"En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pen, opta -simultáneamente- por todas..."
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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Orden y disciplina

En estos últimos tiempos hemos asistido a situaciones públicas que bien podrían haber formado parte del mejor de los programas de Diego Capusotto o de alguno de los mejores monólogos que Tato solía terminar de manera genial con su “¡Vermouth con papas fritas y good show!”. Hemos visto desfilar por la pantalla de televisión a Micky Vainilla (ahora sin bigotes) diciendo que los inmigrantes latinoamericanos son narcotraficantes y criminales y hemos tenido algo muy parecido al profesor Strasnoy (¡Hablá bien, pelotudo!) dando cátedra sobre el significado de las palabras en la Escuela Kennedy y el David Rockefeller Center de Boston en los Estados Unidos. En esta oportunidad, la parodia barata del conocido profesor capusotteano no necesitó sus conocidos métodos persuasivos porque las blancas palomitas estadounidenses acordaron en todo con sus dichos: “En la Argentina es imprescindible poner orden porque se puede desmadrar la situación” y agregó: “hay una falsa concepción que dice que el orden es de derecha. En la Argentina hay una necesidad de poner orden. Respetar la norma en todo sentido."
La pregunta que deberíamos hacernos no es si la concepción del orden como perteneciente al campo del discurso de derecha es o no falsa, sino que la pregunta debería girar en torno a quién pone "la norma" que debe ser respetada para que la armonía reine definitivamente sobre el caos, como quiere este ex presidente no electo devenido en profesor.
Por otro lado, habría que preguntarse además acerca de la incidencia de la palabra sobre las cosas y viceversa. Las palabras "caos" y "crispación", por ejemplo, han tenido un protagonismo tal en los noticieros de televisión a lo largo de este año que, en algunos casos, hemos tenido que preguntarnos cuándo las cosas generan las palabras y cuándo son las palabras las que generan las cosas. La palabra "caos", recordemos, se ha utilizado a lo largo de este año tanto para describir el festejo del Bicentenario como para describir un embotellamiento por un conflicto social.
Por todo esto, como tantas otras veces en este espacio, me gustaría reflexionar acerca de las palabras y de su relación con las cosas. En esta ocasión, por ejemplo, el significado de la palabra “orden” y su relación con la supuesta (o no) vinculación con un discurso de derecha.
Tal vez nos sirva para comenzar a pensar, establecer un paralelismo con una de las áreas que mejor conozco que es la educación. En educación, por ejemplo, el concepto de “orden” ha imperado desde tiempos inmemoriales en cualquier aula que se precie de tal. “Orden y disciplina”, rezaba un viejo maestro desde la clase de al lado de la mía en la primaria del colegio en el que estudié mientras volaban tizas, insultos y papelitos por los sagrados aires de la sacrosanta clase de quinto grado. Durante mucho tiempo, en Educación, imperó la idea de un supuesto orden relacionado con la ausencia de conflictos. Negar el conflicto fue, entonces, la manera de negar las diferencias y de imponer la figura autoritaria del docente como norma y valor absoluto e indiscutible dentro del ámbito escolar.
Con el tiempo, algunos docentes nos fuimos dando cuenta de que invisibilizar el conflicto no hace que desaparezca. En todo caso, lo único que muestra es la inoperancia que tenemos los adultos para lidiar con él y con sus consecuencias. Así, muchos entendimos que, lejos de borrar el conflicto, había que ponerlo en evidencia y, en todo caso, convertirlo en herramienta pedagógica para aprender siempre algo nuevo de él. Supimos, entonces, que el “orden” no es algo que se impone desde el poder sino algo que se conversa y se gestiona en equipo para prevenir actos de violencia de los cuales podríamos arrepentirnos después. Me pregunto qué opinaría ese papá de clase media que pide a gritos represión en las tomas de los predios públicos, si los docentes para “poner orden” comenzaran a repartir 1 (unos) entre los alumnos porque interrumpen la ordenada y sapiente voz del profesor y más tarde, ante la protesta de los mismos por tamaña injusticia, el docente y todos los directivos empezaran a repartir sopapos o a mandar a todos a examen con la excusa de “mantener el orden y la disciplina escolar”.
Me pregunto, además, qué ocurriría con un docente que constantemente está pidiendo a la dirección del colegio que intervenga en su clase porque no puede manejar el grupo. ¿No es muy similar al caso (mucho más grave esta vez por el grado de responsabilidad que implica) de un jefe de gobierno que constantemente está pidiendo a la Nación que lo ayude porque no puede mediar en los conflictos que se desencadenan en su juridicción? ¿Qué pasaría si el docente no se anima a "castigar" con sus propios instrumentos el desorden que sus alumnos han provocado en su propia clase, pero le exige a los directivos que con todo el rigor del sistema disciplinario repongan el orden aplicando masiva e indiscriminadamente amonestaciones a todo el curso? ¿No es muy similar al caso de un jefe de gobierno que no se anima a dar la orden a su policía (creada, además, por él para colaborar con la tan mentada "seguridad") y exige a la Nación que envíe a la suya para que le salve las papas en un conflicto que él mismo no supo prevenir, ni siquiera prever, o lo que es mucho peor, que él mismo provocó con su inoperancia y su irresponsabilidad?
Por eso, el orden debería pensarse desde la prevención, desde el accionar destinado no a evitar el conflicto, que es inevitable en cualquier sociedad libre y plural, sino como una actividad pensada para prevenir la violencia que es el verdadero flagelo que, por otra parte, han instalado los mismos que hoy hablan de la "necesidad" de un supuesto y sagrado "orden social".
Es entonces cuando nos preguntamos desde dónde hablan los que hablan de orden y por qué, en general, tendemos a asociar el concepto de “orden” a la derecha más repulsiva y tradicional. No porque el orden sea en sí mismo algo malo, al contrario, el orden es absolutamente necesario para la convivencia social. El tema es quién pone las normas y quiénes están dispuestos a respetarlas y a hacerlas respetar. Si el orden es la consecuencia de un Estado represivo, de las balas impuestas por un organismo policial, entonces la palabra “orden” estará ligada a la derecha, es decir, a quienes creen que la verdad está en quienes tienen el poder de la fuerza. En cambio, si hablamos de “orden” como una consecuencia de la prevención para evitar la violencia negociando el conflicto y buscando las normas de manera consensuada y racional, entonces el “orden” será una medida ligada a una visión progresista que acepta las diferencias y hace de esas diferencias una herramienta de aprendizaje que enriquece nuestra cultura en lugar de “ensuciarla”.
En este sentido no es para nada casual que en el discurso de un hombre que suele provocar "caos" en los fines de año cuando el poder se le escapa de las manos, que tiene en su haber varias muertes por represión en conflictos sociales y en cuyo acto de lanzamiento a su precandidatura presidencial estuvo presente nada más ni nada menos que la apóloga de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar, la impresentable Cecilia Pando, la palabra "orden" se repita tres veces en menos de tres renglones. Por discursos como éste que vienen de quien vienen, tendemos a asociar el concepto de "orden" con la derecha. Pero no necesariamente debería ser así, por eso, la necesidad de pensar y repensar el lenguaje una y otra vez, para que no nos atraviese como si fuéramos el mero papel higiénico o la carilina de los culos y narices de quienes pretenden detentar el poder a cualquier precio, precio que incluye el de la violencia y de la muerte que, ¡Oh, casualidad!, siempre termina en muerte de gente pobre e indefensa en lucha por sus derechos.
En fin, es bueno estar advertidos acerca del modo en que ciertas personas usan las palabras pero sobre todo es bueno reflexionar acerca del modo en que nosotros las usamos porque no siempre las palabras significan lo que uno quiere que signifiquen o significan para el otro lo que uno cree que para el otro significan.
En este sentido, quiero despedirme esta vez con uno de los diálogos más maravillosos que se han escrito en relación con el problema del significado de las palabras y su relación con las cosas en la literatura universal:

“—Cuando yo uso una palabra —dijo (Humpty Dumpty) en un tono bastante desdeñoso— significa lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.
—La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes
—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el amo, eso es todo”

(Lewis Carrol, Alicia a través del espejo)

Cuando se habla de “orden”, entonces, no importa si es una palabra asociada a la derecha o a la izquierda. Lo que en verdad importa es en qué sentido y desde dónde habla de "orden" el que habla de "orden" y sobre todo, qué significado le damos nosotros a las palabras, para que, una vez más tratemos de ser nosotros quienes usamos el lenguaje y no quienes somos usados por él.
Seamos nosotros los amos.
Hasta la próxima.

domingo, 31 de octubre de 2010

Algo habrá hecho.

A la memoria de Néstor Kirchner.

Entre tantas emociones encontradas a lo largo de estos tres días de multitudinaria despedida a uno de los líderes argentinos más importantes de los últimos cincuenta años, me gustaría una vez más hacer hincapié en las palabras.
Ayer nomás, hace apenas nueve años, la gente salía a la calle con cacerolas y gritaba enardecida: “Que se vayan todos”. Si bien, como mujer política que fui toda mi vida, nunca estuve de acuerdo con esa consigna, entiendo hoy que su puesta en escena estuvo absolutamente justificada y justificada, incluso, en la clase media que, por primera vez, se veía claramente afectada en su bolsillo y que, también por primera vez, sentía en carne propia el despojo del que sólo habían sido víctimas hasta entonces, las clases bajas y los desclasados.
“Que se vayan todos”, entonces, fue el final de un camino que sólo podía conducir a la crisis económica, al corralito y al corralón. Era el camino del ajuste, de la rebaja en los sueldos de los jubilados, de un salario mínimo clavado en 200 o 250 pesos desde el año 1993.
Las palabras vueltas consignas servían entonces a los grandes grupos económicos que, junto a sus socios y voceros, los políticos, vieron el camino libre para seguir llenando sus arcas a costa de los despojados de siempre y los despojados de ahora: Cuanto menos creyéramos en la política, más fácil sería para ellos seguir manejando nuestras mentes y nuestros bolsillos.
Hoy, las consignas ya no son las mismas y cuando escucho a miles de jóvenes que agradecen a Néstor Kirchner la devolución de la confianza en la militancia política, gritando las viejas consignas como “hasta la victoria siempre” o “ni un paso atrás”, me digo que algo tiene que haber hecho este señor para que pasáramos en apenas nueve años del inoperante “que se vayan todos” al demandante “ni un paso atrás”.
Algo habrá hecho Néstor Kirchner y ese “algo” no es (no puede ser) un producto meramente discursivo.
Si bien hay que reconocer que fue Kirchner quien puso nuevamente en el centro del discurso político palabras como “pueblo”, “memoria”, “militancia” o “derechos humanos”, esas palabras que habían sido exiliadas por “trasnochadas” del discurso de los 90, me pregunto si, sin la confrontación real entre el poder político y el económico, hubiera sido posible instalar la discusión en la mesa del comedor, en los cumpleaños, en la escuela, en la universidad, en el trabajo y hasta en los medios. Me pregunto si no ha sido necesario, además, confrontar y en esta confrontación, mostrar, develar y revelar el poder económico oculto detrás de los grandes medios de comunicación, esa máquina de lavar cerebros que fue el monopolio mediático antes, durante y después de la dictadura militar.

Me pregunto si no fue necesario también desenmascarar a la Sociedad rural y a sus obsecuentes y humillados “socios” de la Federación agraria (a quienes por ese entonces se dio en llamar “el campo”) para darnos cuenta de que los buenos y campechanos gauchos son los que se han quedado con la torta sojera y con las ganancias de los pequeños y medianos productores después del tristemente famoso voto “no positivo”.
Me pregunto si no ha sido necesario, además, confrontar y en la confrontación mostrar, develar la mentira, la usura, el verdadero fondo del Fondo Monetario Internacional para que nos diéramos cuenta de que el crecimiento económico era posible sin su prestigiosa y desinteresada ayuda.
Algo habrá hecho, insisto, Néstor Kirchner porque muchos hemos comenzado a reparar en las palabras; a preguntarnos, por ejemplo, la diferencia entre “piquetero”, “ruralista” y “asambleísta”: Como todos cortaban las calles o las rutas o los puentes, no entendíamos muy bien si la diferencia era una cuestión de color, de origen geográfico, de clase social o de objeto a interrumpir con sus palos, tractores o camiones. No entendíamos por qué estaba mal visto que un “negrito” cortara una calle y muy bien visto que un “gauchito” cortara una ruta.
Tampoco podíamos entender muy claramente por qué se “presiona” a la Justicia cuando se le demanda la plena vigencia de una ley votada por el Congreso por amplia mayoría, pero no se la “presiona” cuando debe resolver los intereses de una empresa privada como Fibertel. Y en esa incomprensión fue que empezamos a cuestionar las palabras que nos relataban lo que llamábamos “realidad”.
Algo habrá hecho seguramente Néstor Kirchner para que entendíéramos (no sólo en la Academia, sino también en la calle) que la realidad era una construcción, un relato y que la “verdad” no estaba, como creímos toda la vida, en la televisión ni en los diarios (digo "como creímos toda la vida" con reservas y porque somos un pueblo con altas dosis de amnesia, porque ya sabíamos que no era así, porque habíamos vivido una guerra cuyo “triunfo” fue una “verdad” televisiva hasta que la realidad nos cayó encima como una piedra allá por 1982).
Algo habrá hecho Néstor Kirchner para que en su despedida, miles y miles de jóvenes, algunos llorando; otros, con la rabia por una muerte prematura, le gritaran a la presidenta, a su compañera de toda la vida: “Ni un paso atrás”.
“Ni un paso atrás”
es, sin lugar a dudas, una consigna que agradece el hecho de haber cambiado el rumbo que nos llevó al desastre del 2001, un camino que todos los que estuvimos en la Plaza queremos seguir transitando para ir por más, pero es también y por sobre todas las cosas, una demanda, un imperativo, una llamada a no bajar los brazos y a seguir resistiendo uno a uno los embates de quienes no quieren ceder un solo centavo de sus bolsillos llenos. “A muerte”, dijeron muchos en la capilla ardiente, tal vez un poco exageradamente. O no.
Algo habrá hecho Néstor Kirchner para pasar en sólo nueve años del “que se vayan todos” al “ni un paso atrás”.
Algo habrá hecho
Néstor Kirchner para que quienes desearon su muerte, hoy no sepan qué carajo hacer con tanto joven irrespetuoso.
Hasta la próxima y hasta la victoria siempre.
Sí, hasta la victoria siempre, ¿y qué?

lunes, 9 de agosto de 2010

No hay pelotudo que no tenga un blog

En un artículo llamado “El placer de escribir”, Umberto Eco se preguntaba acerca del porqué no nos escandalizamos por el hecho de que haya mucha gente que toca la guitarra, que canta, representa, pinta o hace cerámica pero sí nos escandalizamos cuando vemos que hay mucha gente que escribe. Esto es lo que parece escandalizar al filósofo José Pablo Feinmann cuando dice que en Argentina “no hay pelotudo que no tenga un blog” y lo dice tan enojado que uno termina preguntándose qué es lo que, en verdad, le molesta: “A la mayoría de los que escriben blogs, un buen jefe de redacción les daría una patada en el culo y los echaría por la pésima prosa que tienen. No es cuestión de “voy a ponerme un blog…” Hay que saber escribir también; si no, no le hagas perder tiempo al que te lee, no lo agredas con tu mala prosa.” Y termina diciendo el prestigioso filósofo que “ese democratismo” le parece realmente “agraviante con el lector”.

Cuesta creer que un intelectual del prestigio de Feinmann se enoje tanto con gente que escribe por el simple placer de escribir, sin cobrar un peso y que no le pone un revólver en la cabeza a nadie para que lea lo que, bien o mal, ha escrito. En este sentido, no se entiende de qué manera constituiría un agravio al lector: Todo el mundo sabe que ningún acto de escritura garantiza y, mucho menos, obliga el acto de lectura; todo el mundo sabe que la lectura es un acto introspectivo e individual y que, aún en el ámbito escolar, es un acto absolutamente voluntario que no puede obligarse ni mucho menos, violentarse. Nadie, por lo tanto, va a “perder el tiempo” leyendo algo que no quiere leer.
Lo que, en verdad, parece molestarle a Feinmann es lo que él mismo llama despectivamente “ese democratismo” que no es otra cosa que la democratización de la escritura y de la lectura que posibilitó la existencia de la red y de estos nuevos formatos (con sus aciertos y sus desaciertos) que permiten eludir a los supuestos “dueños” de la palabra escrita que han sido siempre quienes decidieron qué debía leerse y qué no. Esta proliferación de bloggers, de escritores amateur que, de pronto, invaden el espacio cibernético y que, por si esto fuera poco, son leídos y comentados por sus pares y por sus lectores sin permiso de nadie, no puede menos que molestar a autores consagrados como Feinmann, que conciben la escritura como el exclusivo derecho de unos pocos que “saben escribir”. Al respecto dice Umberto Eco (que tiene casi tanto prestigio como Feinmann): “Imaginar poemas, historias, páginas de diario o cartas debería ser también algo que todos hacen, así como andar en bicicleta, sin ambición de intervenir en la Vuelta a Italia. ¿Por qué, entonces, quien escribe debe ser un Moravia o un fracasado? (…) Es que después de la invención de la escritura, los escritores han rodeado su actividad de una atmósfera hermética y sacra.” Es decir, una actividad exclusiva, selectiva, que sólo puede llevar a cabo una cierta “elite”. En este sentido, no es casual que la Facultad de Filosofía y Letras no incluya en su programa materias obligatorias donde los alumnos asistan a prácticas de su especialidad, como sí las tienen las carreras de Bellas Artes o el Conservatorio de Música. Parecería que tanto las artes plásticas como las musicales sí pueden ser practicadas por las bestias terrenales mientras que a la literatura sólo tendrían acceso los representantes del Olimpo académico.
¿Qué es, pues, lo que verdaderamente molesta de “ese democratismo”? ¿Que no sean las editoriales las que decidan qué leer y qué no? ¿Que no sean los grandes medios?[1] ¿Qué no sea la Facultad de Filosofía y Letras la que decida poner de moda a Cortázar, a José Bianco o a Roberto Arlt? Porque, en definitiva, ¿quién determina, señor Feinmann, quién sabe escribir y quién no? ¿Quién determina qué es y qué no es literatura? ¿Sabía escribir Arlt? ¿Según quién? ¿Según Borges, según Piglia…, según quién? ¿Sabe escribir usted? ¿Según quién? ¿Según su “buen jefe de redacción”, según su editor? Se preguntó cuántos prestigiosos escritores como usted abrieron alguno de sus libros en la primera página y lo cerraron en la segunda porque no les gustaba su prosa? ¿Violenta usted a los lectores a quienes no les gusta su prosa? Claro que no, Señor Feinmann. No los violenta usted, ni los agrede, porque ellos tienen todo el derecho de cerrar su libro y arrojarlo por la ventana si no les gusta el modo en que usted escribe. Lo mismo pasa con los lectores de blogs. No los subestime: ellos también saben hacer clic en la cruz del ángulo derecho de la pantalla cuando un texto los aburre o cuando consideran que un escrito tiene una “pésima prosa”. La diferencia es que por su libro han tenido que pagar y por leer un blog probablemente no.
¿No será hora, señor Feinmann, de empezar a estudiar estos nuevos formatos? ¿No será hora de repensar la escritura en función de las nuevas herramientas que han logrado repartir la palabra entre los simples mortales? Acaso, cuando allá por el siglo XV aparecía la imprenta, los sacerdotes que eran entonces los dueños del buen decir, ¿no reaccionaron como reacciona hoy usted frente a los nuevos formatos que permiten las nuevas tecnologías?
Humildemente, creo que no es verdad que el mundo de la escritura se divida entre los escritores “editados” que “saben escribir” y los “bloggers pelotudos” con “mala prosa”. Simplemente creo que existen los “buenos” escritores y los “malos”, cualquiera sea el medio o el formato que elijan para hacerlo. Y que siempre, en cualquiera de los casos, habrá lectores capaces de diferenciarlos.

Hasta la próxima.

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[1] La movida bloggera, en este sentido, ha constituido en los últimos tiempos un fenómeno comunicacional al que Josefina Ludmer llamaría una de las formas de “las tretas del débil”, pues se ha convertido en una fuente de información alternativa al monopolio comunicacional de los grandes grupos hegemónicos.

jueves, 27 de mayo de 2010

El día después y la reivindicación del conflicto

Aun cuando este espacio no fue pensado para hablar de política, los que me conocen saben que soy una mujer política, plantada en un medio político y con una participación activa en el debate ideológico. Por eso, a pocos días de la culminación de los festejos del Bicentenario, me es imposible dejar de comentar algunos de los relatos que se han escuchado en radio y televisión el día después.
Por un lado, parte de la oposición y ciertos analistas basados en supuestas “encuestas” aseguran que el pueblo argentino ha dado una lección a sus gobernantes durante estos festejos y que, con su participación en las calles, no ha hecho otra cosa que expresar la necesidad de consenso frente al conflicto entre el gobierno nacional y el gobierno de la ciudad que habría “nublado” los festejos en este Bicentenario.
Por el otro lado, están quienes, lejos de querer ocultar el conflicto, hacen de la “caprichosidad” el carácter fundamental del mismo, banalizando de manera vergonzante una diferencia que no sólo es ideológica desde su base, sino que además expresa dos maneras diferentes, incluso contrapuestas, de pensar un país.
Tanto quienes pretenden ocultar o disimular el conflicto como quienes lo banalizan al punto de convertirlo en una mera pelea de chusmas de barrio intentan instaurar un panorama desideologizado y aséptico indigno de los verdaderos tiempos que corren.
Por eso, hoy, en este espacio dedicado a “las palabras y las cosas”, me propongo reivindicar de una vez por todas el conflicto y su verdadera importancia en estos festejos del Bicentenario que lo han puesto en escena en lugar de ocultarlo. Quiero rescatar su positividad y su puesta en evidencia contra la hipocresía política y contra los que todavía hacen del quehacer público una mera cuestión de imagen para el mundo o para los años por venir.
Si el Centenario fue la fastuosidad de los festejos que trataba de ocultar una Ley de Residencia que reprimía a los inmigrantes, si fue la fiesta de unos pocos en medio de un estado de sitio y de una durísima persecución ideológica hacia los cuadros políticos que comenzaban a hacer escuchar su reclamo por una sociedad con más derechos para los obreros, las mujeres y “para todos los hombres del mundo” que querían “habitar el suelo argentino”, si el Centenario representó la promoción de lo que Ricardo Rojas llamó la “pedagogía de las estatuas” para mostrar un país grandioso que estaba muy lejos de serlo más que para los cuatro o cinco que podían en verdad disfrutarlo, HOY, en 2010, el Bicentenario muestra a todas luces y sin ocultamientos la puesta en escena del conflicto en un ambiente de libertad de expresión como pocas veces hubo a lo largo de toda esta centuria, sin represiones ni a piqueteros ni a movimientos sociales ni a manifestaciones del campo ni a ambientalistas ni a periodistas que, aunque dicen tener miedo (¿a un cartel?), nunca expresaron su miedo ni el de sus colegas desaparecidos durante los gobiernos dictatoriales que sí metieron miedo en este país.
Y ES QUE SÍ, SEÑORES, ACÁ HAY CONFLICTO Y ES BUENO QUE ASÍ SEA. Es bueno que lo vayan entendiendo de una vez por todas. Acá hay conflicto entre el poder político y el económico como hacía mucho tiempo que no sucedía en el país. Acá están, por un lado, los resabios menemistas de la farándula, con su pizza y su champagne y, por el otro, la presencia de los artistas del interior del país y los artistas latinoamericanos en un escenario que recibió de manera gratuita a un público increíble que festejó cantando el himno con la emoción y la garra que sólo escuchábamos en los mundiales de fútbol.
Por eso, no nos vengan con la cháchara de “El obelisco y el Colón, un solo corazón”, que ninguno de los que estuvo allí presente en los festejos cantó nada por el estilo por si quieren enterarse los serios y circunspectos hacedores de encuestas.
Lo mismo corre para todos aquellos que insisten en “caprichizar” el conflicto, que ignoran o pretenden ignorar que la decisión de la presidenta de no asistir a la reapertura del teatro Colón (y más aún después de haber visto su vergonzosa televisación) se trata de una decisión política e ideológica que pone en escena dos maneras absolutamente distintas de pensar un país: un país que tiene todavía el culo más arriba de la cabeza y que sigue mirando al norte aun cuando el norte se desmorona irremediablemente (y esto no tiene nada que ver con la importancia indiscutible que en el mundo de la cultura tiene desde siempre el teatro Colón) y un país que empieza a mirar a los costados y comienza a identificarse con su historia y con sus orígenes latinoamericanos.
Entonces, señores, les guste o no: HOY, EN 2010, HAY CONFLICTOS.
Y todavía queremos más, muchos más: con el poder minero y con el financiero, con los banqueros que se enriquecen con nuestras crisis, con los jueces truchos y la corrupción, con quienes hicieron que pagáramos la deuda que no nos corresponde pagar.
Más conflictos con todos aquellos que no quieren conflictos.
Y es que ya nadie puede hacernos creer que el conflicto es algo malo. Es algo malo para quien quiere conservar el estado de cosas a cualquier precio para cuidar los bolsillos que tan bien llenaron a costa nuestra y con la anuencia de los gobiernos anteriores; pero no para nosotros, no para la gente, no para el futuro, no para un país que quiere mantener intacta su memoria en función del porvenir. Ningún cambio importante se da ni en las personas ni en las naciones, sin conflicto. Por eso es hora de reivindicarlo y de colocarlo en su justo lugar, porque ocultar el conflicto es tan ideológico como mostrarlo.

Por último, creo que el pueblo no salió a la calle para expresar su desacuerdo con ninguna falta de consenso, ni contra ningún supuesto “capricho” presidencial, ni siquiera salió a la calle para apoyar a un gobierno. Simplemente salió a la calle para expresar nada más ni nada menos que su sentido de pertenencia, su necesidad de estar cerca del par y de identificarse con el de al lado por un pasado en común que no es otra cosa que un presente y un futuro en común: federal y latinoamericano como el que soñaron los verdaderos héroes de la Patria, desde Moreno y Belgrano hasta el inquebrantable heroísmo del Che.
Para eso salió la gente a la calle. Y la pasó muy bien. Muy pero muy bien.

Hasta la próxima.

viernes, 7 de mayo de 2010

¿Una generación de "boludos"?

A mi amigo Daniel Cámpora, compañero de charlas entre vinito y vinito.

"__¿Qué hacé, boludo? ¿Todo bien, boludo?
__Todo tranquilo, boludo, ¿y vo, boludo?
__Todo bien, boludo. Rebién, boludo, en serio. "
(Escuchado como al pasar en una charla entre adolescentes)

Es ya un lugar común que los adultos de mi generación critiquemos a nuestros adolescentes por el uso indiscriminado y para mi gusto abusivo del apelativo "boludo" o "boluda". Sin embargo, no hemos hecho más que criticarlos en lugar de abocarnos a analizar las causas de este uso tan extendido entre nuestros jóvenes de la palabra "boludo" o "boluda" como mero apelativo para convocar al par. Y mucho menos nos hemos preocupado por medir las consecuencias que todos los argentinos hemos sufrido, sufrimos y sufriremos por la banalización de este querido vocablo que nos ha representado y nos representa hoy en todo el mundo, y que está casi a la altura de un Borges, un Piazzolla o un Maradona.
Concordarán conmigo en que, cuando nosotros, los que estamos arañando los cincuenta, éramos adolescentes, también teníamos nuestros propios vocativos. "Loco", "flaco", "hermano"... eran algunos de los motes que usábamos para llamarnos entre nosotros. ¿Alguien recuerda el enojo de nuestros padres cuando nos escuchaban hablar de "ese" modo? ¿O cuando cantábamos "Cocaine" a voz en cuello arrebatados por la música y la comunión de estar entre amigos?
Mi mamá, por ejemplo, se enojaba cuando decía "¡Qué bronca!" y entonces me corregía diciéndome: "Nena, no se dice ¨qué bronca¨, se dice ¨qué fastidio¨". Yo me imaginaba diciendo "qué fastidio" en alguna de las reuniones de entonces y me reía de sólo pensar en las caras que pondrían mis amigos y mis amigas ante semejante alocución.
¿Es casual que uno de los vocativos que más usaba nuestra generación fuera el de "loco"? Si lo pensamos un poco, el vocativo "loco" tenía su razón de ser. Éramos los herederos de la generación hippie, de la generación que cambió los modos de mirar el mundo y que privilegió el amor por sobre todas las cosas, que revolucionó el concepto de familia y pregonó la libertad sexual. ¿Quién de nosotros no estaba orgulloso de "estar un poco loco" en una sociedad ahogada en estructuras y deberseres?
No era, pues, tan "loco" que nos llamáramos "loco", "loquito", "loca", "loquita" y nos vistiéramos con largas polleras y sandalias franciscanas, con vinchas de flores naturales y túnicas de bambula teñida al batik. Nos vestimos como ellos aunque no éramos ellos porque estábamos orgullosos de su revuelo social. Y así vestidos, militamos el "hagamos el amor y no la guerra" e hicimos política porque sabíamos que el mundo no podía seguir siendo tal como era, no podía seguir funcionando tal como estaba.
Muchas veces hemos dicho en este espacio que el lenguaje no es para nada inocente y los modos en que los jóvenes de las diferentes generaciones se han llamado a sí mismos no son nunca meramente casuales. Si bien los apelativos terminan siendo solamente eso: apelativos, nunca pierden el sentido original de la palabra o las palabras que lo forman. Tal vez, y sólo tal vez, nos llamábamos "loco" o "loca" porque en nuestra generación hubo muchos "locos" y "locas" que dieron la vida por un ideal, porque otros "locos" con sandalias o "locas" semidesnudas cantaban "Libros sapiensales" o "Jugo de tomate frío" en la playa bajo la luna, en lugar de trabajar o de estudiar y porque muchos "locos" le dijeron "no" al casamiento, "no" a las normas, "no" a la hipócrita sociedad.
Y ahora me pregunto qué fue lo que hizo que los adolescentes de hoy en día (pero también los de la década del 90) se llamaran uno a otro "boludo" o "boluda". ¿Qué hizo que inconscientemente se vieran a sí mismos de ese modo? ¿Será que entre nuestra generación y la siguiente ocurrió una dictadura feroz que apuntó a aniquilar la inteligencia, la rebelión, las ganas de volar? ¿Será que esa matanza no sólo asesinó cuerpos e ideas sino que, además, asesinó a la "locura" para que la "boludez" tuviera el terreno libre en las jóvenes mentes de nuestros jóvenes adolescentes? ¿O será que el "boludo" no es más que una maniobra de rebelión juvenil inconsciente contra el lenguaje instaurado, contra quienes nos creemos los dueños del lenguaje, contra quienes nos creemos con derecho a decirle a los jóvenes cómo tienen que hablar? ¿No sufrimos también, acaso, por parte de nuestros padres esa soberbia de creerse ellos mismos los dueños del buen decir? ¿En verdad podemos enojarnos con nuestros jóvenes porque se llaman uno a otro "boludo" o "boluda"? No lo sé. En verdad, no lo sé.
Lo que sí sé es que los subestimamos cuando creemos que no saben con quién o cuándo usar el apelativo, que es más fácil echarle la culpa a ellos y a las nuevas tecnologías que darnos cuenta de que somos nosotros, los adultos, quienes no podemos o no sabemos ponerles un límite. Cuando decimos indignados: "¡Lo que pasa es que con eso del msn se han acostumbrado a escribir cualquier cosa!", o: "No sé qué hacer con mis hijos que me tratan de boludo como si yo fuera un compañerito más", en realidad, lo que estamos haciendo no es otra cosa que esquivar el bulto. Yo creo que los chicos manejan más códigos que nosotros y que saben perfectamente cuál corresponde a cada situación comunicativa. En todo caso, dependerá de nosotros, sus guías, poner los límites cuando corresponde. Convengamos que es más fácil "dejarlo pasar" que ponerse firme en la decisión de no dejarlos ir más allá de lo que ellos en realidad quieren ir, porque en definitiva, si algo nos están pidiendo a gritos nuestros adolescentes es que les pongamos un límite. Inconscientemente saben que preocuparnos es quererlos. Ningún hijo, ningún alumno se siente cómodo cuando los padres o sus docentes son demasiado permisivos.
Para terminar con este tema, a mí, particularmente, lo que en verdad me molesta es la banalización que el otrora inigualable insulto argentino ha sufrido a partir de las últimas generaciones de jóvenes. ¿Qué ha quedado de la bellísima violencia de la palabra "boludo" o "boluda", sólo superada por la más bellísima aún: "pelotudo" o "pelotuda"? ¿Qué ha quedado de ella después de esta apropiación juvenil del término como un vocativo inocuo cuando no insoportablemente amistoso? ¿Qué queda de la belleza de las malas palabras a las que se ha referido Roberto Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua que se llevó a cabo en Rosario en agosto de 2004 (Ver aquí)? Nada. No queda nada. Tal vez una leve diferencia en la entonación, en la acentuación un poco más violenta de la sílaba "lu"...
Pero esto es nada o casi nada... Ahora somos todos boludos y no nos diferenciamos ya como boludos los unos de los otros.
Hasta la próxima.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mujeres y lenguaje

Siempre me resultó problemático el 8 de marzo como el "Día internacional de la mujer". Por un lado, conmemora una masacre histórica de mujeres obreras y constituye un reconocimiento de la explotación y discriminación que el género femenino sufrió y sigue sufriendo desde siglos a lo largo y a lo ancho de todo el planeta; por el otro, en ese "reconocimiento" que se ha instaurado socialmente y tiene la misma importancia que el "día del amigo" o el tilingo e importado "día de los enamorados", una puede presentir el gesto paternalista del "macho" que te palmea el hombro y te dice desde su alta tarima: "Feliz día, muñeca".
Una vez más... las palabras y las cosas...

Por este tipo de paradojas, las mujeres tenemos con el lenguaje heredado una relación problemática que ha sido objeto de discusiones teóricas en todos los ámbitos de la cultura occidental(*).
Hay, muy (pero muy, tanto que me da vergüenza plantearlo de este modo) resumidamente, dos maneras de pensar la relación entre el lenguaje y el mundo. Podemos pensar que las palabras son re-presentaciones de las cosas o que las palabras son las cosas (En las letras de rosa está la rosa / Y todo el Nilo en la palabra Nilo). En la primera de las posibilidades el lenguaje no es más que un mero instrumento de comunicación, de nominación del mundo; en la segunda, el lenguaje es cuerpo y es memoria, es política y es identidad. Por eso, a la hora de pensarnos como sujetos del lenguaje y no como meros objetos, las mujeres nos encontramos frente a la paradoja de construir nuestra identidad en la tensión entre la necesidad de decir y la imposibilidad de hacerlo desde una palabra dictada que se siente como extranjera, como ajena al propio decir.
Este cuestionamiento profundo a los cimientos del lenguaje (que, desde otro lugar han cuestionado también las vanguardias de principios del siglo pasado como el creacionismo y el dadaísmo) es un debate que, a pesar del tiempo transcurrido, aún sigue dando que hablar: ¿Existe una percepción femenina diferente del modo de percepción masculino? ¿Esa diferencia de percepción determina de algún modo una "manera de decir femenina" que se diferenciaría del "modo de decir masculino"? Y es que a la hora de enfrentarnos al lenguaje heredado y, a través de él, a toda una cultura construida a través de siglos y siglos de dominación masculina, las mujeres sentimos que el lenguaje tal como nos atraviesa desde siglos, ya no nos dice, pero tampoco podemos ni sabemos cómo desprendernos de él. Y es por eso que nuestra identidad se construye en esa tensión permanente entre el decir y el no decir, entre el lenguaje y el silencio, entre la escritura y la página en blanco...
Una vieja consigna feminista de los setenta, "Alicia ya no", se constituyó en bandera de la lucha de género en honor a la película de Martin Scorsese Alicia ya no vive aquí (1974), en que una joven mujer salía al mundo con su hijo en busca de su identidad. Hoy, desde la problemática de género, las mujeres sabemos que "ya no" somos eso que la cultura construyó acerca de nosotras (Ya no somos las "muñecas" del "feliz día") pero también tenemos plena conciencia de que "todavía tampoco" sabemos muy bien qué somos ni encontramos cómo decirnos: nuestra identidad quizás se construye en la búsqueda, en ese límite entre el "ya no" y el "todavía tampoco".

Hay mucho por hacer, mucho por pensar, pero al menos ya hace tiempo que nos hemos dado cuenta. En ese "darse cuenta" está la clave para seguir sumando y seguir pensándonos desde nuestra percepción y nuestra concepción del mundo que no es (no tiene por qué ser) igual a la forma de percibir el mundo masculina. Construyamos nuestra identidad pues, no desde una engañosa igualdad de géneros, sino desde las diferencias: esa construcción nos permitirá valorar lo que somos por lo que hacemos y entender por qué debemos seguir exigiendo (ahora sí) la igualdad de derechos y obligaciones en todos los ámbitos de la cultura.
Los modos en que las mujeres han logrado sortear la prohibición y la censura a lo largo de los siglos cuenta con miles de maravillosos ejemplos que sería imposible detallar en este espacio. Como prueba de ello, mi homenaje en palabras de Galeano a una de las más creativas, tristes y poéticas de la batalla universal:

"Los pies de Yang Huani habían sido atrofiados en la infancia. A los tumbos caminó su vida. Murió en el otoño del 2004 cuando estaba por cumplir un siglo. Ella era la última conocedora del Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas. Este código femenino venía de tiempos antiguos. Expulsadas del idioma masculino que ellas no habían podido escribir, habían fundado su propio idioma, clandestino, prohibido a los hombres. Nacidas para ser analfabetas, habían inventado su propio alfabeto hecho de signos que simulaban ser adornos y eran indescifrables para los ojos de sus amos. Las mujeres dibujaban sus palabras en ropas y abanicos. Las manos que los bordaban no eran libres. Los signos, sí.”
Eduardo Galeano

Ahora sí: Feliz día para las mujeres y para los hombres que aman verdaderamente a las mujeres.
Hasta la próxima.

(*) La problemática oriental en cuestiones de género como las de otros tipos de sexualidades (homosexualidad, travestismo, transformismo, etc) son cuestiones pendientes aún en el debate teórico.

viernes, 19 de febrero de 2010

"Negro de mierda": La visión humillante del humillado

“… la injuria es un género donde la palabra toma el cuerpo. Mirar con el ojo bizco, el ojo injuriado, es una concepción erdosiana del mundo, la visión humillante del humillado.”
Luis Gusmán.
"Yo soy rubia por fuera y por dentro”
Mirtha Legrand


Pepito está enojado porque su jefe no está cumpliendo con su deber y guarda un vergonzoso silencio ante la grave situación que se ha desencadenado en la empresa. Por lo tanto, Pepito se decide a encararlo para manifestarle de una vez por todas su cobarde ineficiencia para afrontar un conflicto de semejante magnitud. Es cierto que Pepito es un moreno calentón y que, cuando está enojado, no tiene los mejores modales. Es cierto que hace rato que viene acumulando decires que no ha dicho porque, en el fondo, lo quiere al jefe, han sido compañeros mucho tiempo, incluso hasta han llegado a ser amigos. Claro, nunca había surgido un conflicto de ese tenor en la empresa y, por lo tanto, nunca se había puesto a prueba la lealtad de nadie. Lo cierto es que Pepito, aunque no utiliza ninguna injuria de esas que veríamos como “groseras” contra su jefe, sí le reclama a los gritos y delante de mucha gente, una actitud conforme a su puesto y a las necesidades de su departamento. El jefe comienza a insultarlo de arriba abajo y entonces Pepito que es muy racional y tal vez por eso mucho más hiriente, en un tono que no pasa del que usaríamos en una charla de café, contesta a los insultos del jefe con un monocorde y repetido “ineficiente”:
—Ineficiente.
—x/?¡!xq!!¡¡
—Ineficiente.
—La p q t p!! h de p!! xq!!?¡!
—Ineficiente.
Pepito es consciente del fastidio que provoca en su "superior", sobre todo cuando el jefe, desbordado y absolutamente fuera de sí (la culpa suele ser un terrible enemigo en las discusiones) le espeta, ante los ojos y oídos admirados de todos sus compañeros de trabajo, el fácil y siempre útil insulto “negro de mierda”:
— Vos callate, negro de mierda con tu política de mierda.

La anécdota es significativa y pone en escena dos problemas que en muchas ocasiones van de la mano. Por un lado, la pregunta es si la expresión “negro de mierda”, cuyo uso se ha instaurado en nuestro país como un “insulto” es efectivamente un “insulto” o no es otra cosa que una forma naturalizada -y por lo tanto invisible- de discriminación racista. Por otro lado, dibuja una concepción cada vez más instalada en la sociedad de la política como algo malo. Tanto el “insulto” como esa engañosa concepción de la política tienen un mismo y único origen: el miedo a lo diferente, a lo desconocido y, sobre todo, el terror de ver en el otro el propio espejo.
El que “hace política” en su lugar de trabajo es el que, de algún modo, exige lo que le corresponde, el que no acepta más responsabilidades por la misma plata y pelea por su salario. Ese tipo nos muestra lo que no somos y sobre todo nos muestra nuestros propios y ancestrales terrores: terror a perder el trabajo, terror a enemistarnos con quienes están “por encima” de nosotros, terror a no poder terminar de pagar las cuotas del autito que nos lleva al infierno cada uno de los días de nuestra vida… Es el miedo que heredamos de nuestros antepasados que sufrieron las dos grandes guerras en Europa y que vivimos en carne propia con la última dictadura militar cuando más de 30.000 personas que hicieron política fueron secuestradas, torturadas y continúan hoy, desaparecidas. Este miedo, inconscientemente, se traduce en rechazo, desprecio, injuria y humillación, es esa visión humillante del humillado de la que habla Gusmán y que Roberto Arlt ha representado de manera tan significativa en sus cuentos y en sus novelas. Pero éste, tal vez, sea tema para desarrollar en otra entrada…
Concentrémonos por ahora en la supuesta injuria "negro de mierda": Como expresión, tiene su origen en la década del cuarenta, cuando se da en el país un desarrollo industrial acelerado que se concentra especialmente en Buenos Aires (pero también en Córdoba y en Rosario) y que genera una masiva migración interna: mucha gente del interior llega a la capital en busca de trabajo. Estos grupos migratorios no tienen físicamente las mismas características de los grupos que llegaban de Europa. Los nuevos migrantes son morenos, mestizos, mulatos, muchos descendientes de nuestros exterminados pueblos originarios y eso molesta a ciertos miembros de nuestra “europea” capital que ven teñirse de “oscuro” el paisaje citadino. Por lo tanto, ya desde su origen, “negro de mierda” es una expresión con una carga absolutamente despectiva y asociada a las características físicas de las personas como su color de piel o su color de cabello. Sin embargo, con el tiempo, esta expresión ha derivado en un “insulto” que designa a toda persona que se comporte de modo reprochable y, por lo tanto, el “ser negro” es igual a “ser basura”. Si además tenemos en cuenta el complemento que acompaña al “ser negro” casi como un apellido (“de mierda”) la equivalencia está completa.
Hay quienes se defienden de la acusación de “racismo” alegando que con “negro de mierda” no se refieren al color de piel sino al alma, y entonces creen que hacen algo distinto de lo que dicen. Sin embargo, en realidad, no han hecho otra cosa que convertir lo literal en simbólico, es decir, ahora la “negritud” es asociada a lo malo de manera mucho más efectiva porque, cuando lo literal se transforma en símbolo, significa que ha habido un proceso de aceptación extendido en el uso de la expresión, de modo que su utilización se da sin que medie la razón, sin que medie la posibilidad de elegir entre una expresión y otra y, por lo tanto, estamos ante un fenómeno de falsa conciencia cada vez más difícil de desmontar. Y además, convengamos que a ninguno de quienes dicen referirse exclusivamente al “alma negra” de las personas, se le ocurriría usar esta “injuria” contra un rubio bien vestido, con una billetera gorda y un tatuaje en el cuello.
Y es que el racismo es eso: tiritar de miedo, morirse de terror y enfundarse en una máscara de soberbia y superioridad para ocultarlo. Y es, además, el terror ante la inquietante posibilidad de estar del otro lado: ¿O acaso no somos nosotros, los que "insultamos" al de al lado con un "cabeza", "villero", "bolita", "paragua", "brazuca", "negro de mierda"..., los mismos que somos "insultados" en el exterior como "latinos de mierda" en Estados Unidos o "sudakas de mierda" en Europa? ¿No tenemos todos, acaso, el mismo apellido?
Por otro lado, tampoco es casual que el “insulto” haya proliferado especialmente en los ciudadanos de clase media, quienes intentamos una y otra vez separarnos de aquellos a quienes no nos queremos parecer a pesar de que compartimos con ellos un común denominador: la humillación de las clases altas. Alguien dijo alguna vez que la clase media era la "puta" del sistema porque no tiene la dignidad del pobre ni el dinero de los ricos y entonces, no hace otra cosa que venderse siempre al mejor postor. Yo no creo que las putas se merezcan esta analogía, lo que sí creo es que en su afán de parecerse a las clases altas, la clase media es capaz de apoyar a sus propios explotadores (llámese Sociedad Rural, Patria financiera, Ejército o patrón) —eso sí, con rubios cacerolazos, nada de salir con negros bombos— sólo para negar su condición de humillados y vivir en la ficción de pertenecer a una elite a la que jamás podrán acceder. Por eso, en los tiempos en que se hablaba permanentemente de la desaparición de la clase media y de su probable caída hacia “abajo” nos hemos visto obligados, como los humillados de Arlt, a injuriar con nuestro ojo bizco a aquellos de los que siempre quisimos separarnos: otros humillados como nosotros que nos muestran un espejo en el que no nos queremos mirar: los “negros de mierda”, los “villeros”, los “cabeza” que están más cerca de nosotros de lo que apenas nos permitimos darnos cuenta.
Para finalizar, quiero decirles que si vamos a decidir usar el “insulto” es bueno que lo hagamos habiendo reflexionado un poco sobre su origen y desarrollo para saber desde dónde y por qué lo estamos usando. Después de todo, de eso se trata: de ser cada vez más conscientes, de que seamos nosotros los usuarios del idioma y no los usados por él, para que no dejemos que el lenguaje nos siga atravesando la mayoría de las veces como si no fuéramos más que meros coladores de cocina.
Les dejo este enlace de Micky Vainilla, el extraordinario personaje de Diego Capusotto, que denuncia y pone en evidencia a través de la exageración y de la mezcla, de la parodia y la inversión, esas actitudes de todos los días que pasan inadvertidas para muchos de nosotros. Nada mejor que el humor para hacernos reflexionar acerca de quiénes somos.

Hasta la próxima.

martes, 19 de enero de 2010

Estar en ESOS días

Los eufemismos son, en general, una defensa del hablante del idioma contra lo que molesta, lo que duele o lo que es, de alguna manera, vergonzante. Así, en lugar de “muerte”, hablamos de “viaje eterno” o "el último viaje"; en lugar de “tener sexo”, decimos “hacer el amor” o, en el mejor de los casos, "hacer la cochinada o la chanchada". Mi abuela, para no decir que alguien se desnudaba, decía que “mostraba sus vergüenzas”. Debo reconocer que esta última no deja de ser de las más creativas a pesar de su fuerza conservadora y de su origen profundamente religioso.
En este sentido, las mujeres hemos crecido sin poder nombrar la menstruación y, lo que es peor, sintiendo permanentemente vergüenza por ser mujeres y tener que “sufrir” ese “castigo” que cargamos a lo largo de la vida como si fuera una cruz. Así, vivimos escondiéndonos "en esos días", buscando permanentemente metáforas y eufemismos para referirnos a algo que debería ser tan natural y tan familiar para todo el mundo como lavarse los dientes cuando nos levantamos a la mañana.
Analicemos algunos de estos eufemismos:
1. “Vino Andrés, el que viene una vez por mes*: Patético ya desde su enunciación con rima: no sólo nuestra menstruación no está en nuestro cuerpo (es una visita) sino que, además, es una visita masculina. Desterritorialización, ajenidad, mala poesía…
2. “Estar indispuesta”: ¿Indispuesta para qué? Todo el mundo sabe que estar con la menstruación no “indispone” a nadie para absolutamente nada. Ya pasaron a la historia las épocas en que una mujer no podía bañarse porque se le “cortaba” la menstruación como si nuestros fluidos fueran mayonesa o crema chantilly. Entonces, no sólo nos creíamos enfermas sino que, además, andábamos incomodísimas y oliendo horrible con el pelo engrasado y atado con una colita ya que no lo podíamos lavar por, al menos, los cinco días que duraba la “indisposición”. Recuerdo por mi parte, a mamá diciéndome que no, que no, que no… que “en esos días” había que bañarse todavía más porque, no la sangre en sí misma, sino el contacto de la sangre con el exterior, olía mal y entonces teníamos que estar más limpias que nunca. Además, con los maravillosos tampones hemos ingresado “indispuestas” a la pileta o al mar y con las increíbles toallas con gel súper absorbentes, hemos vuelto a usar polleras cortas, pantalones ajustados e, incluso, blancos cuando estábamos “indispuestas”
3. “La “sangre” azul de las publicidades de toallas femeninas”: ¿Qué mayor eufemismo que éste, tan visual, tan aséptico, tan ideológico en definitiva? ¿Por qué el azul “vende” más que el rojo? Después de todo, en las películas cuando matan gente, ¿tiñen la sangre de azul? En el único contexto en que la sangre deja de ser roja para volverse azul (a excepción del símbolo por linaje aristocrático) es en las publicidades de toallas femeninas.
4. “Estar en ESOS días”: Lo que molesta es el pronombre, clase de palabra que, como todos sabemos, no tiene significación propia y, por lo tanto, adquiere su sentido a partir del contexto, de la situación comunicativa en la que se produce. Analicemos algunas de las situaciones comunicativas en la que puede darse semejante alocución:
Situación 1: La mujer se pone nerviosa porque su marido anda en calzones dando vueltas por la casa mientras su hija y las amigas de su hija están tomando mate en el jardín: "Querés hacerme el favor de ponerte un pantalón?... Y él: “¿Qué pasa? ¿No soy dueño de andar en pelotas en mi propia casa?" "Es que es una casa en la que viven más personas además de vos, ¡vestite de una vez por todas que das vergüenza!", "¿Qué? ¿Estás en ESOS días vos que andás tan exquisita?"
Situación 2: La vieja vecina de al lado nos tira la yerba del mate o el aceite usado a través de la medianera a nuestro jardín. Ya le hemos pedido de muchas formas que no lo hiciera más, explicándole minuciosamente los problemas que nos ocasiona. Finalmente, cuando todo se ha vuelto infructuoso: “Señora, si no tira sus desperdicios donde corresponde, le voy a hacer una denuncia en la comisaría. Su aceite hirviendo le produjo quemaduras de primer grado a mi perra y no me interesa tener una montaña decorativa de yerba usada en mi jardín. ¿Cómo mierda se lo tengo que explicar?” Ella, sumamente sorprendida: “Querida… ¿Estás en ESOS días? Te puedo ofrecer un alplax si estás molesta por tu trastorno hormonal."
Situación 3: Vamos tranquilamente por la autopista, por la derecha como corresponde, con nuestro viejo Duna que no va a más de 90 km por hora… Un enano añoso con una 4x4 enorme nos toca bocina insistentemente para que nos apuremos porque le resulta imposible pasarnos por la izquierda. Lo miramos por el espejo y le hacemos el gesto que se merece. Cuando finalmente logra pasarnos nos dice el enano: “¿Qué te pasa, mamita, estás en ESOS días que estás tan nerviosita?” (nótese el uso del diminutivo, estrategia típica de los enanos añosos con 4x4 para empequeñecer a los demás de modo de verse un poco más "grandecitos" ellos)
Ahora, volvamos al pronombre: ¿Qué significa “ESOS” en la alocución “estar en ESOS días”? ESOS días son esos en los que las mujeres estamos LOCAS, porque nuestro “trastorno” hormonal nos vuelve “violentas” y es propio del género femenino guiarse por las hormonas y no por las tan masculinas neuronas. Es decir, las mujeres no tenemos derecho a tener una reacción exaltada porque no es adecuada supuestamente para nuestro frágil segundo sexo. Quienes, de chicas, nos la pasábamos en la dirección del colegio en los dichosos años de escuela primaria, recordaremos la famosa frase de la vieja directora: “Qué vergüenza, una nena”…
La manera, entonces, en que mostramos y nombramos (cuando no la escondemos o la silenciamos) la menstruación es representativa del modo en que nos miramos a nosotras mismas y el modo en que permitimos que los demás nos vean. Ese modo, transmitido por las propias mujeres de generación en generación, ha hecho que creciéramos con vergüenza y asco por nuestra propia sangre y por nuestra propia feminidad. Esto no sólo nos ha afectado a las mujeres: los hombres han crecido apartados e ignorantes del tema, confundiendo un proceso biológico natural con algo oscuro, cuando no temido, a lo que ellos, varones, no pueden acceder.
Para terminar, podríamos detenernos a pensar qué fue primero si el huevo o la gallina, qué fue primero si la conciencia o el lenguaje: ¿Se puede pensar sin lenguaje?, ¿es tan inocente el uso que nos imponen de las palabras y su relación con las cosas?, ¿no debemos pensar al lenguaje como uno de los instrumentos más represivos y deformadores de conciencia si no lo transgredimos, si no lo pensamos, si no lo colocamos para su análisis en una metódica mesa de disección?


*En Méjico: Pepe Flores (Gracias a Nati que, memoriosa como siempre, recordó esa escena de Pedro Páramo en que, si no me equivoco, es Eduviges (¿o Dolores?) quien llama a la menstruación de este modo.)

PRÓXIMAMENTE en Las palabras y las cosas: “Negro o negra de mierda” (a pedido de una de mis hijas postizas, Luz Collet)

martes, 5 de enero de 2010

Cuidate,che...

"Cuidate, che", le dijo un amigo a Manuela mientras se despedían en la puerta de casa pocas horas antes de terminar el año que ya se fue. "Que me cuide de qué", preguntó Manuela con la ingenuidad disimulada de sus diecinueve años (porque si hay alguien que puede simular sorpresas en esta familia, ésa es Manuela) "¿Cómo que me cuide de qué?", se asombró genuinamente el pibe, "Claro... ¿eso es un saludo o una nota de TN sobre la inseguridad? ¿O es una propaganda contra el SIDA?", "¿Por qué no te vas a cagar?", se rió el amigo que aprovechó para darle otro beso y le acarició la cabeza porque se había quedado sin saludo...

Sin darse cuenta, Manuela subvirtió el sentido habitual de las palabras y las volvió nuevas. Y es que a veces el modo en que usamos el lenguaje está en estos tiempos (y en todos los tiempos) tan naturalizado que pocas veces nos detenemos a pensarlo como lo que realmente es cuando no lo pensamos: un instrumento de poder, de dominio, de domesticación. Y de pronto, nos sorprendemos repitiendo ciertos giros, ciertas maneras de "nombrar" la realidad, ciertas frases hechas que mamamos desde que nacimos que, si bien se han vuelto naturales por la fuerza de su repetición, en cuanto escarbamos un poco en su posible origen y su carga de significación literal o simbólica, sentimos que tal vez su uso y reproducción masiva no es ni tan casual ni tan ingenua como creíamos.
Por eso, los invito a frenar la máquina del lenguaje por unos segundos para que pensemos por qué usamos una fórmula de saludo que, en su origen, está ligada a una forma de advertencia en el mejor de los casos, incluso, de clara amenaza.
El "ciudate" es una forma de saludo relativamente nueva (quiero decir: cuando yo era chica o adolescente, incluso cuando era recién casada o cuando los chicos eran chiquitos, nadie saludaba a nadie con un "cuidate") Yo calculo que el giro comenzó a usarse de manera más masiva alrededor de los 90. No es casual que la generación que hoy circula por la década de los treinta sea en su mayoría quien ha incorporado a su vocabulario esta rara forma de saludar al vecino.
Supongo (que alguien me corrija si no) que tiene su origen en la traducción literal del "take care". Intuyo que más que de los ingleses, hemos heredado la expresión de los hermanos norteamericanos y, como todos sabemos, los norteamericanos viven desde sus orígenes, asustados. Son el mejor ejemplo de paranoia social que se conoce en el mundo entero. Obviamente, esto no es casualidad: durante siglos, el poder político de turno, aliado al poder económico, les ha hecho creer a los ciudadanos estadounidenses que vivían en permanente estado de guerra: con los indios, que querían conservar sus tierras; con los negros, que insistían en ser personas y querían recuperar su libertad, con los extraterrestres, con los rusos, con los iraquíes... incluso ahora también con el compañero de trabajo, con el vecino de al lado, con la maestra del nene: todos, absolutamente todos, pueden ser terroristas.... Por lo tanto, es lógico que los norteamericanos hayan incorporado el "take care" casi de manera natural a su lenguaje cotidiano.
Pero... ¿y nosotros?, ¿por qué hemos adoptado tan alegremente un saludo que, antes que un saludo, es un llamado a la paranoia? ¿Qué puede habernos "gustado" de esta alocución de despedida importada que, en lugar de desearnos algo agradable nos previene de un inexplicable "peligro"? ¿No es preferible que te digan: "que la pases lindo el resto del día", "que encuentres al amor de tu vida a la vuelta de la esquina", "que te ganes la lotería esta noche antes de ir a dormir" o los más simples: "que estés bien", "que sigas bien", "buena suerte"? Hasta los más clásicos y asépticos: "buenas noches", "hasta mañana", "mañana será otro día"... son preferibles al alarmante "cuidate" o el mucho peor: "cuidate mucho". Es que uno no puede andar por la vida cuidándose y mucho menos cuidándose mucho, sobre todo cuando el país en el que uno habita, por ahora, no está en guerra ni es Colombia como algunos pretenden hacernos creer...
¿Será que los hábitos que incorporamos a través del lenguaje no son sólo palabras? ¿Será que es verdad que el lenguaje es el instrumento ideal para generar una falsa conciencia del mundo y de la "realidad"? ¿ideal porque lo incorporamos sin filtros, como a través de una criba como bien notaba el personaje de Montag en Fahrenheit 451?
¿O será que no es así?

PRÓXIMAMENTE en Las palabras y las cosas: "Estar en esos días"