"...a lo que conduce (la corrección política) es a suavizar, a pasteurizar,
cuando yo creo que lo que hace falta es lo contrario: darle al espectador
una píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano."
Quentin Tarantino
Quienes amamos a Tarantino sabemos que nada puede sorprendernos ya de sus películas y, sin embargo, todo vuelve a sorprendernos una vez más. La mezcla es siempre mezcla, la parodia es siempre parodia y la hipérbole es siempre una hipérbole más. Y sin embargo, el cóctel que agita Tarantino en Django, sin cadenas es un cóctel que no se mezcla solo, como diría el Indio Solari en alguna de sus canciones.
Por último, la relación de Quentin Tarantino con la Historia y con la "verdad", con la política y con la "corrección" es una cuestión que, increíblemente y desconociendo absolutamente cualquier concepción que se tenga sobre el arte, sigue siendo puesta en duda por "justos" y "correctísimos" jueces del quehacer ético como Spike Lee (1). Que Django liberado deje morir a un esclavo mandingo, propiedad del malísimo Calvin Candie (un impecable Leonardo Di Caprio) porque lo único que, en verdad, le interesa no es la lucha abolicionista, sino el rescate de su amada Brunilda y la venganza hacia sus maltratadores, puede llegar a ser políticamente incorrecto. Que le vuele la cabeza a un reo delante de su pequeño hijo porque así obtendrá el dinero para concretar su venganza, también puede ser políticamente incorrecto... Sobre todo porque lo seguimos amando y a nadie le importa cuál es su objetivo ni cómo lo conseguirá sino que lo consiga... Y nos interesa por eso, porque lo amamos, porque Tarantino logró que nos enamoráramos de él y de su amigo alemán a primera vista... ¿Es esto lo que molesta a los guardianes de la corrección política?

En primer lugar, el sistema esclavista norteamericano en la Mississippi de 1858 visto por un dúo conformado por un alemán cazarrecompensas (Christoph Waltz), asesino de ladrones de diligencias al que uno termina amando incondicionalmente, y un esclavo liberto (Jamie Foxx) que pretende emular al príncipe Sigfrido tras su Brunilda de la leyenda alemana ya es un cóctel considerable de mezclas e inversiones irresistible para cualquier amante de lo impuro. Imperdible en esta linea temática es la escena de los activistas del KKK (que nada tiene que ver con el significado que esto tiene entre los comentaristas del foro de La Nación) cuyos diálogos desopilantes son una de las mejores parodias a los enmascarados que yo, personalmente, haya visto en cine hasta el día de hoy.
En segundo lugar, el cine italiano más denigrado, el spaghetti western es, esta vez, el intertexto elegido para ser ¿homenajeado...? No sé si es la palabra... Si la capacidad de pulverizar a través del arte lo que ya estaba pulverizado por la crítica desde tanto tiempo atrás, puede llamarse "homenaje"... Tal vez podríamos hablar más de ¿rescate?, ¿reconstrucción? ¿salvataje? Pero no, tampoco... Porque rescatar, reconstruir, salvar... ¿para volver a pulverizar? En fin, prefiero no entrar en problemas semánticos, así que "homenajear" me parece una palabra, aunque no exacta, bastante cercana a lo que hace Tarantino con el western italiano de los 60. La presencia de Franco Nero (el Django de Sergio Corbucci, 1966) en un papel secundario muestra el artificio y explicita la intertextualidad:
- ¿Cómo te llamas?- le pregunta Franco Nero, un adicto italiano a los mandingos o luchadores esclavos, al ex esclavo mientras comparten una copa.
-Django- contesta Django.
-¿Puedes deletrearlo?- pregunta el ex Django de los denigrados westerns italianos.
-D-J-A-N-G-O, Django- repite pronunciando la "j" como "y"-. La "d" no se pronuncia...
-Sí, ya sé- responde Franco Nero en un guiño imperdible que provoca la sonrisa del espectador...
Múltiples son los guiños, las claves que remiten a otros textos, a otros géneros, a otras historias que el cinéfilo reconocerá sin dificultad.

- ¿Cómo te llamas?- le pregunta Franco Nero, un adicto italiano a los mandingos o luchadores esclavos, al ex esclavo mientras comparten una copa.
-Django- contesta Django.
-¿Puedes deletrearlo?- pregunta el ex Django de los denigrados westerns italianos.
-D-J-A-N-G-O, Django- repite pronunciando la "j" como "y"-. La "d" no se pronuncia...
-Sí, ya sé- responde Franco Nero en un guiño imperdible que provoca la sonrisa del espectador...
Múltiples son los guiños, las claves que remiten a otros textos, a otros géneros, a otras historias que el cinéfilo reconocerá sin dificultad.

Y que la sangre brote de los cuerpos como grifos descompuestos en un jardín de verano, que la cámara se regodee entre la carne destrozada de los esclavos, que el ruido roto de los huesos del mandingo se escuche como se escucha la cámara de Tarantino cuando la música, de golpe, hace silencio... es una paradójica fiesta para los sentidos y para la sensibilidad estética. Pero es cierto, nada de eso es "creíble" y lo hiperbólico, a veces, hasta desata una mueca en la que asoma una especie de sonrisa... ¿Y qué? Eso es cine, eso es arte, es artificio, es la cachetada a la percepción acostumbrada y adormecida de quien mira, la "píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano".
Párrafo aparte merece el guion que es una obra de arte (los diálogos en la casa de Calvin Candie son imperdibles) y las actuaciones, la de los protagonistas pero también la del increíble Samuel Jackson en su rol de viejo esclavo obsecuente y traidor a los suyos... Y la música, tan impecable como los silencios...
Finalmente, Django sin cadenas es una de las mejores películas de Tarantino y de todas las que he visto en los últimos tiempos. Y lo digo yo que lo último que soy es una especialista en cine... Yo, que mucho menos que una especialista, soy una "crítica" de cine. Se los digo yo, que más bien soy una irresponsable que se emociona más de lo que piensa con aquello que la enamora...
Eso sí, esta irresponsable no va a dejar de sugerirles que no se la pierdan.
Hasta la próxima.
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(1) –Spike Lee se enfureció con el hecho de que en la película se use el término nigger, que tiene una connotación racista. Ya le había reprochado lo mismo en Tiempos violentos.
–El tema es que no soy yo quien usa ese término, sino los blancos esclavistas de la película. Que es lo que sucedía en ese entonces. Si lo que quiero es meter al espectador en esa situación, ¿cómo voy a hacerlo utilizando un lenguaje que no se corresponda con esa situación? Me parece ridícula la crítica. Entre otras cosas, porque a lo que conduce es a suavizar, a pasteurizar, cuando yo creo que lo que hace falta es lo contrario: darle al espectador una píldora gigante para tragar, sin un maldito vaso de agua a mano.
(Entrevista a Quentin Tarantino: Ver texto completo aquí)
(Entrevista a Quentin Tarantino: Ver texto completo aquí)