
Un pueblito protestante en Alemania en 1913, la voz en off del maestro que intenta comprender lo que pasó muchos años después: una serie de sucesos extraños: el accidente del médico, el de la campesina, el secuestro y la tortura del hijo del barón, el incendio del granero, el que aparece ahorcado en un galpón... El pastor, los hijos del pastor... y el huevo de la serpiente, la pregunta por la Historia desde la historia...
Pero la película no da respuesta alguna. Haneke invita una vez más al espectador a la mudez que da paso al pensamiento y a la pregunta por la pregunta de la pregunta. La cinta blanca abre puertas porque las cierra a la mirada: como la escena del castigo corporal: cámara fija y puerta cerrada o la del campesino cuyo llanto por su esposa muerta nos llega desde detrás de una pared, o el piano de la baronesa que se adelanta a lo visual y nos instala en el límite entre lo diegético y lo extradiegético. Todo está pero no se ve, todo se sabe desde el principio pero nadie hay detrás de ese ojo para que nos lo confirme. Todo es y no es...
Así, La cinta blanca es un policial, y no; es suspenso y es terror, y no; es una pregunta por el origen de la maldad, y no... Es todo eso y mucho más: es bellísima fotografía y es excelente actuación, es narración que crece a pasos agigantados y es plano fijo en el final que, como en Caché, es la mirada que vela el mirar, es la puerta que se abre...
La cinta blanca se estrena el jueves 22 de abril. No se la pierdan.