"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."

lunes, 8 de octubre de 2012

"Cornelia frente al espejo" frente al espejo

 ¿Es posible llevar al cine un texto literario? Sí, es posible. Así lo han demostrado cantidades de películas que han trabajado con enormes textos literarios y los han llevado al cine de manera más o menos exitosa. Ahora, ¿es posible llevar al cine un cuento como "Cornelia frente al espejo" de Silvina Ocampo y seguir haciendo cine? ¿Qué pasa cuando el cine más que cine es literatura para ver? ¿Qué pasa cuando todavía tenemos la impresión de estar leyendo antes que estar viendo cine? Pasa la sorpresa, la sensación incierta de estar leyendo imágenes y voces ya escuchadas, ya imaginadas, ya entrevistas hace tiempo en eso que crece entre las letras y el sujeto que lee. Y como toda sorpresa, desestabiliza, vuelve extraño aquello que hasta un instante nos resultaba tan familiar: el simple hecho de que la literatura es literatura y el cine es cine. En Cornelia frente al espejo de Daniel Rosenfeld se desdibujan los límites entre palabras e imágenes, entre diálogo y guión, entre música y poema, entre leer y mirar... 
Eugenia Capizzano es, efectivamente, Cornelia. Aun cuando la fotografía, la elección de los objetos y de la casa logran el clima fantasmal y único que ha sabido generar la escritora a lo largo de sus textos, no cabe la menor duda de que la interpretación de la protagonista hace la diferencia entre la sensación de estar viendo el cuento de Silvina Ocampo o de estar viendo una lectura más.  
Y la película es el espejo que de pronto es "a través" y es puerta al otro yo y al otro y al otro y al otro... Una casa que habla a través de sus paredes, de sus cuadros antiguos y callados donde habitan fantasmas: los propios, los ajenos —que son también los propios y los ajenos Los objetos que cobran vida como las imágenes, como los muertos, como las muñecas de piedra: un televisor que encierra al cisne que muere bailando, una caja de música antigua que llora, gime, expresa la alegría y el dolor de estar a punto de morir, a punto de vivir... Y hasta el vestido que lleva puesto Cornelia es el vestido de Cornelia, con cierre al costado como los de mamá, como los de las tías, con amplia falda clara que planea en el aire y que vela y revela las formas de un cuerpo que ya no quiere ser más y, sin embargo, quiere seguir siendo: 
"¿Qué piensa hacer con el cadáver? ¿Piensa cortarlo en pedacitos? ¿Piensa dejarme aquí tendida en el suelo? ¿Sabe usted que hay ratones en esta casa y que podrían desfigurarme? ¿Si resolvieran comer la punta de mis dedos? ¿Si me dieran un mordisco en la nuca o en la garganta? ¿Usted se da cuenta el dolor que yo sentiría?
Los muertos no sienten nada, señorita.
Eso es lo que usted cree, señor. Los muertos son muy sensibles. Sienten todo. Son más lúcidos que nosotros. Si usted les ofrece carne o vino no lo apreciarán, pero hágales oír música o regáleles perfume, y verá. Nunca están distraídos."

Juego de dobles, de dobles conocidos, de dobles otros, Cornelia frente al espejo, la película de Daniel Rosenfeld, es también el doble de "Cornelia frente al espejo", el cuento de Silvina Ocampo: su espejo, su muñeca de piedra, su fotografía, su amante y su asesino. Es cine para leer, literatura para mirar. Es Cornelia que, frente a sus espejos, está a punto de morir para empezar a sentir esto que no es cine, que no es literatura, es otra cosa...
Hasta la próxima.

martes, 2 de octubre de 2012

Días de vinilo: una reivindicación del lugar común


Los discos de vinilo son ya casi un lugar común de la nostalgia. Si a esto le agregamos el clásico final feliz de la comedia de amor,  una historia de cuatro amigos cercanos a los cuarenta, unidos por la música y por sus frustradas relaciones con el sexo opuesto y la trillada asociación de seguir- insistiendo-en-la-música con la incapacidad de madurar y, contrariamente,  casamiento o formalización de pareja  con  el pasaje a la adultez, el resultado podría llegar a ser desolador… Y sin embargo, el resultado es una comedia exquisita, por momentos desopilante, que coloca al lugar común en el centro de la escena para darlo vuelta y convertirlo en objeto de disección.
Días de vinilo, la nueva película de Gabriel Nesci (Ver trailer aquí) es una comedia inteligente, con un guión impecable y actuaciones sobresalientes que nadie debería dejar de ver (quien haya visto la serie televisiva Todos contra Juan del mismo realizador, podrá ir haciéndose una idea de lo que estoy hablando). Damián (Gastón Pauls), un guionista frustrado anclado en la comedia de amor pasatista, Facundo (Rafael Spregelburd), un ex compositor dedicado a vender parcelas en un cementerio privado, Marcelo (Ignacio Toselli), un John Lennon petiso y desarticulado, empecinado en ganarse un viaje a Liverpool a través de la competencia de su banda tributo, y Luciano (un impecable Fernán Mirás), un disk jockey obsesivo y paranoico que tiene un programa de radio, son los protagonistas de esta historia coral que dialoga a un tiempo con Woody Allen y con Abel Santa Cruz.
Damián, abandonado por Ana  (Carolina Peleritti), una fría y calculadora crítica de arte, conoce a Vera (una adorable Inés Efrón), sencilla y hasta naif que se atreverá a destrozar su nuevo guión desde el punto de vista del espectador común. La obvia parodia de las relaciones entre artista, crítica, mercado y público se ponen en evidencia a través de este personaje cuyo guión termina siendo, además, una especie de puesta en abismo de la propia película.
Por su parte, Marcelo, obsesionado por hacer funcionar su banda, cuyo único miembro vitalicio es él mismo, conoce de pronto a una colombiana con rasgos orientales, cuyas iniciales son Y.O. y ya no podrá salir de la encrucijada entre seguir sus sentimientos o continuar trabajando para la banda.
Luciano, enamorado obsesiva y patológicamente de Lila, una sensual y exitosa cantante de rock (Emilia Attias), que lo denigra permanentemente a través de todas y cada una de las formas que encuentra para hacerlo, sufre temporariamente una pérdida total de audición, que le niega la música, el único vínculo verdadero que puede establecer con la realidad.
Finalmente, Facundo es el único que ha sido capaz de mantener un vínculo amoroso durante más de diez años con Karina (Maricel Álvarez), la típica novia dominante y decidida con la que está a punto de contraer matrimonio. Pero claro, la “formalidad” le ha significado a Facundo la pérdida de la sensibilidad artística y lo ha convertido en un buen vendedor de la muerte.
Párrafo aparte merecen las intervenciones de Leonardo Sbaraglia como Leonardo Sbaraglia en busca de un guión que lo represente en sus diálogos con Pauls. Imperdibles.
A pesar de cierta recurrencia en los estereotipos femeninos que insisten en la existencia de mujeres ángeles (Efrón, Álvarez) y de mujeres demonios (Attias, Pelleritti), Días de vinilo logra hacer del lugar común un objeto artístico digno de las mejores comedias. Los guiños permanentes al mundo de la música de los setenta y los ochenta, la parodia bien lograda de las comedias de amor norteamericanas, la pregunta por las relaciones entre crítica y artista, entre artista y público, la puesta en abismo de la propia comedia y, por sobre todo, las enormes actuaciones y el excelente guión de Gabriel Nesci son los ingredientes que hacen de esta película, la prueba de que el cine argentino es también capaz de hacer excelentes comedias.
No se la pierdan.
Hasta la próxima.

Próxima entrega: Cornelia frente al espejo de Daniel Rosenfeld.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Infancia clandestina: cuando el maní con chocolate es una bala y es también metáfora del amor.

Te doy una canción como un disparo
como un libro, una palabra, una guerrilla
como doy el amor....
Silvio Rodríguez

Hay películas que, como los grandes libros, casi inmediatamente a poco de empezar, provocan la inteligencia y apelan al goce estético más distanciado, más mental, aunque no necesariamente menos pasional. Otras, en cambio, desde el principio, causan estupor, ese estupor visceral que nos pega en la piel antes que en la mente; que nos hiere en el cuerpo, antes que en la inteligencia, la estética y todo lo demás. En esos momentos mágicos, el pensamiento y la razón dan un paso atrás para dar lugar a la experiencia. Esto es precisamente lo que pasa y seguirá pasando hasta el final con Infancia clandestina, la primera película de ficción de Benjamín Ávila, basada en parte en la vida de su autor. Y es que Infancia clandestina es una historia sobre la ternura y el terror, sobre la violencia y el nacimiento del amor, sobre el modo en que un maní con chocolate bien saboreado puede ser metáfora de seducción y, al mismo tiempo, literalmente, puede ser escondite para las balas de la resistencia, del miedo y del terror frente a las circunstancias más violentas de nuestra historia.
La película relata la contraofensiva montonera de 1979 desde la perspectiva de un niño de 11 años, Juan (Teo Gutiérrez Moreno), tras la vuelta al país de sus padres montoneros (Natalia Oreiro y César Troncoso) después de cuatro años de exilio en Cuba. La estrategia de la mirada de un niño no es novedosa en este tipo de historias. La culpa es de Fidel, la película francesa de Julie Gavras (2006), por ejemplo, asume el mismo punto de vista infantil frente a la violencia y la organización clandestina; y todavía más atrás, también lo hace la inolvidable Postales de Leningrado, la película venezolana de Mariana Rondón (1999) que, como Infancia… apela a los dibujos para representar la mente infantil. Sin embargo, el efecto sobre el relato está tan bien logrado que cuesta pensar que no ha sido, en verdad, la primera en hacerlo.



Y es que por primera vez (a excepción tal vez de Los rubios de Albertina Carri), el cine nacional se sale del bronce y del museo para presentar a las víctimas de la última dictadura cívico militar ya no como héroes intocados sino como seres humanos, como los enormes seres humanos que fueron con sus miedos y sus ternuras, con sus terrores y desacuerdos internos tanto políticos como familiares. En este sentido, son imperdibles las discusiones del padre y el tío (“Esto también es parte de la lucha”, dice el tío Beto frente al reto del padre por el festejo del cumpleaños de Juan) y de la madre y la abuela (“¡Sos cagona!”, le dice la madre a la abuela cuando ésta propone llevarse a los nietos con ella, “¡Papá tenía razón!”) Y uno no sabe muy bien quién tiene razón. Tomamos partido por uno y, al segundo, tenemos la certeza de que es el otro quien está en lo cierto... Y creo yo que es éste el mayor logro de la película: no la mirada del chico, no la lucha armada, no la certeza de saber que la ficción guarda un límite impreciso con la realidad… sino la sensación que permanentemente tiene el espectador de estar encerrado ahí, en esa familia, en esa circunstancia, en ese escondite desde cuyos agujeros puede verse apenas recortado el afuera, pero también en esa paradoja de saber que sólo la resistencia puede garantizar el futuro de un presente desgarrador. Tal vez, esta mirada sólo es posible en este presente, tal vez la superación de esa mirada romántica sea la consecuencia de saber a ciencia cierta que quienes han provocado la época más violenta de nuestra historia del siglo XX están siendo juzgados y encarcelados. ¿Será que sólo después de la justicia puede volverse sobre la historia con una mirada más justa?
Los dibujos del increíble Andy Riva junto con las imágenes oníricas que representan la mirada de Juan son las herramientas más eficaces para lograr esa sensación. Ávila elige esos procedimientos en los momentos más dramáticos de la experiencia del niño: la primera bala que provoca la sangre del padre en la prehistoria allá por 1975, la muerte del tío Beto (un Ernesto Alterio impresionante) y la escena final que lo llevará de vuelta a su nombre y, paradójicamente, a su verdadera identidad. El mundo de la historieta como universo infantil, estalla en violencia en la imaginación del chico (¿o del adulto?) que a falta de imágenes “reales” (la lucha armada permanece siempre fuera de campo en el film) cobran vida en la mente infantil combinando dos mundos cuya mezcla penetra en los poros de la piel y en los oídos. La insistencia en los primerísimos planos que fragmentan los rostros y la respiración entrecortada que respiramos junto con Juan en los momentos más difíciles de la historia colaboran también con el efecto final.
Una cosa más: el problema de la identidad: Juan debe ser Ernesto; Ernesto debe reemplazar el acento cubano por el cordobés; Juan debe festejar su cumpleaños cuando cumple años Ernesto y Juan/Ernesto conocerá el amor en los tiempos del cólera, sabrá lo que es el amor en medio del espanto y nosotros sabremos que la vida pasa por esos momentos que dejan huella e historia. Lo demás… lo demás es sólo pasar…
No se la pierdan.
Hasta la próxima.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Bienvenida, Beatriz Sarlo, cuando nos hacés pensar...

Leo con entusiasmo en La Nación de hoy un artículo de Beatriz Sarlo que se titula: “La maldición argentina de ser hoy un representante de la clase media”. Y digo “con entusiasmo” porque me resulta un artículo inteligente, como la mayoría de las notas de esta reconocida intelectual. Porque ni bien empieza el artículo, ya tengo ganas de agarrar un lápiz para marcar aquello que me hace ruido o me gusta o en donde encuentro una cierta contradicción… Quiero decir, me entusiasma que me hagan pensar, discutir con quien me hace pensar, no con quien dice “conchuda”, “chorra”, “andate con Néstor”, “sobame el 44 % (sic) de ésta”,etc.
Contra muchos que salieron a denostar el artículo, yo quiero reivindicar de él algunos aspectos que no me parecen menores. En primer lugar, Sarlo reconoce abiertamente el odio de estos sectores cuando dice “se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió” (Eso sí, acá desconoce la diferencia entre planificar y ejecutar, un pequeño detalle, pero seguramente diría lo mismo en el primer peronismo, cuando se decía que las medidas de gobierno las había pensado Palacios, como si el hecho de su ejecución y de su puesta en marcha fuera una acción menor...)
La misma idea se repite en los tres párrafos finales y es algo que suscribo sin ninguna duda:
“Una vez más, éste es el drama. Detestar al kirchnerismo no produce política. Y hoy, en cualquier lugar del mundo, afirmar la primacía absoluta de los derechos individuales (yo hago lo que quiero con lo mío) es una versión patética y arcaica de lo que se cree liberalismo. 
Es injusto hacer responsables a los manifestantes de lo que les falta y les sobra a sus consignas. Su movilización indica que hay allí fuerzas dispuestas a jugar en el espacio público. 
La responsabilidad cae del lado de intelectuales y políticos que no articulamos una interpelación progresista, democrática y autónoma. No supimos escribir las cosas mejor que en Facebook.”
Otro acierto del artículo es, sin ninguna duda, el hecho de que no hay que minimizar la fuerza de las redes sociales ni banalizar el cacerolazo porque se convocó desde ese otro espacio comunicacional. De hecho, cuando a través de las redes surgió la famosa convocatoria de los oyentes de 678 allá por el 2009 todos lo vimos como un triunfo de la comunicación lateral frente a la centralidad de los medios. Supongo que acá pasó algo similar aunque con intereses contrarios: los “autoconvocados 678” pugnábamos por más política, mientras que los “autoconvocados” del jueves expresan la antipolítica a través del siempre efectivo “son todos chorros”, “que se vayan todos”, etc. De modo que no estoy de acuerdo en que se desestime o se niegue este modo de convocatoria sea del sector que sea. 
Como si esto fuera poco, reconoce también el dilema al que se enfrentan los caceroleros entre el modo de convocatoria “espontáneo” (las comillas son de ella) y una manifestación claramente política con consignas antipolíticas, pensamiento que escuché también en los programas de la TV pública a los que Sarlo llama "oficialistas".
Dicho esto, y acordando con su análisis de la contradicción entre los intereses de este sector y la falta de representación política con verdaderas propuestas superadoras por parte de la oposición, quiero discutir algunos conceptos que son los que me hacen ruido y no me permiten acordar del todo con mi querida ex profesora de Literatura argentina II de la universidad. 
Lo primero que me hace ruido es cierto uso de ciertas palabritas que ella usa a sabiendas de su fuerte carga semántica negativa por parte de la sociedad. Según ella, el periodismo “oficialista” (las comillas son mías) “hace una discriminación de clase para acusar a los manifestantes, como si las capas medias no tuvieran el derecho de presentar sus reclamos.”. Redondeo el término “discriminación” con mi lapicito y me pregunto si lo hace a propósito o nos toma en serio por tarados. Hasta el más ignorante sabe que la discriminación siempre se ha ejercido contra los más débiles y no contra los que más tienen. (Claro que el concepto de "débil" después de Lanata ha entrado en crisis de manera escandalosa) 
Pero esto no es todo, evidentemente quiero creer que habla por boca de ganso o gansa y que realmente no escuchó ni 678 ni Duro de domar ni TVR, programas en los cuales los panelistas, obviamente desde su estar del lado de enfrente de las consignas caceroleras, defendieron firmemente el derecho de estos sectores a manifestarse como más les guste. En este sentido, los invito a ver los programas por Internet para escuchar la rica discusión que se armó tanto en 678 como en Duro de domar con respecto a este problema. 
En el mismo planteo dice Sarlo: “La clase media no debe convertirse en una clase maldita. Conoce sus intereses tanto como los conocen los sectores populares. De ellos los separa un vacío: la ausencia de una política progresista que los exprese generosamente.” Y entonces cae en la contradicción o en la falacia de decir que toda la clase media estuvo el jueves representada en la plaza. Error. Olvida Beatriz que gran parte de la clase media apoyó y apoya este proyecto, de otro modo no se explicaría el 54 por ciento de los votos que obtuvo en las últimas elecciones y que se ven favorecidas por un amplio apoyo a la cultura, por los recientes créditos a la primera vivienda que están siendo sorteados en todo el país y el aumento del consumo (a pesar de la inflación) que viene favoreciendo la política económica no sólo en este sector sino también en las clases más necesitadas. 
Por último, quiero señalar la falacia de comparar a los indignados españoles que marchan contra un ajuste brutal contra los sectores más necesitados, con esta manifestación que, si bien es cierto que no ha salido a la calle sólo por el dólar, lo hace con consignas bien diferentes de las del otro lado del océano: golpe bajo, que juega con la inocencia de la gente que en su afán de parecerse al primer mundo le importa un pito si la comparan con una vaca flaca y desnutrida mientras esa vaca sea una  vaca rubia y europea. 
La otra falacia es la de equiparar “organización” y “aparato”, estrategia discursiva inteligente con la intención de que el lector asocie negativamente esta igualación semántica con el lema del gobierno: “Unidos, organizados y solidarios”. Dice Sarlo: “¿Por qué se sostiene el kirchnerismo? En primer lugar porque ocupa por completo, casi sin fisuras, el aparato administrativo y económico del Estado.” Lógico, para eso tuvo el 54 % de los votos…. ¿Qué es lo criticable de esta afirmación? ¿Que construya poder con la legítima representación de los votos? Sólo construyendo poder se puede ir contra el poder. Y ella lo sabe. Y continúa: “porque se apoya en una vasta organización territorial, que representa a ese Estado en los últimos rincones de la sociedad, donde viven los que más sufren y los que más necesitan.” Sinceramente, no veo lo malo que hace el gobierno kirchnerista en esta frase. De hecho, la “organización” es consigna en el gobierno y debería ser visto como algo bueno tanto la administrativa como la económica como la territorial. Y concluye: “El aparato kirchnerista no permite desbande ni desmadre…” Equiparar el “aparato”, que es necesario desmantelar sobre todo en el conurbano bonaerense y que con toda razón se ha ido cargando semánticamente de manera negativa a lo largo de todos los gobiernos peronistas, con la “organización”, estrategia sin la cual un Estado no podría gobernar, ni legislar, ni dictar sentencias, ni ejecutar, es como poco una trampa discursiva a las que nos tiene acostumbrados la intelectual. ¿O es casual que use la palabra “aparato” como “sistema” o “estructura” en la primera ocasión y en su sentido peyorativo, dos renglones después? No lo creo. 
Finalmente, quiero expresar que es un verdadero placer leer y discutir a Beatriz Sarlo, aunque ella nunca se entere. Claro que no siempre: no olvido las mediocres y soporíferas notas de Viva, la revista de Clarín, pero tampoco olvido sus clases en la Facultad ni sus seminarios sobre literatura argentina… 
Ni sus libros sobre la memoria, cuando hablaba bien de la necesidad de otro tipo de poder y hacía hincapié en la necesidad de recordar para construir el futuro. 
Hasta la próxima.

jueves, 7 de junio de 2012

La tiranía de la comunicación

El siguiente fragmento fue extraído del capítulo "Periodistas o ¿relaciones públicas?" de La tiranía de la comunicación de Ignacio Ramonet, un periodista español establecido en Francia, director de Le Monde Diplomatique. Acá, Ramonet reflexiona y se pregunta acerca de la especificidad del periodista en esta actualidad mediática cuando todos tenemos acceso a las redes sociales y a Internet y todos somos un poco también "periodistas". 
Si prefieren escuchar la lectura del capítulo completo en la voz incomparable de Eduardo Aliverti,  pueden hacerlo aquí
En el pasaje que se reproduce por escrito más abajo, Ramonet reflexiona acerca de la responsabilidad tanto del periodista como de los ciudadanos en relación con la información. También habla de la necesidad de que el periodismo se analice a sí mismo, es decir, de que los trabajadores de la comunicación sean objeto de crítica como cualquier ciudadano común. Espero, lo disfruten:
Ignacio Ramonet

"¿Qué les queda como especificidad a los periodistas? Es una de las razones del sufrimiento de los media. Y, en particular, de la prensa escrita. Los media que se desarrollan son los ligados a tecnologías del sonido, de la imagen. E incluso cuando se sigue escribiendo, se hace sobre una pantalla.
Los periodistas no constituyen un cuerpo homogéneo. Hay discrepancias, debates. Es una profesión en la que hay que trabajar mucho hoy. Los periodistas son además ciudadanos y consumidores de media en mayor medida que los demás, y son muy conscientes de que estos problemas están planteados, y los discuten permanentemente.
Hay una toma de conciencia, pero ¿se puede hablar de una responsabilidad? ¿Se trata de responsabilidad exclusiva de los periodistas? Los ciudadanos también tienen su responsabilidad. Pues informarse es una actividad, no una recepción pasiva. Los ciudadanos no son simplemente receptores de media. Es evidente que el emisor tiene una gran responsabilidad, pero informarse supone también cambiar de fuentes, resistir a una versión si resulta demasiado simplista, etc. No es muy complicado ahora llegar a la conclusión de que una persona no puede informarse exclusivamente por medio de un telediario. El telediario no está hecho para informar, está hecho para distraer. Está estructurado como una ficción. Es una ficción hollywoodiense. Comienza de una cierta forma, termina en un happy end. No se puede poner el final al principio. Mientras que un periódico escrito puede comenzar a leerse por el final. Al final del telediario uno ya ha olvidado lo que pasaba al principio. Y siempre termina con risas, con piruetas.
La persona que se dice: me voy a informar seriamente viendo el telediario, se miente a sí misma. Porque no quiere reconocer que se deja llevar por su propia pereza.
El medio de comunicación no puede soportar por sí solo el esfuerzo que requiere informarse. Sobre todo hoy, cuando la información es superabundante. Pero hay dos opciones: o uno quiere informarse o quiere saber vagamente lo que pasa. Y si se quiere informar tiene todas las posibilidades de hacerlo recomponiendo las informaciones. No existen únicamente los periódicos, se cuenta con las revistas, los libros. Pero eso supone la voluntad de hacerlo. Es un trabajo.
[...]
Los medios de comunicación deben desarrollar, cada vez más, análisis sobre su propio funcionamiento, aunque sólo sea para que sepamos cómo funcionan, y para recordar que no están a salvo de la inspección, de la introspección y de la crítica. Pero este camino se recorre de una forma relativamente lenta porque resulta muy confortable juzgar a los otros sin ser juzgado."

¡FELIZ DÍA DEL PERIODISMO A TODOS AQUELLOS QUE TRABAJAN DÍA A DÍA PARA COMUNICAR DESDE LA RESPONSABILIDAD Y EL COMPROMISO CON LA "REALIDAD"!

lunes, 7 de mayo de 2012

¡Chau, linda!

Emma, mi bella perra siberiana, se murió esta mañana.
Emma que se escribe con "mm", no porque soy una estúpida tilinga, sino porque quisimos homenajear a una de mis heroínas de infancia: la encantadora Emma Peel de Los vengadores...
Es que Emma, mi Emma, era tan linda y adorable como aquella Emma cuya belleza dolía de tan bella, cuyo encanto encantaba de tanto encanto...
Emma se murió esta mañana después de casi doce años de ser parte del barrio y de la casa, del jardín y del patio, de la historia familiar... 
Ariel y yo recorrimos el jardín y elegimos un lugar. Mientras él cavaba, yo cebaba mate: 
—¿Te acordás dónde está Raisa?— preguntó Ariel como para distraer al dolor.
—Allá, al lado de la pileta... ¿o allá está Krashiba?
—Sí, ahí está Krashiba, y más acá está Johny Tolengo. Abajo de la pieza de Manu está Cosme y más adelante, cerca del pino, están algunos de los gatos,  Edgar, Allan y Poe, los negritos... Y Roxi y Gatalina...
Mientras las voces del jardín iban armando la historia familiar, una vez más dijimos"chau", llorando como dos boludos. Otras y otros bichos vendrán a engrosar la historia y la memoria de la familia. Ninguna muerte impedirá que los sigamos queriendo aunque una parte de nosotros se vaya definitivamente con ellos...
Chau, Emma con doble m; chau, linda!
Hasta la próxima vida. 


lunes, 30 de abril de 2012

El último Elvis: un viaje entre la niebla y el cielo.

Sábado a la noche. Frío. Me acomodo en la butaca preparada para ver qué puede hacer un joven argentino de apenas 33 años, nieto homónimo del polémico Armando Bo, con otra película sobre Elvis Presley, con otra película sobre un imitador de Elvis Presley.
La media luz de la sala todavía no se ha vuelto noche oscura y la desconfianza crece a medida que pasan los avances de futuros estrenos. Se me hace larga la espera. Desconfianza pero también ansiedad. Tengo muchas ganas de ver esta película. Aunque me gusta mucho Elvis. Aunque nunca me tragué el verso de que Armando Bo lo hacía "a propósito"...
Cuando la oscuridad plena anuncia finalmente el comienzo del filme, me relajo en la butaca para disfrutar una vez más de la magia del cine. Grave error. Nada de calma, nada de relax. Desde las primeras escenas, me abismo en una experiencia tan extrañamente singular como poderosa y genial. Es que El último Elvis   es como un camino sinuoso y mal iluminado en cuyos bordes hay precipicios inmensos en los que permanentemente nos sentimos a punto de caer.  "¿Y ahora qué?", me pregunto después de una escena en que Elvis enojado por el mal sonido de ese club de cuarta, abandona el escenario y se encierra en el baño aparentemente para ya no volver a salir... ¿Cómo se sale del baño? ¿Cómo se sale del lugar común?, ¿qué vuelta de volante, qué maniobra sacará de la galera para no caer, junto con toda la película y las excelentes actuaciones, al fondo del precipicio más oscuro?
Y así una y otra vez... Cada vez que parece que vamos a volcar, cada vez que la película roza el borde y está a punto de caer, una frenada... una maniobra que esquiva el camión de frente... y el viaje continúa tan mágica, tan inesperadamente como sólo pueden hacerlo continuar quienes están acostumbrados al  volante y al manejo de las cámaras, como sólo pueden hacerlo continuar quienes saben pulir el guión, exacto y por momentos, perfecto, hasta las últimas consecuencias...
Lo extraordinario es que la película no cae nunca, aun cuando siempre está a punto de caer...
El último Elvis se construye en el límite: el límite entre el drama y lo bizarro, entre lo familiar y lo extraño, entre eso que dicen que soy y el deseo de ser otro...
John Mclnermy, el actor que protagoniza a Carlos Gutiérrez —un obrero metalúrgico que, por las noches, imita a Elvis Presley— es, en su vida real, un arquitecto que, por las noches, imita a Elvis Presley. Y es, además, uno de los mejores aciertos de la película: impecable en su actuación, lleva el desdibujamiento del límite entre la realidad y la ficción al umbral mismo de la estructura constructiva del filme: ¿Quién es, en verdad, este John Mclnermy que representa a un Carlos Gutiérrez que representa a Elvis Presley? 
El drama familiar (la separación, la hija amada que lo desconoce, el accidente, el reencuentro...) no es más que una de las tantas realidades posibles. La otra es la realidad del deseo, allá donde somos otros aunque quienes estén cerca  apenas puedan notarlo: ¿Hasta qué punto Carlos no sabe que es Carlos y que Elvis no es más que el deseo de lo otro? ¿Hasta qué punto Priscila es Priscila y Lisa Marie es Lisa Marie? ¿Hasta qué punto esos sandwich de banana con manteca de maní, esos trajes tan extravagantemente suyos y tan familiarmente ajenos y las patillas vueltas negras por la magia del pincel no son más que avances de la película final, del deseo realizado de un Elvis que sólo será Elvis en la escena final del producto final?
Juego de límites y de espejos, de cámaras en mano y encuadres extraños, de músicas dobles y silencios estridentes, El último Elvis se me ocurre la última película de Elvis. Por mucho, por muchísimo tiempo... Al menos es la película de Elvis que elijo para que sea mi última. 

Hasta la próxima.