Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla...
¿Qué tiene que ver un poema de El árbol de Diana de Alejandra Pizarnik con El hombre de al lado, la película dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat y protagonizada formidablemente por Daniel Aráoz y Rafael Spregelburd?
En primer lugar, la poesía. El poema como espacio privilegiado del yo es muy parecido a la casa propia. Mucho más cuando el único espacio en el que se desarrolla la trama de la película es la casa Curutchet, diseñada nada más ni nada menos que por Le Corbusier. La casa Curutchet es la representación del arte, el poema que nunca dirá el hombre de al lado, el que vive del lado de allá. Es el espacio que se muestra a través de grandes paredes v
idriadas y que invita al turista o al especialista en arte a fotografiar, a desear, a mirar desde afuera.
En segundo lugar, lo poético. Si la casa es el poema, la cámara es el sujeto poético, es el ojo a través del cual la recorremos. Cada encuadre es un objeto de diseño, un hecho estético en sí mismo que prescind
e del guión. El ojo que nos instala cómodamente dentro de ese espacio- poema es, al mismo tiempo, el que vuelve extraño el lugar habitual, es el que hace que nos preguntemos a poco de empezar la película, cuál de los dos protagonistas es, en verdad, el hombre de al lado.
En tercer lugar, el agujero y la pared que tiembla. Un agujero que quiere ser ventana: entrada de luz, mirada al mundo… un agujero que hace temblar la pared pero que, por sobre todas las cosas, desestabiliza el adentro e instala la pregunta por la identida
d: quién es esta mujer que vive al lado mío, quién es mi hija, quién soy yo. El agujero es límite y frontera entre mi espacio y lo otro, el agujero es lo que rompe el buen decir y el buen arte. El agujero es invasión e invitación a espiar el espacio del otro: permite la mirada y la posibilidad de ser visto, ya no desde la cámara fotográfica del turista o del especialista en arte, sino desde el “grasa”, el “impresentable”, el otro que, de ninguna manera soy yo.
En cuarto lugar, las versiones. Un agujero, dos espacios. Primera imagen de la película. Un lado de acá y un lado de allá. Pantalla partida y la pared que tiembla. Frontera, límite que es separación más que encuentro y, sin embargo, es inevitablemente encuentro, fatalidad y tragedia. Dos versiones de la vida: ¿Quién es para cada uno de nosotros el hombre de al lado? ¿El grasa impresentable que conquistó a la mejor petera de la ciudad o el diseñador pedante que elige matar en el otro lo que no le gusta de sí? ¿Cuál es mi versión del hombre de al lado? El plano final nos coloca del lado de allá. Y es cierre. Y es clausura.
Finalmente, lo que nos propone. Una comedia negra. Carcajadas. Un buen guión. Buenos encuadres. Y la peor de las preguntas: ¿Cuántos de nosotros mismos hay en el pedante diseñador? ¿Cuántos de nosotros no deseamos exterminar en el otro lo que no nos gusta de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no somos él?
No se la pierdan.
idriadas y que invita al turista o al especialista en arte a fotografiar, a desear, a mirar desde afuera.En segundo lugar, lo poético. Si la casa es el poema, la cámara es el sujeto poético, es el ojo a través del cual la recorremos. Cada encuadre es un objeto de diseño, un hecho estético en sí mismo que prescind
e del guión. El ojo que nos instala cómodamente dentro de ese espacio- poema es, al mismo tiempo, el que vuelve extraño el lugar habitual, es el que hace que nos preguntemos a poco de empezar la película, cuál de los dos protagonistas es, en verdad, el hombre de al lado.En tercer lugar, el agujero y la pared que tiembla. Un agujero que quiere ser ventana: entrada de luz, mirada al mundo… un agujero que hace temblar la pared pero que, por sobre todas las cosas, desestabiliza el adentro e instala la pregunta por la identida
d: quién es esta mujer que vive al lado mío, quién es mi hija, quién soy yo. El agujero es límite y frontera entre mi espacio y lo otro, el agujero es lo que rompe el buen decir y el buen arte. El agujero es invasión e invitación a espiar el espacio del otro: permite la mirada y la posibilidad de ser visto, ya no desde la cámara fotográfica del turista o del especialista en arte, sino desde el “grasa”, el “impresentable”, el otro que, de ninguna manera soy yo.En cuarto lugar, las versiones. Un agujero, dos espacios. Primera imagen de la película. Un lado de acá y un lado de allá. Pantalla partida y la pared que tiembla. Frontera, límite que es separación más que encuentro y, sin embargo, es inevitablemente encuentro, fatalidad y tragedia. Dos versiones de la vida: ¿Quién es para cada uno de nosotros el hombre de al lado? ¿El grasa impresentable que conquistó a la mejor petera de la ciudad o el diseñador pedante que elige matar en el otro lo que no le gusta de sí? ¿Cuál es mi versión del hombre de al lado? El plano final nos coloca del lado de allá. Y es cierre. Y es clausura.
Finalmente, lo que nos propone. Una comedia negra. Carcajadas. Un buen guión. Buenos encuadres. Y la peor de las preguntas: ¿Cuántos de nosotros mismos hay en el pedante diseñador? ¿Cuántos de nosotros no deseamos exterminar en el otro lo que no nos gusta de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no somos él?
No se la pierdan.
Hasta la próxima.
