"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."

viernes, 31 de diciembre de 2010

De comienzos y de finales: un fin de año borgeano

No creo demasiado en los comienzos y los finales, sobre todo los establecidos por el calendario. Tiempo convención. Tiempo lineal. Tiempo límite. Será que nunca me gustó mucho la línea recta, esa mentira de puntos continuos que nos lleva a un infinito que no quiere ser. Mucho menos me gusta el fragmento, esa recta recortada, encarcelada por puntos en algún segmento de tiza amarilla sobre un viejo pizarrón: A-B: dos puntos en la recta: principio y final…
Pero la recta no acepta principios ni finales (y sin embargo, sí) No hay forma de retener a la recta porque ella pisotea soberbia los puntos de tiza y atraviesa el límite del pizarrón y la pared y el edificio y las calles y los mares y el mundo y se burla del punto para seguir flotando en la esfera de la infinitud que (no nos engañemos) tampoco es.
Recta escurridiza que si no escapa hacia afuera, lo hará inevitablemente hacia adentro, precioso Zenón: Para ir de A hacia B, hay que pasar por C, exactamente la mitad del camino. Pero para ir de A a C, también habrá que pasar por D, exactamente la mitad del camino entre A y C. Y después por E y por F y por… ¿Será que permanecemos siempre en el mismo sitio? ¿Será que para llegar a diciembre hay que pasar por julio y para llegar a julio hay que pasar por abril y para llegar a abril hay que pasar por febrero y para llegar a febrero hay que pasar por la mitad de enero y…? ¿Será que nunca llegaremos al 31 de diciembre en este recorrido infinito para adentro del querido Zenón?
“And yet… And yet”, diría el viejo en “Nueva refutación del tiempo”, la verdad es que estamos aquí. O no. Tal vez tomamos la píldora equivocada y seguimos en la Mátrix…
Tiempo. Paradoja. Contradicción. Cruce. Cinta de Moebius.
Lo cierto es que cuando me imagino el tiempo prefiero la red a la línea, como me enseñó el viejo. Por literaria, por vulnerable, porque me obliga a cruzar. Y porque en esos cruces es donde casi siempre encuentro la vida. Los cruces no son comienzos ni finales y por eso son los que dejan huella, los que obligan a optar por un camino o por otro como en el viejo jardín donde Albert espera por mí. O no. Depende de qué bifurcación me lleve hasta allí.
Aunque prefiero la red a la línea, el laberinto al tiempo o el cruce al horizonte, esta noche esperaré una vez más el principio del fin y el comienzo de lo nuevo y brindaré con los que quiero y comeré pasas de uva y nueces y turrones. Y tomaré champagne y vino tinto y me embriagaré con los fuegos artificiales (y con champagne y vino tinto, claro) para festejar una vez más, el inicio.
Y sin embargo, y sin embargo...
No creo demasiado en los comienzos y los finales, sobre todo los establecidos por el calendario. Tiempo convención. Tiempo lineal. Tiempo límite.
Que la pasen muy bien esta noche. ¡Feliz año nuevo para todos!
Hasta la próxima.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Orden y disciplina

En estos últimos tiempos hemos asistido a situaciones públicas que bien podrían haber formado parte del mejor de los programas de Diego Capusotto o de alguno de los mejores monólogos que Tato solía terminar de manera genial con su “¡Vermouth con papas fritas y good show!”. Hemos visto desfilar por la pantalla de televisión a Micky Vainilla (ahora sin bigotes) diciendo que los inmigrantes latinoamericanos son narcotraficantes y criminales y hemos tenido algo muy parecido al profesor Strasnoy (¡Hablá bien, pelotudo!) dando cátedra sobre el significado de las palabras en la Escuela Kennedy y el David Rockefeller Center de Boston en los Estados Unidos. En esta oportunidad, la parodia barata del conocido profesor capusotteano no necesitó sus conocidos métodos persuasivos porque las blancas palomitas estadounidenses acordaron en todo con sus dichos: “En la Argentina es imprescindible poner orden porque se puede desmadrar la situación” y agregó: “hay una falsa concepción que dice que el orden es de derecha. En la Argentina hay una necesidad de poner orden. Respetar la norma en todo sentido."
La pregunta que deberíamos hacernos no es si la concepción del orden como perteneciente al campo del discurso de derecha es o no falsa, sino que la pregunta debería girar en torno a quién pone "la norma" que debe ser respetada para que la armonía reine definitivamente sobre el caos, como quiere este ex presidente no electo devenido en profesor.
Por otro lado, habría que preguntarse además acerca de la incidencia de la palabra sobre las cosas y viceversa. Las palabras "caos" y "crispación", por ejemplo, han tenido un protagonismo tal en los noticieros de televisión a lo largo de este año que, en algunos casos, hemos tenido que preguntarnos cuándo las cosas generan las palabras y cuándo son las palabras las que generan las cosas. La palabra "caos", recordemos, se ha utilizado a lo largo de este año tanto para describir el festejo del Bicentenario como para describir un embotellamiento por un conflicto social.
Por todo esto, como tantas otras veces en este espacio, me gustaría reflexionar acerca de las palabras y de su relación con las cosas. En esta ocasión, por ejemplo, el significado de la palabra “orden” y su relación con la supuesta (o no) vinculación con un discurso de derecha.
Tal vez nos sirva para comenzar a pensar, establecer un paralelismo con una de las áreas que mejor conozco que es la educación. En educación, por ejemplo, el concepto de “orden” ha imperado desde tiempos inmemoriales en cualquier aula que se precie de tal. “Orden y disciplina”, rezaba un viejo maestro desde la clase de al lado de la mía en la primaria del colegio en el que estudié mientras volaban tizas, insultos y papelitos por los sagrados aires de la sacrosanta clase de quinto grado. Durante mucho tiempo, en Educación, imperó la idea de un supuesto orden relacionado con la ausencia de conflictos. Negar el conflicto fue, entonces, la manera de negar las diferencias y de imponer la figura autoritaria del docente como norma y valor absoluto e indiscutible dentro del ámbito escolar.
Con el tiempo, algunos docentes nos fuimos dando cuenta de que invisibilizar el conflicto no hace que desaparezca. En todo caso, lo único que muestra es la inoperancia que tenemos los adultos para lidiar con él y con sus consecuencias. Así, muchos entendimos que, lejos de borrar el conflicto, había que ponerlo en evidencia y, en todo caso, convertirlo en herramienta pedagógica para aprender siempre algo nuevo de él. Supimos, entonces, que el “orden” no es algo que se impone desde el poder sino algo que se conversa y se gestiona en equipo para prevenir actos de violencia de los cuales podríamos arrepentirnos después. Me pregunto qué opinaría ese papá de clase media que pide a gritos represión en las tomas de los predios públicos, si los docentes para “poner orden” comenzaran a repartir 1 (unos) entre los alumnos porque interrumpen la ordenada y sapiente voz del profesor y más tarde, ante la protesta de los mismos por tamaña injusticia, el docente y todos los directivos empezaran a repartir sopapos o a mandar a todos a examen con la excusa de “mantener el orden y la disciplina escolar”.
Me pregunto, además, qué ocurriría con un docente que constantemente está pidiendo a la dirección del colegio que intervenga en su clase porque no puede manejar el grupo. ¿No es muy similar al caso (mucho más grave esta vez por el grado de responsabilidad que implica) de un jefe de gobierno que constantemente está pidiendo a la Nación que lo ayude porque no puede mediar en los conflictos que se desencadenan en su juridicción? ¿Qué pasaría si el docente no se anima a "castigar" con sus propios instrumentos el desorden que sus alumnos han provocado en su propia clase, pero le exige a los directivos que con todo el rigor del sistema disciplinario repongan el orden aplicando masiva e indiscriminadamente amonestaciones a todo el curso? ¿No es muy similar al caso de un jefe de gobierno que no se anima a dar la orden a su policía (creada, además, por él para colaborar con la tan mentada "seguridad") y exige a la Nación que envíe a la suya para que le salve las papas en un conflicto que él mismo no supo prevenir, ni siquiera prever, o lo que es mucho peor, que él mismo provocó con su inoperancia y su irresponsabilidad?
Por eso, el orden debería pensarse desde la prevención, desde el accionar destinado no a evitar el conflicto, que es inevitable en cualquier sociedad libre y plural, sino como una actividad pensada para prevenir la violencia que es el verdadero flagelo que, por otra parte, han instalado los mismos que hoy hablan de la "necesidad" de un supuesto y sagrado "orden social".
Es entonces cuando nos preguntamos desde dónde hablan los que hablan de orden y por qué, en general, tendemos a asociar el concepto de “orden” a la derecha más repulsiva y tradicional. No porque el orden sea en sí mismo algo malo, al contrario, el orden es absolutamente necesario para la convivencia social. El tema es quién pone las normas y quiénes están dispuestos a respetarlas y a hacerlas respetar. Si el orden es la consecuencia de un Estado represivo, de las balas impuestas por un organismo policial, entonces la palabra “orden” estará ligada a la derecha, es decir, a quienes creen que la verdad está en quienes tienen el poder de la fuerza. En cambio, si hablamos de “orden” como una consecuencia de la prevención para evitar la violencia negociando el conflicto y buscando las normas de manera consensuada y racional, entonces el “orden” será una medida ligada a una visión progresista que acepta las diferencias y hace de esas diferencias una herramienta de aprendizaje que enriquece nuestra cultura en lugar de “ensuciarla”.
En este sentido no es para nada casual que en el discurso de un hombre que suele provocar "caos" en los fines de año cuando el poder se le escapa de las manos, que tiene en su haber varias muertes por represión en conflictos sociales y en cuyo acto de lanzamiento a su precandidatura presidencial estuvo presente nada más ni nada menos que la apóloga de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar, la impresentable Cecilia Pando, la palabra "orden" se repita tres veces en menos de tres renglones. Por discursos como éste que vienen de quien vienen, tendemos a asociar el concepto de "orden" con la derecha. Pero no necesariamente debería ser así, por eso, la necesidad de pensar y repensar el lenguaje una y otra vez, para que no nos atraviese como si fuéramos el mero papel higiénico o la carilina de los culos y narices de quienes pretenden detentar el poder a cualquier precio, precio que incluye el de la violencia y de la muerte que, ¡Oh, casualidad!, siempre termina en muerte de gente pobre e indefensa en lucha por sus derechos.
En fin, es bueno estar advertidos acerca del modo en que ciertas personas usan las palabras pero sobre todo es bueno reflexionar acerca del modo en que nosotros las usamos porque no siempre las palabras significan lo que uno quiere que signifiquen o significan para el otro lo que uno cree que para el otro significan.
En este sentido, quiero despedirme esta vez con uno de los diálogos más maravillosos que se han escrito en relación con el problema del significado de las palabras y su relación con las cosas en la literatura universal:

“—Cuando yo uso una palabra —dijo (Humpty Dumpty) en un tono bastante desdeñoso— significa lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.
—La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes
—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el amo, eso es todo”

(Lewis Carrol, Alicia a través del espejo)

Cuando se habla de “orden”, entonces, no importa si es una palabra asociada a la derecha o a la izquierda. Lo que en verdad importa es en qué sentido y desde dónde habla de "orden" el que habla de "orden" y sobre todo, qué significado le damos nosotros a las palabras, para que, una vez más tratemos de ser nosotros quienes usamos el lenguaje y no quienes somos usados por él.
Seamos nosotros los amos.
Hasta la próxima.

domingo, 31 de octubre de 2010

Algo habrá hecho.

A la memoria de Néstor Kirchner.

Entre tantas emociones encontradas a lo largo de estos tres días de multitudinaria despedida a uno de los líderes argentinos más importantes de los últimos cincuenta años, me gustaría una vez más hacer hincapié en las palabras.
Ayer nomás, hace apenas nueve años, la gente salía a la calle con cacerolas y gritaba enardecida: “Que se vayan todos”. Si bien, como mujer política que fui toda mi vida, nunca estuve de acuerdo con esa consigna, entiendo hoy que su puesta en escena estuvo absolutamente justificada y justificada, incluso, en la clase media que, por primera vez, se veía claramente afectada en su bolsillo y que, también por primera vez, sentía en carne propia el despojo del que sólo habían sido víctimas hasta entonces, las clases bajas y los desclasados.
“Que se vayan todos”, entonces, fue el final de un camino que sólo podía conducir a la crisis económica, al corralito y al corralón. Era el camino del ajuste, de la rebaja en los sueldos de los jubilados, de un salario mínimo clavado en 200 o 250 pesos desde el año 1993.
Las palabras vueltas consignas servían entonces a los grandes grupos económicos que, junto a sus socios y voceros, los políticos, vieron el camino libre para seguir llenando sus arcas a costa de los despojados de siempre y los despojados de ahora: Cuanto menos creyéramos en la política, más fácil sería para ellos seguir manejando nuestras mentes y nuestros bolsillos.
Hoy, las consignas ya no son las mismas y cuando escucho a miles de jóvenes que agradecen a Néstor Kirchner la devolución de la confianza en la militancia política, gritando las viejas consignas como “hasta la victoria siempre” o “ni un paso atrás”, me digo que algo tiene que haber hecho este señor para que pasáramos en apenas nueve años del inoperante “que se vayan todos” al demandante “ni un paso atrás”.
Algo habrá hecho Néstor Kirchner y ese “algo” no es (no puede ser) un producto meramente discursivo.
Si bien hay que reconocer que fue Kirchner quien puso nuevamente en el centro del discurso político palabras como “pueblo”, “memoria”, “militancia” o “derechos humanos”, esas palabras que habían sido exiliadas por “trasnochadas” del discurso de los 90, me pregunto si, sin la confrontación real entre el poder político y el económico, hubiera sido posible instalar la discusión en la mesa del comedor, en los cumpleaños, en la escuela, en la universidad, en el trabajo y hasta en los medios. Me pregunto si no ha sido necesario, además, confrontar y en esta confrontación, mostrar, develar y revelar el poder económico oculto detrás de los grandes medios de comunicación, esa máquina de lavar cerebros que fue el monopolio mediático antes, durante y después de la dictadura militar.

Me pregunto si no fue necesario también desenmascarar a la Sociedad rural y a sus obsecuentes y humillados “socios” de la Federación agraria (a quienes por ese entonces se dio en llamar “el campo”) para darnos cuenta de que los buenos y campechanos gauchos son los que se han quedado con la torta sojera y con las ganancias de los pequeños y medianos productores después del tristemente famoso voto “no positivo”.
Me pregunto si no ha sido necesario, además, confrontar y en la confrontación mostrar, develar la mentira, la usura, el verdadero fondo del Fondo Monetario Internacional para que nos diéramos cuenta de que el crecimiento económico era posible sin su prestigiosa y desinteresada ayuda.
Algo habrá hecho, insisto, Néstor Kirchner porque muchos hemos comenzado a reparar en las palabras; a preguntarnos, por ejemplo, la diferencia entre “piquetero”, “ruralista” y “asambleísta”: Como todos cortaban las calles o las rutas o los puentes, no entendíamos muy bien si la diferencia era una cuestión de color, de origen geográfico, de clase social o de objeto a interrumpir con sus palos, tractores o camiones. No entendíamos por qué estaba mal visto que un “negrito” cortara una calle y muy bien visto que un “gauchito” cortara una ruta.
Tampoco podíamos entender muy claramente por qué se “presiona” a la Justicia cuando se le demanda la plena vigencia de una ley votada por el Congreso por amplia mayoría, pero no se la “presiona” cuando debe resolver los intereses de una empresa privada como Fibertel. Y en esa incomprensión fue que empezamos a cuestionar las palabras que nos relataban lo que llamábamos “realidad”.
Algo habrá hecho seguramente Néstor Kirchner para que entendíéramos (no sólo en la Academia, sino también en la calle) que la realidad era una construcción, un relato y que la “verdad” no estaba, como creímos toda la vida, en la televisión ni en los diarios (digo "como creímos toda la vida" con reservas y porque somos un pueblo con altas dosis de amnesia, porque ya sabíamos que no era así, porque habíamos vivido una guerra cuyo “triunfo” fue una “verdad” televisiva hasta que la realidad nos cayó encima como una piedra allá por 1982).
Algo habrá hecho Néstor Kirchner para que en su despedida, miles y miles de jóvenes, algunos llorando; otros, con la rabia por una muerte prematura, le gritaran a la presidenta, a su compañera de toda la vida: “Ni un paso atrás”.
“Ni un paso atrás”
es, sin lugar a dudas, una consigna que agradece el hecho de haber cambiado el rumbo que nos llevó al desastre del 2001, un camino que todos los que estuvimos en la Plaza queremos seguir transitando para ir por más, pero es también y por sobre todas las cosas, una demanda, un imperativo, una llamada a no bajar los brazos y a seguir resistiendo uno a uno los embates de quienes no quieren ceder un solo centavo de sus bolsillos llenos. “A muerte”, dijeron muchos en la capilla ardiente, tal vez un poco exageradamente. O no.
Algo habrá hecho Néstor Kirchner para pasar en sólo nueve años del “que se vayan todos” al “ni un paso atrás”.
Algo habrá hecho
Néstor Kirchner para que quienes desearon su muerte, hoy no sepan qué carajo hacer con tanto joven irrespetuoso.
Hasta la próxima y hasta la victoria siempre.
Sí, hasta la victoria siempre, ¿y qué?

martes, 21 de septiembre de 2010

El hombre de al lado: Cuando el otro me muestra al otro que soy

Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla...

¿Qué tiene que ver un poema de El árbol de Diana de Alejandra Pizarnik con El hombre de al lado, la película dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat y protagonizada formidablemente por Daniel Aráoz y Rafael Spregelburd?
Todo y nada.
En primer lugar, la poesía. El poema como espacio privilegiado del yo es muy parecido a la casa propia. Mucho más cuando el único espacio en el que se desarrolla la trama de la película es la casa Curutchet, diseñada nada más ni nada menos que por Le Corbusier. La casa Curutchet es la representación del arte, el poema que nunca dirá el hombre de al lado, el que vive del lado de allá. Es el espacio que se muestra a través de grandes paredes vidriadas y que invita al turista o al especialista en arte a fotografiar, a desear, a mirar desde afuera.
En segundo lugar, lo poético. Si la casa es el poema, la cámara es el sujeto poético, es el ojo a través del cual la recorremos. Cada encuadre es un objeto de diseño, un hecho estético en sí mismo que prescinde del guión. El ojo que nos instala cómodamente dentro de ese espacio- poema es, al mismo tiempo, el que vuelve extraño el lugar habitual, es el que hace que nos preguntemos a poco de empezar la película, cuál de los dos protagonistas es, en verdad, el hombre de al lado.
En tercer lugar, el agujero y la pared que tiembla. Un agujero que quiere ser ventana: entrada de luz, mirada al mundo… un agujero que hace temblar la pared pero que, por sobre todas las cosas, desestabiliza el adentro e instala la pregunta por la identidad: quién es esta mujer que vive al lado mío, quién es mi hija, quién soy yo. El agujero es límite y frontera entre mi espacio y lo otro, el agujero es lo que rompe el buen decir y el buen arte. El agujero es invasión e invitación a espiar el espacio del otro: permite la mirada y la posibilidad de ser visto, ya no desde la cámara fotográfica del turista o del especialista en arte, sino desde el “grasa”, el “impresentable”, el otro que, de ninguna manera soy yo.
En cuarto lugar, las versiones. Un agujero, dos espacios. Primera imagen de la película. Un lado de acá y un lado de allá. Pantalla partida y la pared que tiembla. Frontera, límite que es separación más que encuentro y, sin embargo, es inevitablemente encuentro, fatalidad y tragedia. Dos versiones de la vida: ¿Quién es para cada uno de nosotros el hombre de al lado? ¿El grasa impresentable que conquistó a la mejor petera de la ciudad o el diseñador pedante que elige matar en el otro lo que no le gusta de sí? ¿Cuál es mi versión del hombre de al lado? El plano final nos coloca del lado de allá. Y es cierre. Y es clausura.
Finalmente, lo que nos propone. Una comedia negra. Carcajadas. Un buen guión. Buenos encuadres. Y la peor de las preguntas: ¿Cuántos de nosotros mismos hay en el pedante diseñador? ¿Cuántos de nosotros no deseamos exterminar en el otro lo que no nos gusta de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no somos él?
No se la pierdan.

Hasta la próxima.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Soy estudiante secundario, soy el futuro...

Yo soy un estudiante del Normal N° 7 de la Ciudad de Buenos Aires, tengo 16 años y participo en la toma de colegios para exigirle al gobierno de Macri que se ocupe de la educación. Hoy, si me preguntan quién es Videla, voy a saber contestar, no como hace diez años; hoy, si me preguntan qué fue la noche de los lápices, voy a saber contestar, no como hace diez años; hoy, si me preguntan quién es el ministro de educación, voy a saber contestar, no como hace diez años...
Hoy por mi voz hablan quienes hablaban 34 años atrás..

Me llamo Claudio de Acha y me dicen “el colorado”. Nací en Necochea hace 17 años y voy al Colegio Nacional de La Plata. Me gusta mucho leer, tal vez por eso soy bastante tímido y me cuesta
relacionarme con las chicas.

Yo soy María Clara Ciocchini, pero me dicen cariñosamente “la cieguita”
porque uso lentes. Tengo 18 años y nací en Bahía Blanca donde me afilié a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y, junto con mis compañeros cristianos del grupo “La pequeña obra” di apoyo escolar y sanitario en villas miserias de mi ciudad natal. Un día, el año pasado, vinieron a buscarme a mi casa los señores de la Triple A local. Yo no estaba. Para que no me mataran me fui a estudiar a La Plata…

Yo soy María Claudia Falcone , tengo 16 años y estudio Bellas Artes en La Plata. Soy la abanderada. Junto con mi amiga María Clara, colaboramos con tareas de educación y sanidad en las villas. En eso nos parecemos aunque en otras cosas seamos tan diferentes. A mí me gusta verme linda y estoy orgullosa de mis ojos celestes y mi flequillo lacio. Me gusta ir a bailar pero a mi novio que es medio hippie no le gusta tanto. Me gusta leer a Benedetti y escuchar a Sui Generis… Me cuentan que hoy una escuela de Palermo fue bautizada con mi nombre por los estudiantes…

Soy Francisco López Muntaner, tengo 16 años y mis amigos me dicen “Panchito”. Soy hincha de Gimnasia y participo junto con mis compañeros de Bellas Artes en la Unión de Estudiantes Secundarios. Con María Claudia, que es nuestra líder y nuestro referente, hacemos trabajos voluntarios en barrios carenciados. Creo en una distribución más justa de la riqueza y milito por la justicia social.

Mi nombre es Horacio Ungaro y tengo 17 años. Mis hermanos mayores me dicen “mi hermanito” pero no entienden que hace un año crecí de golpe cuando asesinaron a una compañera que admiraba con el alma: Mirta Aguilar, le faltaban dos materias para recibirse de abogada. Escribí en mi habitación: “Vive tu vida, hermano mío, pero también vive la mía”. Estudio en el Normal N°3 y me va muy bien en las materias: Tengo varios cuadros de honor. Tengo lindos ojos verdes pero muchas pecas, por eso tal vez soy tan tímido. Me encantan los deportes y nado en el club Universitarios desde muy chiquitito. Quiero estudiar Medicina como mi hermana Marta y soy profesor de Francés, idioma que estudio desde los 6 años. Me encantan la filosofía y los temas sociales, es sobre lo que más me gusta leer en el escaso tiempo libre que me deja el colegio y la militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios (a la que pertenezco desde hace 2 años): con mis compañeros, vamos tres veces por semana a los barrios carenciados donde ayudamos a los pequeños que tienen menos que nosotros con la tarea escolar.

Me llamo Daniel Racero, pero me dicen “Calibre”. Tengo 18 años y soy afiliado de la Unión de Estudiantes Secundarios del Normal N°3 de La Plata. Con mi amigo Horacio Ungaro salimos a hacer campañas de vacunación en los barrios carenciados, trabajamos en la recuperación de viviendas y brindamos apoyo escolar en las villas. Hoy escribí en mi cuaderno: “Encontré una trinchera para luchar por una causa justa”

Soy estudiante secundario, soy el futuro...

Hasta la próxima.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Al maestro con cariño

Anda dando vueltas desde hace ya mucho tiempo una muy mala costumbre que profesamos algunos con mayor o menor devoción que consiste en ejercer la docencia. Qué mejor momento para charlar acerca de esta mala costumbre que esta semana del 11 de setiembre en que se conmemora en todo Latinoamérica el día del maestro. Mucho se hablará en los colegios acerca del “padre del aula” y de sus pensamientos y acciones de gobierno en pos de la educación, se repetirá en las aulas una y otra vez el viejo verso de que no faltaba nunca a la escuela y se dibujará en algún cuaderno la vieja parra y el viejo telar de la vieja Paula Albarracín cuyo único “gran acto” en su vida fue parir a nuestro contradictorio y siempre viejo, canoso y mal sentado Sarmiento inmortal.
Ciertamente, hay que reconocer que, mal o bien, sólo en los colegios se homenajeará rápidamente y como para irse lo más temprano posible a casa, a quienes tenemos a cargo esa enorme pavada que es nada más ni nada menos que la formación de nuestros jóvenes. En algunos medios, por ejemplo, se elegirá conmemorar los nueve años del atentado a las Torres gemelas que nos gana en espectacularidad y en otros (más queridos por mí, por cierto) elegirán recordar el suicidio/ asesinato de Salvador Allende durante el golpe de Estado chileno de 1973. Los más chotos preferirán decir cosas como “¿Qué están haciendo los docentes con tanto chavista subversivo tomando colegios?” o nos homenajearán dando cifras mentirosas de lo poco que saben nuestros jóvenes universitarios o recordando lo vagos que somos a través de la enumeración de paros que hicimos aun cuando tenemos quince días de vacaciones en invierno y “tres meses” en verano.
Lo cierto es que el 11 de setiembre se celebra, como todos los años, el día del maestro y hoy, entre tanto para recordar, elijo rendir un homenaje a mis colegas docentes que tan vapuleados están (estamos) últimamente en nuestro entorno social. Pero no esperen hoy y acá un texto de reivindicación de derechos ni de defensa ante tanto idiota que critica sin haber dado a luz un puto conocimiento o una puta idea en su puta vida. No. No es esa mi intención. En primer lugar, porque ya no tengo ganas y en segundo lugar porque —mis colegas coincidirán conmigo— no vale la pena en absoluto.
Hoy, en este espacio, elijo homenajearlos (y homenajearme) recordando a aquellos personajes de ficción que, con mayor o menor idealismo o crueldad, nos han representado tanto en el cine como en la televisión.
¿Quién puede olvidar, por ejemplo, al siempre alado y asexuado personaje de Jacinta Pichimahuida, creado allá por finales de los sesenta por Abel Santa Cruz, interpretado por primera vez por Evangelina Salazar y casi diez años después por la suicidada Cristina Lemercier? Quién puede olvidar a este personaje que resolvía no sólo los problemas que surgían diariamente dentro de la clase y de la escuela sino también los del portero, el bueno de Efraín con sus “blancas palomitas”, los de los padres de Cirilo o de Siracussa y hasta lograba que la docta Etelvina (más mala que la mierda e interpretada por primera vez por Mariquita Valenzuela cuando todavía se llamaba María del Carmen) le diera un beso al gordo bruto de Palmiro Caballasca (“¡Me hirve la cabeza!”) eternamente enamorado de la blonda serpiente con trenzas.
Eran épocas, claro, en que la maestra era “la maestra” y no “esa tarada que te manda tarea para el fin de semana”.
Cómo olvidar, por otro lado, al grotesco personaje que Gasalla representara allá por los años noventa: la impresentable y esperpéntica señorita Noelia, con los ojos y los labios mal maquillados, hiperbólica en su bijouterie y que se constituyó en la contrapartida del sencillo y angelical personaje de Abel Santa Cruz: “Yo soy la señorita Noelia”, decía ampulosamente, “docente y mártir”. Noelia se convirtió muy fuertemente y en muy poco tiempo en la parodia más popular de la maestra porque exacerbaba los gestos y los modos de hablar, porque le hacía decir las cosas que, en mayor o menor medida, escuchábamos de nuestros colegas y de nuestras viejas maestras. Si Jacinta Pichimahuida representó el ideal, Noelia nos mostró lo peor de la docencia y de nosotros mismos.


Y así, entre el ángel y el demonio, entre el ideal y la parodia cruel, hemos sido representados una y otra vez en la pantalla chica: ¿Cómo no nombrar al paciente y enamorado profesor Jirafales de El Chavo del 8 o al triste y edípico profesor Skinner de Los Simpson? ¿Cómo no mencionar además, al monumental Diego Capusotto en su caracterización del profesor Juan Strasnoy, subsecretario del Ministerio de Educación, muy preocupado por enseñar a los jóvenes el buen uso del idioma. Los recursos pedagógicos que despliega en el proceso de enseñanza y de aprendizaje son los que muchos docentes reprimimos diariamente a la hora de enseñar.

Pero no sólo la televisión nos ha representado en personajes memorables. También el cine nacional nos ha dado desde el sensiblero y demagógico profesor “hippie” de Sandrini (se escribe “hippie”, se pronuncia gi-pi o ji-pi) hasta la oscura y conservadora profesora de Historia, esposa del apropiador que representara Héctor Alterio en La historia oficial.
Todos ellos han mostrado imágenes más o menos idealizadas o estereotipadas del docente y han colaborado en la construcción de un determinado imaginario social.
Más allá de nuestras pantallas, la filmografía universal ha abundado también en docentes modélicos que, con mayor o menor sentimentalismo, han sido representados casi como héroes medievales al rescate de los “rebeldes sin causa”: Desde el rudo y a la vez tierno Glenn Ford de Semilla de maldad al jovencísimo, casi mago, maestro Sydney Poitier de Al maestro con cariño, el cine ha intentado demostrar con relativo éxito que con creatividad, cariño y mucho de caballero andante, todo puede lograrse en la dimensión desconocida del ámbito escolar.
Cómo no recordar en la saga de los grandes maestros cinematográficos al increíble Peter O´Toole de Good bye, Mr. Chips o el más moderno pero no menos extraordinario Kevin Kline de Lección de honor. Tampoco quiero dejar de nombrar (a tantos… pero no me alcanzaría la semana, el mes, el año…) al profesor Uchida de Mandadayo de Akira Kurosawa ni al inolvidable maestro republicano de La lengua de las mariposas que tan extraordinariamente interpretara Fernando Fernán Gómez en esa gran película sobre la Guerra Civil, que sobre todo es un canto a la lealtad.
Para finalizar, quiero regalarles un par de fragmentos de dos películas con cuyos protagonistas me he sentido identificada más de una vez en mi vida profesional y que muestran dos imágenes de maestros absolutamente distintas, insertas en realidades también diferentes y que reclaman, a su vez, diferentes estrategias.
La primera, La sociedad de los poetas muertos del australiano Peter Weir, representa un “nuevo” modelo de docente en la historia del cine cuyo objetivo ya no es “domar al rebelde” sino, por el contrario, “rebelar al domado”. Veamos esta escena que es uno de los primeros encuentros que el profesor tiene con sus alumnos dentro del aula:

El profesor Keating, representado por Robin Williams, es un atípico profesor de Literatura si consideramos que se desempeña en un tradicional y conservador colegio inglés; cuenta con un alumnado obediente y desinteresado que sigue en su mayoría al pie de la letra las instrucciones de todos y cada uno de sus maestros y que forma parte de un aula que siempre mira al frente y de una clase que jamás se desarrolla fuera del salón. El primer objetivo será pues, desestabilizar, desestructurar: cambiar la mirada y el ritmo, salir al mundo y mostrarlo en su verdadera magnitud, enseñar que los libros no siempre dicen la “verdad” y que la salvación sólo puede venirnos a través del arte y del desarrollo de nuestra propia identidad.
Obviamente, el maestro no durará mucho tiempo en esa institución ya que los representantes del “buenpensar” lo “sacrificarán” para salvar las papas de un sistema retrógrado e ineficiente que se ha mostrado incapaz de mantener cautivas las pobres mentes de esos jóvenes, según se les había encomendado desde el grupo de familias "aristocráticas" cuyo dinero había sido destinado a la continuidad de su clase y no a convertir a sus hijos en seres pensantes y dueños de su propia identidad. Pero claro, el profesor se irá sabiendo que alguna semilla ha sembrado en la mente de aquellos jóvenes porque ellos mismos se lo harán saber con el cuerpo y con el alma. Ellos serán los únicos que, a través de ese acto de rebeldía final (que consiste en una parada arriba del banco en lugar de una sentada como se estila por estas épocas), estarán con él y con su modelo de educación, a pesar de que poco puedan hacer a esa edad para elegir cómo y por quién quieren ser educados. La pregunta que queda en el aire después de esa imagen ideal de educación y de relación entre maestro y alumnos es cuánto tardarán esos chicos en convertirse en sus propios padres una vez que pase la “rebeldía” de la juventud.
En esta misma línea se inscriben también el egocéntrico y transgresor maestro de música que interpreta Jack Black en Escuela de Rock y la feminista Julia Roberts, la maestra de arte que intenta cambiar la mentalidad de las chicas educadas para ser amas de casa, en La sonrisa de Mona Lisa.

La otra película, Entre los muros, del francés Laurent Cantet, por su parte, está muy lejos de dar soluciones fáciles o idealistas a la cuestión educativa, tal vez porque se construye en el límite entre el documental y la ficción: el actor que hace de profesor —quien además es el autor de la novela sobre la que está basada el guión— ES el profesor y los alumnos que hacen de alumnos SON sus verdaderos alumnos. Si bien predomina la historia sobre el documento, la cámara es rigurosa y parece no intervenir demasiado en los conflictos que se desarrollan a lo largo de la trama. Para Cantet, el mundo no se divide en docentes buenos y docentes malos, por el contrario, se aleja de la sensiblería cursi de películas anteriores y muestra al sistema educativo en toda su crudeza, tal como es: más que soluciones al conflicto educativo, se trata de problematizarlo, de formularnos la pregunta antes que la respuesta. Acá no encontraremos ni al maestro que rescata de la marginalidad a los rebeldes adolescentes ni al profesor desestructurador de estructuras. Por eso es que no nos vamos tranquilos del cine, porque nadie nos ha dado la receta que nos indique qué tenemos que hacer: (1)

Acá no hay héroes. El profesor Marin es un ser humano común y corriente enfrentado a problemáticas nuevas y contundentes sobre las que muchas veces no sabe cómo reaccionar. Acá el profesor se equivoca y se equivoca mal, no porque sea un villano o un incapaz, sino porque es un ser humano que hace, que todo el tiempo tiene que tomar decisiones y que sabe que de sus decisiones dependerá el desarrollo de la clase y de las que vendrán a continuación; sabe que cada entrada al aula es una puesta en escena que deberá improvisar como si fuera la última, sabe todo lo que se exige de él y sabe también lo difícil que será cumplir con las expectativas sociales pero, fundamentalmente, con las de sus estudiantes que piden a gritos que alguien les muestre los límites y les enseñe no qué deben pensar, sino a pensar; que les enseñe no qué deben crear, sino a crear; que les enseñe más que a resolver problemas a problematizar: que les enseñe a trabajar para construir la propia identidad en relación con su entorno, que los guíe sin empujar, mostrando más que demostrando y preguntando antes que respondiendo.

Finalmente, este 11 de setiembre, quiero mandar junto con todos estos personajes, un cariñoso saludo y mi más sincera admiración a todos los colegas docentes para decirles que no están solos, que Jacinta Pichimahuida, la señorita Noelia, el profesor Jirafales, el maestro Skinner, Mr Chips, el señor Keating, el profesor Marin y tantas otras creaciones del ingenio universal están hoy acá para mostrarnos que existimos y que somos importantes. Vaya, entonces, este homenaje para todos ustedes.
Permítanme, por último, agradecer a mis propios maestros, a los vivos y a los que ya no están: los de la academia y los de la vida:
A Juan Francisco Esponda y Esther Esmoris que no sólo me cambiaron los pañales sino que fueron mis primeros y mejores maestros.
A Luis Iglesias, a la Sra. de Andié, a la Sra. Beba (María de la Asunción Barceló Flores), a Juan Carlos Bilelló, a Enrique Pezzoni, a David Viñas y a tantos otros maestros que dejaron su huella tanto dentro como fuera del aula.
A El Maestro, Jorge Luis Borges, que me enseñó entre tantas otras cosas, que los caminos se bifurcan infinitamente y que cuando elijo un camino me pierdo infinitos otros menos uno: el que elegí.
A todos: Muy feliz día.

Hasta la próxima.

(1) Lamentablemente no pude subir el fragmento que había preparado para esta oportunidad, por lo que fue reemplazado por el trailer de la película que muestra muy bien la problemática a la que se enfrenta el profesor Marin.

lunes, 9 de agosto de 2010

No hay pelotudo que no tenga un blog

En un artículo llamado “El placer de escribir”, Umberto Eco se preguntaba acerca del porqué no nos escandalizamos por el hecho de que haya mucha gente que toca la guitarra, que canta, representa, pinta o hace cerámica pero sí nos escandalizamos cuando vemos que hay mucha gente que escribe. Esto es lo que parece escandalizar al filósofo José Pablo Feinmann cuando dice que en Argentina “no hay pelotudo que no tenga un blog” y lo dice tan enojado que uno termina preguntándose qué es lo que, en verdad, le molesta: “A la mayoría de los que escriben blogs, un buen jefe de redacción les daría una patada en el culo y los echaría por la pésima prosa que tienen. No es cuestión de “voy a ponerme un blog…” Hay que saber escribir también; si no, no le hagas perder tiempo al que te lee, no lo agredas con tu mala prosa.” Y termina diciendo el prestigioso filósofo que “ese democratismo” le parece realmente “agraviante con el lector”.

Cuesta creer que un intelectual del prestigio de Feinmann se enoje tanto con gente que escribe por el simple placer de escribir, sin cobrar un peso y que no le pone un revólver en la cabeza a nadie para que lea lo que, bien o mal, ha escrito. En este sentido, no se entiende de qué manera constituiría un agravio al lector: Todo el mundo sabe que ningún acto de escritura garantiza y, mucho menos, obliga el acto de lectura; todo el mundo sabe que la lectura es un acto introspectivo e individual y que, aún en el ámbito escolar, es un acto absolutamente voluntario que no puede obligarse ni mucho menos, violentarse. Nadie, por lo tanto, va a “perder el tiempo” leyendo algo que no quiere leer.
Lo que, en verdad, parece molestarle a Feinmann es lo que él mismo llama despectivamente “ese democratismo” que no es otra cosa que la democratización de la escritura y de la lectura que posibilitó la existencia de la red y de estos nuevos formatos (con sus aciertos y sus desaciertos) que permiten eludir a los supuestos “dueños” de la palabra escrita que han sido siempre quienes decidieron qué debía leerse y qué no. Esta proliferación de bloggers, de escritores amateur que, de pronto, invaden el espacio cibernético y que, por si esto fuera poco, son leídos y comentados por sus pares y por sus lectores sin permiso de nadie, no puede menos que molestar a autores consagrados como Feinmann, que conciben la escritura como el exclusivo derecho de unos pocos que “saben escribir”. Al respecto dice Umberto Eco (que tiene casi tanto prestigio como Feinmann): “Imaginar poemas, historias, páginas de diario o cartas debería ser también algo que todos hacen, así como andar en bicicleta, sin ambición de intervenir en la Vuelta a Italia. ¿Por qué, entonces, quien escribe debe ser un Moravia o un fracasado? (…) Es que después de la invención de la escritura, los escritores han rodeado su actividad de una atmósfera hermética y sacra.” Es decir, una actividad exclusiva, selectiva, que sólo puede llevar a cabo una cierta “elite”. En este sentido, no es casual que la Facultad de Filosofía y Letras no incluya en su programa materias obligatorias donde los alumnos asistan a prácticas de su especialidad, como sí las tienen las carreras de Bellas Artes o el Conservatorio de Música. Parecería que tanto las artes plásticas como las musicales sí pueden ser practicadas por las bestias terrenales mientras que a la literatura sólo tendrían acceso los representantes del Olimpo académico.
¿Qué es, pues, lo que verdaderamente molesta de “ese democratismo”? ¿Que no sean las editoriales las que decidan qué leer y qué no? ¿Que no sean los grandes medios?[1] ¿Qué no sea la Facultad de Filosofía y Letras la que decida poner de moda a Cortázar, a José Bianco o a Roberto Arlt? Porque, en definitiva, ¿quién determina, señor Feinmann, quién sabe escribir y quién no? ¿Quién determina qué es y qué no es literatura? ¿Sabía escribir Arlt? ¿Según quién? ¿Según Borges, según Piglia…, según quién? ¿Sabe escribir usted? ¿Según quién? ¿Según su “buen jefe de redacción”, según su editor? Se preguntó cuántos prestigiosos escritores como usted abrieron alguno de sus libros en la primera página y lo cerraron en la segunda porque no les gustaba su prosa? ¿Violenta usted a los lectores a quienes no les gusta su prosa? Claro que no, Señor Feinmann. No los violenta usted, ni los agrede, porque ellos tienen todo el derecho de cerrar su libro y arrojarlo por la ventana si no les gusta el modo en que usted escribe. Lo mismo pasa con los lectores de blogs. No los subestime: ellos también saben hacer clic en la cruz del ángulo derecho de la pantalla cuando un texto los aburre o cuando consideran que un escrito tiene una “pésima prosa”. La diferencia es que por su libro han tenido que pagar y por leer un blog probablemente no.
¿No será hora, señor Feinmann, de empezar a estudiar estos nuevos formatos? ¿No será hora de repensar la escritura en función de las nuevas herramientas que han logrado repartir la palabra entre los simples mortales? Acaso, cuando allá por el siglo XV aparecía la imprenta, los sacerdotes que eran entonces los dueños del buen decir, ¿no reaccionaron como reacciona hoy usted frente a los nuevos formatos que permiten las nuevas tecnologías?
Humildemente, creo que no es verdad que el mundo de la escritura se divida entre los escritores “editados” que “saben escribir” y los “bloggers pelotudos” con “mala prosa”. Simplemente creo que existen los “buenos” escritores y los “malos”, cualquiera sea el medio o el formato que elijan para hacerlo. Y que siempre, en cualquiera de los casos, habrá lectores capaces de diferenciarlos.

Hasta la próxima.

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[1] La movida bloggera, en este sentido, ha constituido en los últimos tiempos un fenómeno comunicacional al que Josefina Ludmer llamaría una de las formas de “las tretas del débil”, pues se ha convertido en una fuente de información alternativa al monopolio comunicacional de los grandes grupos hegemónicos.