío a nuestra inteligencia y a nuestra creatividad.
Por eso y contra los que simulan olvidos, hoy, como les decía, la presentación del libro de poemas de Graciela Pernas Martino en el Colegio Nacional de La Plata fue un verdadero acto de memoria. Y cuando hablo de "verdadero acto de memoria" lo estoy oponiendo a otros supuestos actos de memoria que no hacen más que hacer crecer a pasos agigantados el olvido y la indiferencia y que formulan un pasado muerto, tal vez heroico, pero muerto al fin, obturado, sellado, que se recuerda porque es políticamente correcto recordar, porque se debe recordar. Quien obliga a la memoria provoca la más siniestras de las formas del olvido porque vuelve museo o convierte en monumento un hecho que fue esencialmente presente vivo, lo que hace es momificar el pasado, invisibilizarlo, borrarlo, volverlo rutina, dictado, lección: ¿qué más invisible que el Himno obligado en un acto escolar? ¿Qué más invisible que un acto escolar?
Con Pájaros rojos, en cambio, Graciela se presentó hoy en el Colegio Nacional de La Plata para devolvernos la memoria, la memoria de un pasado en todo su presente, la memoria del instante en que la voz que habla en estos textos ama, sufre, canta o reclama justicia, se angustia y tiene miedo, susurra, habla fuerte o grita a todo pulmón ... No es más que una voz en la que cualquiera de nosotros, en la que cualquiera de los adolescentes que estaban hoy presentes en ese salón de actos, puede reconocerse. ¿Cuántos de ellos escribirán poemas o cuentos o encontrarán en el dibujo o la pintura, en la escultura o en la música el modo de buscar y de encontrar su lugar en el mundo? Claro, no guardarán sus creaciones en una pequeña caja como Graciela, las guardarán en archivos de computadora o en blogs o en alguna nota de Facebook... Es cierto, los modos de producción y de almacenamiento han cambiado desde los tiempos de Graciela, pero lo que no ha cambiado, lo que de ninguna manera ha cambiado es la necesidad de expresarnos a través del arte. Y el arte es un lugar privilegiado para reconstruir la Memoria porque el arte nos mueve y nos conmueve, nos une y nos reúne y nos hace partícipes de un texto que aún no se acaba, que está en permanente construcción y en permanente presente, en constante proyección hacia ese futuro que comenzó hace tiempo ya.
Ahora que es tan fácil hablar de "violencia", ahora que se dice que es "violento" extraer de una vivienda un peine o un cepillo de dientes para saber la verdad, en que se ha banalizado la significación de esa palabra de manera tal que resulta "violento" obligar a un ser humano a conocer su identidad, los poemas de Graciela vienen a recordarnos la verdadera violencia, la de las vidas jóvenes cercenadas a golpes de picanas, la de los animales que se la llevaron a patadas, con toda la prepotencia de su ignorancia y de sus armas, un día de octubre de 1976.
Graciela tenía apenas 20 años.
Pasado mañana se cumplen 34 años del golpe cívico- militar más sangriento de la historia argentina. Que no sea una efemérides más del calendario escolar. Recordemos lo que somos capaces de recordar y traigamos nuestros recuerdos al día de hoy, porque el pasado ilumina nuestra mirada sobre el presente, y lo que seamos capaces de ver hoy será nuestro recuerdo de mañana. Que nadie nos diga qué debemos recordar ni qué debemos mirar. Miremos desde la razón y desde la memoria. Comprometámonos con ella. Resignifiquémosla.
Hagamos pues: Memoria.
Hasta la próxima.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mujeres y lenguaje

Siempre me resultó problemático el 8 de marzo como el "Día internacional de la mujer". Por un lado, conmemora una masacre histórica de mujeres obreras y constituye un reconocimiento de la explotación y discriminación que el género femenino sufrió y sigue sufriendo desde siglos a lo largo y a lo ancho de todo el planeta; por el otro, en ese "reconocimiento" que se ha instaurado socialmente y tiene la misma importancia que el "día del amigo" o el tilingo e importado "día de los enamorados", una puede presentir el gesto paternalista del "macho" que te palmea el hombro y te dice desde su alta tarima: "Feliz día, muñeca".
Una vez más... las palabras y las cosas...

Por este tipo de paradojas, las mujeres tenemos con el lenguaje heredado una relación problemática que ha sido objeto de discusiones teóricas en todos los ámbitos de la cultura occidental(*).
Hay, muy (pero muy, tanto que me da vergüenza plantearlo de este modo) resumidamente, dos maneras de pensar la relación entre el lenguaje y el mundo. Podemos pensar que las palabras son re-presentaciones de las cosas o que las palabras son las cosas (En las letras de rosa está la rosa / Y todo el Nilo en la palabra Nilo). En la primera de las posibilidades el lenguaje no es más que un mero instrumento de comunicación, de nominación del mundo; en la segunda, el lenguaje es cuerpo y es memoria, es política y es identidad. Por eso, a la hora de pensarnos como sujetos del lenguaje y no como meros objetos, las mujeres nos encontramos frente a la paradoja de construir nuestra identidad en la tensión entre la necesidad de decir y la imposibilidad de hacerlo desde una palabra dictada que se siente como extranjera, como ajena al propio decir.
Este cuestionamiento profundo a los cimientos del lenguaje (que, desde otro lugar han cuestionado también las vanguardias de principios del siglo pasado como el creacionismo y el dadaísmo) es un debate que, a pesar del tiempo transcurrido, aún sigue dando que hablar: ¿Existe una percepción femenina diferente del modo de percepción masculino? ¿Esa diferencia de percepción determina de algún modo una "manera de decir femenina" que se diferenciaría del "modo de decir masculino"? Y es que a la hora de enfrentarnos al lenguaje heredado y, a través de él, a toda una cultura construida a través de siglos y siglos de dominación masculina, las mujeres sentimos que el lenguaje tal como nos atraviesa desde siglos, ya no nos dice, pero tampoco podemos ni sabemos cómo desprendernos de él. Y es por eso que nuestra identidad se construye en esa tensión permanente entre el decir y el no decir, entre el lenguaje y el silencio, entre la escritura y la página en blanco...
Una vieja consigna feminista de los setenta, "Alicia ya no", se constituyó en bandera de la lucha de género en honor a la película de Martin Scorsese Alicia ya no vive aquí (1974), en que una joven mujer salía al mundo con su hijo en busca de su identidad. Hoy, desde la problemática de género, las mujeres sabemos que "ya no" somos eso que la cultura construyó acerca de nosotras (Ya no somos las "muñecas" del "feliz día") pero también tenemos plena conciencia de que "todavía tampoco" sabemos muy bien qué somos ni encontramos cómo decirnos: nuestra identidad quizás se construye en la búsqueda, en ese límite entre el "ya no" y el "todavía tampoco".

Hay mucho por hacer, mucho por pensar, pero al menos ya hace tiempo que nos hemos dado cuenta. En ese "darse cuenta" está la clave para seguir sumando y seguir pensándonos desde nuestra percepción y nuestra concepción del mundo que no es (no tiene por qué ser) igual a la forma de percibir el mundo masculina. Construyamos nuestra identidad pues, no desde una engañosa igualdad de géneros, sino desde las diferencias: esa construcción nos permitirá valorar lo que somos por lo que hacemos y entender por qué debemos seguir exigiendo (ahora sí) la igualdad de derechos y obligaciones en todos los ámbitos de la cultura.
Los modos en que las mujeres han logrado sortear la prohibición y la censura a lo largo de los siglos cuenta con miles de maravillosos ejemplos que sería imposible detallar en este espacio. Como prueba de ello, mi homenaje en palabras de Galeano a una de las más creativas, tristes y poéticas de la batalla universal:

"Los pies de Yang Huani habían sido atrofiados en la infancia. A los tumbos caminó su vida. Murió en el otoño del 2004 cuando estaba por cumplir un siglo. Ella era la última conocedora del Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas. Este código femenino venía de tiempos antiguos. Expulsadas del idioma masculino que ellas no habían podido escribir, habían fundado su propio idioma, clandestino, prohibido a los hombres. Nacidas para ser analfabetas, habían inventado su propio alfabeto hecho de signos que simulaban ser adornos y eran indescifrables para los ojos de sus amos. Las mujeres dibujaban sus palabras en ropas y abanicos. Las manos que los bordaban no eran libres. Los signos, sí.”
Eduardo Galeano

Ahora sí: Feliz día para las mujeres y para los hombres que aman verdaderamente a las mujeres.
Hasta la próxima.

(*) La problemática oriental en cuestiones de género como las de otros tipos de sexualidades (homosexualidad, travestismo, transformismo, etc) son cuestiones pendientes aún en el debate teórico.