"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."

lunes, 9 de agosto de 2010

No hay pelotudo que no tenga un blog

En un artículo llamado “El placer de escribir”, Umberto Eco se preguntaba acerca del porqué no nos escandalizamos por el hecho de que haya mucha gente que toca la guitarra, que canta, representa, pinta o hace cerámica pero sí nos escandalizamos cuando vemos que hay mucha gente que escribe. Esto es lo que parece escandalizar al filósofo José Pablo Feinmann cuando dice que en Argentina “no hay pelotudo que no tenga un blog” y lo dice tan enojado que uno termina preguntándose qué es lo que, en verdad, le molesta: “A la mayoría de los que escriben blogs, un buen jefe de redacción les daría una patada en el culo y los echaría por la pésima prosa que tienen. No es cuestión de “voy a ponerme un blog…” Hay que saber escribir también; si no, no le hagas perder tiempo al que te lee, no lo agredas con tu mala prosa.” Y termina diciendo el prestigioso filósofo que “ese democratismo” le parece realmente “agraviante con el lector”.

Cuesta creer que un intelectual del prestigio de Feinmann se enoje tanto con gente que escribe por el simple placer de escribir, sin cobrar un peso y que no le pone un revólver en la cabeza a nadie para que lea lo que, bien o mal, ha escrito. En este sentido, no se entiende de qué manera constituiría un agravio al lector: Todo el mundo sabe que ningún acto de escritura garantiza y, mucho menos, obliga el acto de lectura; todo el mundo sabe que la lectura es un acto introspectivo e individual y que, aún en el ámbito escolar, es un acto absolutamente voluntario que no puede obligarse ni mucho menos, violentarse. Nadie, por lo tanto, va a “perder el tiempo” leyendo algo que no quiere leer.
Lo que, en verdad, parece molestarle a Feinmann es lo que él mismo llama despectivamente “ese democratismo” que no es otra cosa que la democratización de la escritura y de la lectura que posibilitó la existencia de la red y de estos nuevos formatos (con sus aciertos y sus desaciertos) que permiten eludir a los supuestos “dueños” de la palabra escrita que han sido siempre quienes decidieron qué debía leerse y qué no. Esta proliferación de bloggers, de escritores amateur que, de pronto, invaden el espacio cibernético y que, por si esto fuera poco, son leídos y comentados por sus pares y por sus lectores sin permiso de nadie, no puede menos que molestar a autores consagrados como Feinmann, que conciben la escritura como el exclusivo derecho de unos pocos que “saben escribir”. Al respecto dice Umberto Eco (que tiene casi tanto prestigio como Feinmann): “Imaginar poemas, historias, páginas de diario o cartas debería ser también algo que todos hacen, así como andar en bicicleta, sin ambición de intervenir en la Vuelta a Italia. ¿Por qué, entonces, quien escribe debe ser un Moravia o un fracasado? (…) Es que después de la invención de la escritura, los escritores han rodeado su actividad de una atmósfera hermética y sacra.” Es decir, una actividad exclusiva, selectiva, que sólo puede llevar a cabo una cierta “elite”. En este sentido, no es casual que la Facultad de Filosofía y Letras no incluya en su programa materias obligatorias donde los alumnos asistan a prácticas de su especialidad, como sí las tienen las carreras de Bellas Artes o el Conservatorio de Música. Parecería que tanto las artes plásticas como las musicales sí pueden ser practicadas por las bestias terrenales mientras que a la literatura sólo tendrían acceso los representantes del Olimpo académico.
¿Qué es, pues, lo que verdaderamente molesta de “ese democratismo”? ¿Que no sean las editoriales las que decidan qué leer y qué no? ¿Que no sean los grandes medios?[1] ¿Qué no sea la Facultad de Filosofía y Letras la que decida poner de moda a Cortázar, a José Bianco o a Roberto Arlt? Porque, en definitiva, ¿quién determina, señor Feinmann, quién sabe escribir y quién no? ¿Quién determina qué es y qué no es literatura? ¿Sabía escribir Arlt? ¿Según quién? ¿Según Borges, según Piglia…, según quién? ¿Sabe escribir usted? ¿Según quién? ¿Según su “buen jefe de redacción”, según su editor? Se preguntó cuántos prestigiosos escritores como usted abrieron alguno de sus libros en la primera página y lo cerraron en la segunda porque no les gustaba su prosa? ¿Violenta usted a los lectores a quienes no les gusta su prosa? Claro que no, Señor Feinmann. No los violenta usted, ni los agrede, porque ellos tienen todo el derecho de cerrar su libro y arrojarlo por la ventana si no les gusta el modo en que usted escribe. Lo mismo pasa con los lectores de blogs. No los subestime: ellos también saben hacer clic en la cruz del ángulo derecho de la pantalla cuando un texto los aburre o cuando consideran que un escrito tiene una “pésima prosa”. La diferencia es que por su libro han tenido que pagar y por leer un blog probablemente no.
¿No será hora, señor Feinmann, de empezar a estudiar estos nuevos formatos? ¿No será hora de repensar la escritura en función de las nuevas herramientas que han logrado repartir la palabra entre los simples mortales? Acaso, cuando allá por el siglo XV aparecía la imprenta, los sacerdotes que eran entonces los dueños del buen decir, ¿no reaccionaron como reacciona hoy usted frente a los nuevos formatos que permiten las nuevas tecnologías?
Humildemente, creo que no es verdad que el mundo de la escritura se divida entre los escritores “editados” que “saben escribir” y los “bloggers pelotudos” con “mala prosa”. Simplemente creo que existen los “buenos” escritores y los “malos”, cualquiera sea el medio o el formato que elijan para hacerlo. Y que siempre, en cualquiera de los casos, habrá lectores capaces de diferenciarlos.

Hasta la próxima.

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[1] La movida bloggera, en este sentido, ha constituido en los últimos tiempos un fenómeno comunicacional al que Josefina Ludmer llamaría una de las formas de “las tretas del débil”, pues se ha convertido en una fuente de información alternativa al monopolio comunicacional de los grandes grupos hegemónicos.

viernes, 9 de julio de 2010

Mis primeros 50 años

Mañana, 10 de julio de 2010, cumplo mis primeros 50 años. Y uno puede cumplir muchos otros 50 años pero nunca volverán a ser como éstos, los primeros.

Dicen que los 50 traen consigo una reflexión y un balance de la vida vivida, pero yo no voy a reflexionar ni hacer ningún tipo de balance. En mis primeros 50 se me ha dado por buscar viejas fotos, tal vez porque las fotos son y no son lo que somos: ¿Cuántas veces nos miramos en las viejas fotografías y no nos reconocemos? ¿Cuántas veces nos vemos en esa imagen, pero no recordamos a la que está siendo en ese momento y en ese lugar? (Por ejemplo: ¿Qué estaba pensando esa nena que apoya su rostro contra una ventana? ¿A quién o qué mira? ¿Por qué esa expresión?) Por eso pienso que las fotos muestran y al mismo tiempo velan lo que somos. Qué misterio el de las viejas fotos, qué impenetrable misterio el de esas imágenes que instauran más preguntas que respuestas, más deseos que certezas... Pero no sólo con las fotos experimentamos esa sensación de ajenidad: a mí me sucede también frente al espejo o cuando leo a la que creo que soy mientras me escribo... ¿Soy la que escribe o la que es escrita? ¿La que está escrita es la misma que la que escribe? ¿Es la misma que ven los demás? Pero… ¿quiénes son, en verdad, los demás?

(—Como verán, los 50 le dieron duro… Largá la milonga, nena…)

No sé si es muy común que los 50 ataquen por el lado de la identidad, por la pregunta de quién es uno a partir de una pila de fotos. Creo que ya les conté alguna vez que tengo un papá fotógrafo así que imaginen la cantidad… Algunas no sabía ni que existían.
Lo cierto es que, mirándome desde tan lejos, no estoy aquí más que para expresar mi más profundo amor a todos aquellos que hicieron que fuera hoy esto que soy, que no es, en verdad, "lo que soy", sino un breve acercamiento, una mera construcción, un simple relato más de alguien que se mira desde un determinado lugar. Después de todo... ¿Qué otra cosa somos sino narraciones?

Y hoy, aquí mismo (no sé qué sentiré mañana) siento que soy una mujer que la ha pasado demasiado bien en la vida y que ha hecho mucho más de lo que algún día imaginó que haría, que tuvo la suerte de tener la madre que tuvo, el padre y la hermana que tiene. Que ha tenido la oportunidad de conocer el amor incondicional e incalculable de un hombre al que ama hasta con las rodillas y que ese hombre es el hombre con el que le gustaría morir. Que ha tenido dos hijos que se parecen mucho a la perfección, a la verdadera perfección… Que siempre ha tenido perros y gatos… y hamsters y loros y canarios y pulgas… Que ha tenido y tiene amigos y amigas incondicionales porque, como decías vos, mamá: “amigos no son los que están sino los que permanecen…” Que ha sido deportista e intelectual, que ha participado en torneos de ajedrez, que todavía va tres veces por semana al gimnasio y da clases en la universidad, que ya no fuma pero disfruta de un buen vino tinto y algún que otro “vicillo” de esos que andan por ahí, que es incondicional mientras no la traicionen y determinante (y hasta cruel) con los traidores. Que escribe, que teje, que ama el cine y la historieta, que canta en la ducha y da la vida por el dulce de leche, el chocolate y el mantecol…

(—Esta que escribe es un poco egocéntrica, ¿no les parece?

—Sí, me parece. Es más, yo le quitaría el atributo “un poco” al núcleo del predicativo “egocéntrica”.

—Bueno, yo un poco la entiendo: Piensen que durante años, los dueños del buenpensar nos han hecho creer que es muy meritorio pensar en el otro antes que en uno mismo. Por mi parte, nunca entendí demasiado ese precepto engañoso por el que he vivido con alguna culpa ciertas decisiones que he tomado y ciertas acciones que he llevado a cabo a lo largo de mi vida. Hoy, por el contrario, estoy convencida de que quien no se quiere a sí mismo no puede querer sanamente (en el buen sentido de la palabra “sano”) a nadie, que quien va en contra de su esencia, nunca podrá estar tranquilo consigo mismo ni con los demás. porque el que no hace lo que quiere con su vida, se amarga, se pudre; y amarga y pudre a todo el que se le acerca. Así que SÍ, es egocéntrica, somos egocéntricas (que no es lo mismo que ser ególatra) y hasta cuando piensa en los demás, piensa también en sí misma.)

¿Si hubiera cambiado algo de lo que hice hasta ahora de tener una nueva oportunidad? ¡Uf! ¡Tantas cosas! Hubiera elegido, por ejemplo, otro color de vestido para mi fiesta de quince (ver más arriba: ¡Qué horror!), hubiera dejado pasar algún tren para no llegar a tiempo a alguna sesión de terapia, hubiera disimulado menos mis defectos y hubiera mandado esas flores que no mandé a un hombre que algún día fue. Me hubiera pintado menos la cara durante mi adolescencia, hubiera querido ponerme un atuendo menos atrevido y tacos menos altos en alguna primera cita, hubiera invitado a menos gente el día de mi casamiento y le hubiera puesto un nombre más lindo a un perro que tuve que se llamaba “Calzón quitado” (por suerte, hoy tengo una siberiana que se llama Emma Peel, mucho más prestigioso, aunque no tanto como Platón o Joyce o Kafka…)

En fin… si me pongo a enumerar todo lo que habría cambiado en mi vida si tuviera una nueva oportunidad, no me alcanzaría este espacio para contarlo…

(—Che, nena, esto es muy parecido a un balance…)

—Tenés razón, si esto no se parece a un balance… Es que esta mina se cree que porque lee a Borges tiene todo el derecho de vivir en una constante contradicción…)

Acá me dicen algunas de mis varias que esto se parece bastante a una reflexión o a un balance de una mujer que cumple sus primeros 50 años. Tienen razón. En todo caso, prometo no hacer otro estúpido balance hasta mis próximos 50 años.

Hasta la próxima.

jueves, 27 de mayo de 2010

El día después y la reivindicación del conflicto

Aun cuando este espacio no fue pensado para hablar de política, los que me conocen saben que soy una mujer política, plantada en un medio político y con una participación activa en el debate ideológico. Por eso, a pocos días de la culminación de los festejos del Bicentenario, me es imposible dejar de comentar algunos de los relatos que se han escuchado en radio y televisión el día después.
Por un lado, parte de la oposición y ciertos analistas basados en supuestas “encuestas” aseguran que el pueblo argentino ha dado una lección a sus gobernantes durante estos festejos y que, con su participación en las calles, no ha hecho otra cosa que expresar la necesidad de consenso frente al conflicto entre el gobierno nacional y el gobierno de la ciudad que habría “nublado” los festejos en este Bicentenario.
Por el otro lado, están quienes, lejos de querer ocultar el conflicto, hacen de la “caprichosidad” el carácter fundamental del mismo, banalizando de manera vergonzante una diferencia que no sólo es ideológica desde su base, sino que además expresa dos maneras diferentes, incluso contrapuestas, de pensar un país.
Tanto quienes pretenden ocultar o disimular el conflicto como quienes lo banalizan al punto de convertirlo en una mera pelea de chusmas de barrio intentan instaurar un panorama desideologizado y aséptico indigno de los verdaderos tiempos que corren.
Por eso, hoy, en este espacio dedicado a “las palabras y las cosas”, me propongo reivindicar de una vez por todas el conflicto y su verdadera importancia en estos festejos del Bicentenario que lo han puesto en escena en lugar de ocultarlo. Quiero rescatar su positividad y su puesta en evidencia contra la hipocresía política y contra los que todavía hacen del quehacer público una mera cuestión de imagen para el mundo o para los años por venir.
Si el Centenario fue la fastuosidad de los festejos que trataba de ocultar una Ley de Residencia que reprimía a los inmigrantes, si fue la fiesta de unos pocos en medio de un estado de sitio y de una durísima persecución ideológica hacia los cuadros políticos que comenzaban a hacer escuchar su reclamo por una sociedad con más derechos para los obreros, las mujeres y “para todos los hombres del mundo” que querían “habitar el suelo argentino”, si el Centenario representó la promoción de lo que Ricardo Rojas llamó la “pedagogía de las estatuas” para mostrar un país grandioso que estaba muy lejos de serlo más que para los cuatro o cinco que podían en verdad disfrutarlo, HOY, en 2010, el Bicentenario muestra a todas luces y sin ocultamientos la puesta en escena del conflicto en un ambiente de libertad de expresión como pocas veces hubo a lo largo de toda esta centuria, sin represiones ni a piqueteros ni a movimientos sociales ni a manifestaciones del campo ni a ambientalistas ni a periodistas que, aunque dicen tener miedo (¿a un cartel?), nunca expresaron su miedo ni el de sus colegas desaparecidos durante los gobiernos dictatoriales que sí metieron miedo en este país.
Y ES QUE SÍ, SEÑORES, ACÁ HAY CONFLICTO Y ES BUENO QUE ASÍ SEA. Es bueno que lo vayan entendiendo de una vez por todas. Acá hay conflicto entre el poder político y el económico como hacía mucho tiempo que no sucedía en el país. Acá están, por un lado, los resabios menemistas de la farándula, con su pizza y su champagne y, por el otro, la presencia de los artistas del interior del país y los artistas latinoamericanos en un escenario que recibió de manera gratuita a un público increíble que festejó cantando el himno con la emoción y la garra que sólo escuchábamos en los mundiales de fútbol.
Por eso, no nos vengan con la cháchara de “El obelisco y el Colón, un solo corazón”, que ninguno de los que estuvo allí presente en los festejos cantó nada por el estilo por si quieren enterarse los serios y circunspectos hacedores de encuestas.
Lo mismo corre para todos aquellos que insisten en “caprichizar” el conflicto, que ignoran o pretenden ignorar que la decisión de la presidenta de no asistir a la reapertura del teatro Colón (y más aún después de haber visto su vergonzosa televisación) se trata de una decisión política e ideológica que pone en escena dos maneras absolutamente distintas de pensar un país: un país que tiene todavía el culo más arriba de la cabeza y que sigue mirando al norte aun cuando el norte se desmorona irremediablemente (y esto no tiene nada que ver con la importancia indiscutible que en el mundo de la cultura tiene desde siempre el teatro Colón) y un país que empieza a mirar a los costados y comienza a identificarse con su historia y con sus orígenes latinoamericanos.
Entonces, señores, les guste o no: HOY, EN 2010, HAY CONFLICTOS.
Y todavía queremos más, muchos más: con el poder minero y con el financiero, con los banqueros que se enriquecen con nuestras crisis, con los jueces truchos y la corrupción, con quienes hicieron que pagáramos la deuda que no nos corresponde pagar.
Más conflictos con todos aquellos que no quieren conflictos.
Y es que ya nadie puede hacernos creer que el conflicto es algo malo. Es algo malo para quien quiere conservar el estado de cosas a cualquier precio para cuidar los bolsillos que tan bien llenaron a costa nuestra y con la anuencia de los gobiernos anteriores; pero no para nosotros, no para la gente, no para el futuro, no para un país que quiere mantener intacta su memoria en función del porvenir. Ningún cambio importante se da ni en las personas ni en las naciones, sin conflicto. Por eso es hora de reivindicarlo y de colocarlo en su justo lugar, porque ocultar el conflicto es tan ideológico como mostrarlo.

Por último, creo que el pueblo no salió a la calle para expresar su desacuerdo con ninguna falta de consenso, ni contra ningún supuesto “capricho” presidencial, ni siquiera salió a la calle para apoyar a un gobierno. Simplemente salió a la calle para expresar nada más ni nada menos que su sentido de pertenencia, su necesidad de estar cerca del par y de identificarse con el de al lado por un pasado en común que no es otra cosa que un presente y un futuro en común: federal y latinoamericano como el que soñaron los verdaderos héroes de la Patria, desde Moreno y Belgrano hasta el inquebrantable heroísmo del Che.
Para eso salió la gente a la calle. Y la pasó muy bien. Muy pero muy bien.

Hasta la próxima.

viernes, 21 de mayo de 2010

La doble vida de Verónica y la repetición infinita.

A mis alumnos del taller "El doble en la literatura y en el cine":

"Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías"

Jorge Luis Borges: "Ajedrez"

Hay películas que veo una y otra vez con sublime adoración. Como cuando era chiquita y exigía una y otra vez los mismos cuentos, las mismas historias. Papá, mamá o a veces la tía Delia no debían olvidar un solo detalle porque ese olvido podía ser fatal, tan fatal como romper la magia del encuentro con los gnomos y las hadas, con la inocente Alicia y el cruel Humpty Dumpty, o con la mancha de humedad en la pared que de pronto era monstruo o princesa, hada madrina o pirata, reina de corazones o conejo de frac corriendo con un reloj en la mano.
Pero el cine tiene unos tiempos que no son los de la literatura, mucho menos los de la narración infantil. Cuando se está en el cine, no hay vuelta atrás para volver a ver una escena; ni hay hastío, curiosidad o ansiedad que pueda hacer avanzar la historia hasta donde querríamos hacerla avanzar. Y quizás la magia esté precisamente ahí, en esa percepción de lo inmediato, en ese simulacro de mundo cerrado que parece que empieza y termina en ese preciso lugar, en ese milagroso momento de la instantaneidad.
Pero yo soy una lectora; soy una lectora aún, cuando voy al cine. Y la velocidad no me da tiempo para "leer", para leer de verdad: a falta de páginas en el cine, necesito el rewind y el flashforward, tal vez porque las buenas películas me devuelven a la nena que fui, la que no quiere moverse ni por un instante del lugar del placer. Quizás sea por eso (pero quizás no) que vuelvo una y otra vez sobre ciertas películas que, por un motivo u otro, me han devuelto aunque sea por un instante a ese lugar del placer, tal vez sea por eso (pero tal vez no) que hay escenas que me conmueven de la misma manera cada vez que las vuelvo a ver, como nos ha conmovido la piel de ese hombre la primera vez y nos sigue conmoviendo en el siempre nuevo y repetido rito del amor.
Hoy quiero mostrarles y comentar con ustedes dos escenas bellísimas de La doble vida de Verónica (1991) del director polaco Krzysztof Kieslowski: dos de las escenas más maravillosas que conozco no sólo por lo que se muestra sino por el modo en que se lo muestra que nunca es azaroso, nunca es porque sí.
Weronika vive en Cracovia y está comenzando una exitosa carrera como cantante. Tiene problemas con su corazón por lo que su salud no tiene la fortaleza que su carrera le exige. Véronique vive en París y es una modesta profesora de música que, a pesar de que también tiene problemas con su corazón, se hace estudios y se cuida como si algo o alguien le dictara qué es lo que tiene que hacer. Demás está decir que ambas (la bellísima Irène Jacob) son exactamente iguales y que se intuyen una a la otra como si fueran parte de un doble acto de creación. No voy a contar más, pero sería bueno que vieran la película antes de ver las escenas que les quiero mostrar. Los que ya la vieron pueden seguir conmigo acá. Los que no, vayan a verla que nos encontramos después...
En esta escena vemos a Weronika en su primera y última actuación frente a un gran público:


Es una escena sobre la que hay que volver, al menos una vez más, volver... Yo creo que si uno no vuelve sobre esta película la mayor parte de su belleza y de su significación queda a mitad de camino. Por ejemplo, ese maravilloso travelling cenital después de que Weronika cae, sólo puede “leerse” en relación con la escena del teatro de marionetas que veremos también juntos, más abajo. Pero primero estudiemos ésta un poco más detenidamente:
Plano general y fundido desde el negro: escenario... teatro lleno. Poco a poco se va haciendo la luz y los primeros acordes crecen junto con la escena. Cuando Weronika es la que mira, la angulación en picado (desde arriba) focaliza al público, al director o a la orquesta, pero, de pronto, es el director quien mira y la cámara focaliza a Weronika en contrapicado (desde abajo). Weronika está en la cima y crece junto con su voz para elevarse hasta alcanzar el clímax musical y narrativo de la escena. Cuando estamos extasiados con la orquesta, con el coro, con su voz (1) , con su imagen, con los ocres y amarillos convocados a escena para que ocurra la magia, entonces, la angulación desordenada junto con el silencio feroz que lastima nuestros oídos antes extasiados, nos hace volver a tierra. Escuchamos el golpe del cuerpo al caer y el plano fijo inclinado del piso de madera nos duele en el cuerpo.
Pero, entonces, el montaje, por oposición, nos transporta por el aire en ese travelling cenital que anticipa el vuelo de la otra que será la doble de su doble y que veremos en la más bella escena de la película acá abajo. ¿Quién mira desde ese vuelo sobre el teatro? ¡Dura tan poco el mirar del volar!... De inmediato, un encuadre inclinado nos confirma que Weronika ha muerto. Y entonces, el entierro, la angulación en nadir que, en clara oposición con el travelling cenital, nos coloca en el lugar de la muerte: las paladas de tierra son golpes que ciegan en el silencio. ¿los ojos que miran desde la tierra son los mismos que miraban desde el vuelo teatral? ¿Se puede en un instante pasar del cielo a la profundidad del pozo? Y las paladas de tierra taladran nuestros oídos. Es más que oscuridad y silencio: es su anunciación, su siniestro anticipo lo que nos cegará y nos dejará definitivamente sordos.
Y sin embargo, algo acaba de pasar sobrevolando el público... Aunque no es ella, la escena siguiente nos devolverá la imagen de Werónica haciendo el amor. Es Véronique desnuda que, de vuelta del orgasmo, se siente sumida en una infinita tristeza por una pérdida que no puede precisar: ¿la petite mort que anticipa la gran muerte?, ¿la vuelta al ser discontinuo después de la experiencia sexual de la continuidad en el par?, ¿o la caída en la soledad existencial, en la ahora plena conciencia de estar definitivamente sola en el mundo?

Veamos, ahora, la escena del teatro de marionetas: En el colegio donde Véronique enseña música llega un titiritero, Alexandre, con sus bellísimas creaciones:

Es ésta para mí una de las escenas más bellas que haya visto en el cine en toda mi vida.
La autorreferencia es evidente: el texto habla de sí mismo, pone en escena su propia producción: ¿No es acaso el titiritero/ escritor, que maneja los hilos de los personajes de la historia, el doble del director/ autor de la película que maneja los "hilos" de la filmación? ¿No es el público allí presente el doble de los espectadores de la película? ¿No es la representación que presenciamos un doble de la escena que analizamos anteriormente, la de la muerte de Weronika en la plenitud de su arte? Una artista, en este caso una bailarina, cae en plena actuación y por el arte de la magia, se transforma en mariposa: ¿No es acaso este vuelo la explicitación del travelling cenital de la escena anterior? ¿Se ha convertido también Weronika en mariposa como su doble de la ficción?
Ya cerca del final, Véronique despierta en la casa de Alexandre. El titiritero (¿el director?) está trabajando en una nueva obra que representará la doble vida de Verónica. Alexandre le muestra las nuevas marionetas en las que la chica se reconoce casi con tristeza:
-¿Por qué dos? -pregunta Véronique.
-Durante la función, las toco mucho -contesta Alexandre- se estropean.
¿Será que así funciona la trama de la Historia? ¿Será que no somos más que un boceto de una obra de arte por venir, un borrador de un futuro y lejano original, un repuesto por si nuestro doble se rompe?... ¿Cuántos borradores cada vez más perfectos habrá de nosotros? ¿Existirá en verdad algo parecido a un "original"? ¿Y el titiritero/ escritor no repite al director quien, a su vez, repite al Creador quien a su vez repite al Creador quien a su vez...? ¿Y así, una y otra vez, una y otra vez, infinitamente...?

Y sí... Hay películas que veo una y otra vez con sublime adoración. Como cuando era chiquita y exigía una y otra vez los mismos cuentos, las mismas historias...

Hasta la próxima.

(1) Una anécdota curiosa: El supuesto compositor barroco holandés que la Verónica francesa anota para sus alumnos en el pizarrón, el enigmático Van den Budenmayer, nunca existió en realidad. La música de la banda sonora de esta película pertenece al músico fetiche de Kieslowski, el genial Zbigniew Preisner. Durante mucho tiempo se mantuvo el mito de la existencia del compositor holandés cuya verdadera identidad se reveló recién a la muerte del director polaco y que aparece nombrado no sólo en esta película sino también en otras del mismo director.

viernes, 7 de mayo de 2010

¿Una generación de "boludos"?

A mi amigo Daniel Cámpora, compañero de charlas entre vinito y vinito.

"__¿Qué hacé, boludo? ¿Todo bien, boludo?
__Todo tranquilo, boludo, ¿y vo, boludo?
__Todo bien, boludo. Rebién, boludo, en serio. "
(Escuchado como al pasar en una charla entre adolescentes)

Es ya un lugar común que los adultos de mi generación critiquemos a nuestros adolescentes por el uso indiscriminado y para mi gusto abusivo del apelativo "boludo" o "boluda". Sin embargo, no hemos hecho más que criticarlos en lugar de abocarnos a analizar las causas de este uso tan extendido entre nuestros jóvenes de la palabra "boludo" o "boluda" como mero apelativo para convocar al par. Y mucho menos nos hemos preocupado por medir las consecuencias que todos los argentinos hemos sufrido, sufrimos y sufriremos por la banalización de este querido vocablo que nos ha representado y nos representa hoy en todo el mundo, y que está casi a la altura de un Borges, un Piazzolla o un Maradona.
Concordarán conmigo en que, cuando nosotros, los que estamos arañando los cincuenta, éramos adolescentes, también teníamos nuestros propios vocativos. "Loco", "flaco", "hermano"... eran algunos de los motes que usábamos para llamarnos entre nosotros. ¿Alguien recuerda el enojo de nuestros padres cuando nos escuchaban hablar de "ese" modo? ¿O cuando cantábamos "Cocaine" a voz en cuello arrebatados por la música y la comunión de estar entre amigos?
Mi mamá, por ejemplo, se enojaba cuando decía "¡Qué bronca!" y entonces me corregía diciéndome: "Nena, no se dice ¨qué bronca¨, se dice ¨qué fastidio¨". Yo me imaginaba diciendo "qué fastidio" en alguna de las reuniones de entonces y me reía de sólo pensar en las caras que pondrían mis amigos y mis amigas ante semejante alocución.
¿Es casual que uno de los vocativos que más usaba nuestra generación fuera el de "loco"? Si lo pensamos un poco, el vocativo "loco" tenía su razón de ser. Éramos los herederos de la generación hippie, de la generación que cambió los modos de mirar el mundo y que privilegió el amor por sobre todas las cosas, que revolucionó el concepto de familia y pregonó la libertad sexual. ¿Quién de nosotros no estaba orgulloso de "estar un poco loco" en una sociedad ahogada en estructuras y deberseres?
No era, pues, tan "loco" que nos llamáramos "loco", "loquito", "loca", "loquita" y nos vistiéramos con largas polleras y sandalias franciscanas, con vinchas de flores naturales y túnicas de bambula teñida al batik. Nos vestimos como ellos aunque no éramos ellos porque estábamos orgullosos de su revuelo social. Y así vestidos, militamos el "hagamos el amor y no la guerra" e hicimos política porque sabíamos que el mundo no podía seguir siendo tal como era, no podía seguir funcionando tal como estaba.
Muchas veces hemos dicho en este espacio que el lenguaje no es para nada inocente y los modos en que los jóvenes de las diferentes generaciones se han llamado a sí mismos no son nunca meramente casuales. Si bien los apelativos terminan siendo solamente eso: apelativos, nunca pierden el sentido original de la palabra o las palabras que lo forman. Tal vez, y sólo tal vez, nos llamábamos "loco" o "loca" porque en nuestra generación hubo muchos "locos" y "locas" que dieron la vida por un ideal, porque otros "locos" con sandalias o "locas" semidesnudas cantaban "Libros sapiensales" o "Jugo de tomate frío" en la playa bajo la luna, en lugar de trabajar o de estudiar y porque muchos "locos" le dijeron "no" al casamiento, "no" a las normas, "no" a la hipócrita sociedad.
Y ahora me pregunto qué fue lo que hizo que los adolescentes de hoy en día (pero también los de la década del 90) se llamaran uno a otro "boludo" o "boluda". ¿Qué hizo que inconscientemente se vieran a sí mismos de ese modo? ¿Será que entre nuestra generación y la siguiente ocurrió una dictadura feroz que apuntó a aniquilar la inteligencia, la rebelión, las ganas de volar? ¿Será que esa matanza no sólo asesinó cuerpos e ideas sino que, además, asesinó a la "locura" para que la "boludez" tuviera el terreno libre en las jóvenes mentes de nuestros jóvenes adolescentes? ¿O será que el "boludo" no es más que una maniobra de rebelión juvenil inconsciente contra el lenguaje instaurado, contra quienes nos creemos los dueños del lenguaje, contra quienes nos creemos con derecho a decirle a los jóvenes cómo tienen que hablar? ¿No sufrimos también, acaso, por parte de nuestros padres esa soberbia de creerse ellos mismos los dueños del buen decir? ¿En verdad podemos enojarnos con nuestros jóvenes porque se llaman uno a otro "boludo" o "boluda"? No lo sé. En verdad, no lo sé.
Lo que sí sé es que los subestimamos cuando creemos que no saben con quién o cuándo usar el apelativo, que es más fácil echarle la culpa a ellos y a las nuevas tecnologías que darnos cuenta de que somos nosotros, los adultos, quienes no podemos o no sabemos ponerles un límite. Cuando decimos indignados: "¡Lo que pasa es que con eso del msn se han acostumbrado a escribir cualquier cosa!", o: "No sé qué hacer con mis hijos que me tratan de boludo como si yo fuera un compañerito más", en realidad, lo que estamos haciendo no es otra cosa que esquivar el bulto. Yo creo que los chicos manejan más códigos que nosotros y que saben perfectamente cuál corresponde a cada situación comunicativa. En todo caso, dependerá de nosotros, sus guías, poner los límites cuando corresponde. Convengamos que es más fácil "dejarlo pasar" que ponerse firme en la decisión de no dejarlos ir más allá de lo que ellos en realidad quieren ir, porque en definitiva, si algo nos están pidiendo a gritos nuestros adolescentes es que les pongamos un límite. Inconscientemente saben que preocuparnos es quererlos. Ningún hijo, ningún alumno se siente cómodo cuando los padres o sus docentes son demasiado permisivos.
Para terminar con este tema, a mí, particularmente, lo que en verdad me molesta es la banalización que el otrora inigualable insulto argentino ha sufrido a partir de las últimas generaciones de jóvenes. ¿Qué ha quedado de la bellísima violencia de la palabra "boludo" o "boluda", sólo superada por la más bellísima aún: "pelotudo" o "pelotuda"? ¿Qué ha quedado de ella después de esta apropiación juvenil del término como un vocativo inocuo cuando no insoportablemente amistoso? ¿Qué queda de la belleza de las malas palabras a las que se ha referido Roberto Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua que se llevó a cabo en Rosario en agosto de 2004 (Ver aquí)? Nada. No queda nada. Tal vez una leve diferencia en la entonación, en la acentuación un poco más violenta de la sílaba "lu"...
Pero esto es nada o casi nada... Ahora somos todos boludos y no nos diferenciamos ya como boludos los unos de los otros.
Hasta la próxima.

domingo, 18 de abril de 2010

La cinta blanca o el desafío de abrir las puertas

Si en Caché (Escondido), Michael Haneke desafiaba la mirada y nos hacía preguntarnos permanentemente quién mira a través de esa lente que no nos lleva de las narices para indicarnos qué mirar o qué focalizar, en esta cinta en blanco y negro, La cinta blanca (Das weisse bande), el director austríaco vuelve para desafiarnos otra vez el mirar y el escuchar y, como siempre, el sentir. Si en Caché se nos ocultaba el ojo, acá lo que se oculta es lo mirado. Desde la ausencia de color hasta el fuera de campo casi obsesivo, La cinta blanca es una fiesta para los sentidos pero también y sobre todo un desafío a la inteligencia y a la competencia cinematográfica del espectador: Desde Tarkovsky a Bergman hasta Shyamalan en El bosque o, incluso la inolvidable Village of the Damned de John Carpenter, las reminiscencias de La cinta blanca cliquean la memoria del cinéfilo y lo invitan a una variada red intertextual.
Un pueblito protestante en Alemania en 1913, la voz en off del maestro que intenta comprender lo que pasó muchos años después: una serie de sucesos extraños: el accidente del médico, el de la campesina, el secuestro y la tortura del hijo del barón, el incendio del granero, el que aparece ahorcado en un galpón... El pastor, los hijos del pastor... y el huevo de la serpiente, la pregunta por la Historia desde la historia...
Pero la película no da respuesta alguna. Haneke invita una vez más al espectador a la mudez que da paso al pensamiento y a la pregunta por la pregunta de la pregunta. La cinta blanca abre puertas porque las cierra a la mirada: como la escena del castigo corporal: cámara fija y puerta cerrada o la del campesino cuyo llanto por su esposa muerta nos llega desde detrás de una pared, o el piano de la baronesa que se adelanta a lo visual y nos instala en el límite entre lo diegético y lo extradiegético. Todo está pero no se ve, todo se sabe desde el principio pero nadie hay detrás de ese ojo para que nos lo confirme. Todo es y no es...
Así, La cinta blanca es un policial, y no; es suspenso y es terror, y no; es una pregunta por el origen de la maldad, y no... Es todo eso y mucho más: es bellísima fotografía y es excelente actuación, es narración que crece a pasos agigantados y es plano fijo en el final que, como en Caché, es la mirada que vela el mirar, es la puerta que se abre...
La cinta blanca se estrena el jueves 22 de abril. No se la pierdan.

sábado, 17 de abril de 2010

La ternura y el espanto...

SI DULCEMENTE

si dulcemente por tu cabeza pasaban las olas
del que se tiró al mar/ ¿qué pasa con los hermanitos
que entierraron?/¿hojitas les crecen de los dedos?/¿arbolitos/
[otoños
que los deshojan como mudos?/en silencio

los hermanitos hablan de la vez
que estuvieron a dostres dedos de la muerte/sonríen
recordando/aquel alivio sienten todavía
como si no hubieran morido/como si

paco brillara y rodolfo mirase
toda la olvidadera que solía arrastrar
colgándole del hombro/o haroldo hurgando su amargura
[(siempre)
sacase el as de espadas/puso su boca contra el viento/

aspiró vida/vidas/con sus ojos miró la terrible/
pero ahora están hablando de cuando
operaron con suerte/nadie mató/nadie fue muerto/el enemigo
fue burlado y un poco de la humillación general

se rescató/con corajes/con sueños/tendidos
en todo eso los compañeros/mudos/
deshuesándose en la noche de enero/
quietos por fin/solísimos/ sin besos

Juan Gelman